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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

Diario de Arganda comienza hoy a publicar la novela ‘El poeta’, del autor argandeño Amadeus Raven. Un ‘thriller’ literario que ahonda en la naturaleza del mal, el dolor y la compasión, cuyos capítulos serán publicados de lunes a viernes en este diario digital.

 

 

El Poeta es un príncipe, gran señor de las nubes,
cuya casa es el viento, que no teme al arquero;
desterrado en el suelo, entre el vil griterío,
sus dos alas gigantes no le dejan andar.

Las flores del mal
Charles Baudelaire

 

CAPÍTULO I

 

 

VERSOS ACRÓSTICOS

Prístina fe que conquistas silente
Rimas nevadas que besan sus manos,
Inclina tu frente ante los humanos
Suplicios que alza su luz inclemente.

Cruz que sangras por su rostro ausente
Impuras lágrimas, negros carámbanos,
Libera mi alma de estigmas tiranos
Labrados por su llama incandescente.

Alados inviernos guardan verano;
Trémulos astros, su noche vedada;
Eternas fuentes esparcen en vano
Agua sedienta en la noche encallada,
Místicos pétalos sobre el pantano
O polvo sobre el alma enamorada.

 

El soneto estaba prendido del alfiler que traspasaba el ojo izquierdo de la mujer.

Más tarde, el forense diría que se lo habían clavado mientras ella aún vivía, igual que había sido consciente de gran parte de las otras aberraciones que habían desdibujado su cuerpo en un amasijo de carne y sangre que parecía querer apropiarse del aire viciado que zumbaba en la habitación.

Apestaba a putrefacción, a sudor, a sufrimiento largo y a muerte añorada.

El suplicio duró mucho tiempo. Quizás días.

Lo que había sido antes un rostro mostraba un rictus espantoso de calvario extremo envuelto en el pelo rubio, que había sido embadurnado con sangre.

Los pocos dientes que quedaban se habían hundido en los labios, que estaban desgarrados con finas incisiones parecidas a las que deja una cuchilla y quemados por algún tipo de ácido que se había dejado caer sobre ellos. La mandíbula estaba desencajada y fracturada.

Varias puñaladas socavaban los orificios nasales y auditivos. Las orejas y la nariz parecían haber sido abrasadas con un soplete que se encontraba cerca del cuerpo y que había sido empleado también para ensañarse con las manos y los pies.

La boca estaba alargada por cortes horizontales.

A la inspectora Luján, a su pesar, se le asemejó a la de un besugo.

El ojo derecho, que no había sido reservado para fijar el poema, estaba colocado sobre la frente.

A la inspectora le sobrevino la imagen de un cíclope mientras empezaba a faltarle el aire y a marearse.

El cadáver parecía gritar aún el tormento que había sufrido y clamar venganza por encima del hedor insoportable de la estancia.

Los senos habían sido despellejados y la piel colocada sobre la cabeza, como si fuera un macabro sombrero.

El cuello, los brazos y las piernas mostraban espeluznantes cortes que habían sido cosidos con puntos de sutura que supuraban.

El tronco estaba seccionado verticalmente y los intestinos eran un collar alrededor de la garganta.

Un punzón había penetrado en la vagina muy profundo y los labios mayores estaban recortados.

El clítoris había sido extirpado.

El forense dijo que estas laceraciones y amputaciones la mujer también las sufrió con plena consciencia. Con el corazón consumido y el cerebro anegado por el dolor hasta el paroxismo, sintió lo que le estaban haciendo casi hasta el final, cuando su mente colapsó y se apagó.

Pero lo que más sobrecogió a la inspectora Luján fue la presencia de un aparato médico de respiración asistida y las bolsas de sangre para transfusión que aparecieron esparcidas junto con vías intravenosas y agujas. Contaron nueve bolsas vacías de un litro cada una.

Se contabilizaron, además, diecisiete ampollas de amoniaco alrededor del cuerpo. El forense también dijo más tarde que la mujer fue obligada a inhalarlas para evitar los desvanecimientos, reanimarla y mantener despiertos sus sentidos.

El torturador había querido que su víctima no se asfixiara, ni se desangrara ni se desmayara para que sus neuronas trasladaran al cerebro íntegramente el sufrimiento padecido por el martirio al que la estaba sometiendo.

—Es la carnicería más monstruosa que he visto en mi vida —balbuceó la inspectora, conteniendo las náuseas.

—Y una declaración de amor —sentenció la voz de robot del hombre que estaba agachado junto al cadáver.

Ella se quedó petrificada, conmocionada por la incoherencia grotesca entre lo que acababa de oír y la escena que estaba asaltando a sus ojos y a su olfato. Su figura estilizada parecía haberse encogido, superada por el horror absoluto que penetraba en su mente a través de los sentidos saturados por la obscenidad y repugnancia de lo que estaba viendo.

La sangre que cubría la mayor parte del suelo envolvía todo en un aire de irrealidad.

A la inspectora Luján, a su pesar, la imagen se le asemejó a un mar bajo una puesta de sol con un arrecife rosa y morado sobresaliendo. Pero el arrecife era un cadáver atrozmente mutilado.

—¿De qué me estás hablando, Espino? —se oyó decir a sí misma.

—Versos acrósticos —explicó con aire circunspecto el subinspector, que estaba examinando meticulosamente el papel perforado por el alfiler que atravesaba el ojo.

El hombre alzó la vista y los dos se observaron en silencio. Ante la cara de absoluta estupefacción de la inspectora, Espino se levantó y mirándola desde sus casi dos metros de altura, realizó lo que pareció ser un sobrehumano esfuerzo de concreción.

—Lea de arriba abajo la primera letra de cada verso.

Ella se obligó a hacerlo venciendo su repugnancia y se agachó hacia el rostro arrasado. Sintió cómo las arcadas iban en aumento y la inundaban.

—Priscilla, te amo —leyó en un susurro ahogado. Y supo que el asesino iba a llevarla al límite de sus capacidades.

—Sin embargo, no es un soneto perfecto —dictaminó Espino.

Inés Luján se levantó torpemente, se giró con celeridad para no contaminar el cadáver y empezó a vomitar por primera vez en el escenario de un crimen tras doce años de servicio en el Cuerpo Nacional de Policía, echando a perder el inmaculado traje de tweed del subinspector.

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