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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXV

 

 

FUMATA BLANCA

 

Cuando la inspectora Luján, el subinspector Espino, el forense Delmiro y el criminólogo Adrados volvieron, se encontraron sobre la mesa un respirador artificial del mismo modelo que el encontrado en el escenario del crimen.

Se sentaron y esperaron a que Vázquez, cuya figura intuían tras los cortinajes que cubrían el ventanal, dejase de mirar hacia la calle y se dignase a sentarse con ellos.

El comisario apartó las cortinas y salió con paso firme de su escondido retiro como un actor lo hubiese hecho de entre las bambalinas para mostrarse ante su público y recibir un estruendoso aplauso. 

Como no se produjese la ovación, Vázquez optó por ganársela explicando con paciencia al cónclave lo que para él era más que evidente.

—Señores, considero que los árboles no les dejan ver el bosque. Están ustedes tan absorbidos por la investigación que no han tenido tiempo de tomar distancia y fijarse en lo evidente, cosa que sí he hecho yo.

Como el aplauso no terminase de arrancar, Vázquez se vio obligado a seguir haciendo méritos.

—¿No se han apercibido ustedes de la abundante presencia de instrumental médico en la escena del crimen y, sobre todo, del respirador artificial de un modelo igual a este? —Vázquez impuso su mano sobre el aparato lentamente mientras formulaba la pregunta que él mismo sabía retórica.

—Comisario Vázquez, hemos investigado esa circunstancia y hasta el momento no tenemos nada —dijo Inés con gesto de resignación. 

—¿Me puede informar de las teclas que han tocado, inspectora? —el comisario se sabía ganador del Goya por incomparecencia del contrario.

—Hemos contactado con los proveedores de este tipo de aparatos, pero sin el número de referencia del respirador, que ha sido borrado adrede meticulosamente, no pueden darnos la trazabilidad de su destino.

Vázquez les miraba a todos como si estuviera a punto de pronunciar el discurso de agradecimiento por la concesión del Goya.

—Miren —empezó—, en la Comunidad de Madrid tenemos 91 hospitales, de los que 37 son públicos y 54 son privados. Reconozco que ha sido una labor ímproba ir hospital por hospital buscando una aguja en un pajar, preguntando a médicos, enfermeros, celadores y personal administrativo si les había desaparecido un respirador artificial de determinado modelo, si lo habían echado en falta o, si no lo habían echado en falta, que comprobasen que figurase en sus almacenes, que el inventario cuadrase con el último que habían realizado. Una labor ingrata, señores, un trabajo de hormigas. Deslucido. Pero gratificante.

Vázquez les miraba como si estuviese subido a un púlpito, agradeciendo las miradas de sincera admiración que por fin había cosechado.

—Tras jornadas intensas de gestiones, de llamadas, de comprobaciones, de insistencias, de exigencias y de alguna que otra discusión elevada de tono, hemos dado con que en un determinado hospital de nuestra región falta un respirador —siguió el comisario—. En el inventario de ese hospital figuraban diez respiradores del modelo que nos atañe, de los cuales ocho estaban en uso o preparados para su uso en la Unidad de Reanimación y dos deberían haber estado en el almacén en su caja sin desprecintar, como instrumental de reserva en caso de emergencia. Pues bien, de estos dos respiradores, solo se localizó uno.

Vázquez hizo una pausa, gustándose.

—El registro de entrada estaba, el albarán de entrega estaba, la factura estaba. Del respirador nuevo y a estrenar en su caja, ni rastro.

El comisario tenía a su auditorio entregado. Pero aún guardaba el último y definitivo golpe de efecto.

—El olfato de policía, señores, el olfato de policía. Sé que lo tienen —miraba a Inés y Samuel —, pero les falta agudizarlo. Cuando creen que tienen cogido al toro por los cuernos, deben dar otra vuelta de tuerca. Deben cruzar datos. Y hay un detalle que ha pasado absolutamente desapercibido ante sus narices.

Inés y Espino estaban empezando a sentirse realmente mal.

—Inspectora Luján —Vázquez se inclinó hacia ella, apoyando las manos en la frontera entre la luz y la sombra de la mesa—, ¿quién encontró el cadáver de Laura Laforet?

—El vigilante de una agencia inmobiliaria, lo he señalado en mi informe antes —respondió Inés sin saber adónde quería llegar Vázquez.

—Luego eso significa que el chalet donde se encontró el cuerpo estaba en venta o alquiler.

—También eso lo he dicho y también lo investigamos, comisario.

—¿Y me puede decir a quién pertenece el chalet, inspectora?

Inés tenía los datos y los estaba buscando ya. Tardó cinco segundos en localizarlos.

—Pertenece a una sociedad limitada. Hablamos con su administrador, investigamos a los vecinos de la zona y a sus últimos inquilinos. También interrogamos a los últimos que se interesaron en su compra o alquiler. No encontramos nada.

—Hablaron ustedes con su administrador —dijo Vázquez casi despectivamente.

—Se lo acabo de decir, comisario.

—¿Y no hablaron con nadie más de esa sociedad? ¿Qué nombre comercial tiene?

Inés consultó sus papeles hasta dar con lo que buscaba.

—La sociedad propietaria del chalet está registrada como DESARROLLOS INMOBILIARIOS EXCLUSIVOS FYP, S.L. —informó a su jefe.

—¿Comprobaron ustedes el accionariado de esa sociedad limitada?

—Sí, llegamos incluso a solicitar al Registro Mercantil los datos del titular real.

—¿Me los puede transmitir? —Vázquez saboreaba el momento.

—Claro. Las  titulares son Esther Posadas Cediel y Margarita Posadas Cediel. Hermanas. También las interrogamos. Ambas estaban traumatizadas. No encontramos nada y decidimos dejar de tirar de ese hilo de momento ante la sucesión de acontecimientos que se estaban dando.

Vázquez respiró aliviado al comprobar que Inés había dado los pasos correctos. En realidad ella hubiese dado con la misma pista que él si hubiese dispuesto de la información del personal médico responsable de la Unidad de Reanimación del Hospital Universitario de La Princesa y estuviese más al tanto de la actualidad, incluida la que algunos llamaban de forma despectiva crónica rosa.

—Dígame, inspectora Luján, ¿preguntó a alguna de las hermanas a qué se debía el nombre de su sociedad? Me refiero a lo de FYP. La P está claro que es de Posadas, pero ¿la F?

Ella hizo un gesto con la mano de desánimo.

—A ese extremo no llegamos, comisario Vázquez.

Su jefe entendió que ya era suficiente. No tenía sentido seguir presionándola, porque Inés había hecho bien su trabajo.

—Inspectora, los datos de su investigación llegaron a mí. Y yo los crucé con los de la mía. Por eso me fijé en la F. Porque el apellido del médico responsable del respirador desaparecido empezaba por F. Y es un apellido muy conocido si sigue usted la actualidad social. Entonces comprobé el estado civil de las dos hermanas. Una estaba viuda, pero Margarita está casada. ¿Sabe usted con quién?

El momento estaba meticulosamente programado por Vázquez. Con el mando a distancia encendió el televisor que había introducido en la cámara del cónclave aprovechando el descanso.

—Señores, les presento al esposo de Margarita Posadas —anunció el comisario.

En la pantalla apareció la imagen de un hombre que conversaba animadamente en una tertulia. Un rótulo indicaba su identidad.

 

EDUARDO FONTANA

CIRUJANO PLÁSTICO

 

A su lado, Rebeca Quevedo sonreía mientras escuchaba atentamente a su gurú personal, al que había invitado a su programa semanal de Castillo TV.

El cónclave estaba paralizado por la perplejidad.

Pero el comisario guardaba algo más para el final.

—Federico Fontana, el hijo de Eduardo Fontana, trabaja como anestesista en el Hospital de La Princesa. Y es el responsable del control del material médico de la Unidad de Reanimación. Quien se debería de haber dado cuenta de que en su almacén faltaba algo.

El comisario Vázquez sostenía ahora en su mano el respirador.

A su pesar, a la inspectora Luján se le asemejó a la calavera de Laura Laforet.

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