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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO III

EL IMPERIO

Rebeca estaba a cuatro metros de Óscar, parada en mitad del pasillo, con sus ojos rasgados traspasándole la carne y el alma, convirtiendo el flujo de su sangre en una catarata que se precipitaba inexorable al futuro, enfundada en un maravilloso vestido blanco que la acariciaba el cuerpo, subida sobre unos tacones tan afilados como el destino y con el bolso colgando del brazo, casi tocando el suelo y casi en una actitud desafiante que desmentía el educado tono con que lanzó la segunda pregunta.

—¿Me llevas?

Su cabeza estaba ladeada dejando caer la melena rubia cortada al estilo bob en un ángulo que atenuaba la dureza de las líneas de su perfecto rostro ovalado y que dejaba al descubierto sus pendientes de esmeraldas y la fragilidad de Óscar, que reconoció en ese momento a la condesa de Argenta, una de las mayores fortunas de España, que había enviudado hacía año y medio y le invitaba a acompañarla.

Contemplando ahora las torres inclinadas del final del paseo de la Castellana, Óscar Osorio aún recordaba la sensación de irrealidad que le embargaba mientras tomaba un café con la aristócrata y se sorprendía a sí mismo desplegando un catálogo insospechado de frases ingeniosas aderezadas con un encanto que parecía haber surgido de la nada y hecho desaparecer al secretario de Rebeca, que sin duda había sido despachado por ella en algún momento de la conversación con un gesto delicado que él no llegó a apreciar.

Ese estado de gracia que lo invadió entonces no lo había abandonado hasta ahora y lo poseía de tal forma que todo lo que tocaba se convertía en oro que se apilaba sobre la fortuna en que había cimentado su ascenso al poder mediático de la mano de la entregada condesa.

En menos de dos años convenció a Rebeca para convertirse en la accionista mayoritaria de El Castillo, un diario que empezaba a despuntar por lo cuidado de su edición digital y el uso de las redes sociales para difundir sus noticias. La condesa no vio más que ventajas en la propuesta, porque conseguía tres objetivos a la vez: promocionar la carrera de Óscar, publicitar de forma eficaz la marca de joyas y complementos de mujer que acababa de lanzar con una sección que dedicaría ex profeso para ese fin y tener su propio altavoz para combatir las continuas noticias insidiosas sobre su vida con que la prensa la tenía martirizada.

Y de ahí a que Óscar se hiciera con los mandos del periódico y lo convirtiera en el de mayor éxito de España solo hubo un paso.

Osorio contrató a los más prestigiosos redactores, a los columnistas más agudos, a los freelancers más mediáticos, y los rodeó de un equipo de informáticos y de expertos publicistas que convirtieron la cabecera digital en referencia nacional como punta de lanza para la edición impresa.

El diario conjugaba las noticias políticas con reportajes de fondo y con las deportivas para crear el periódico total, al que Osorio dotó también de un importantísimo bloque de noticias rosas y de moda y tendencias para crear un híbrido entre los tabloides ingleses y periódicos de prestigio como The Times.

Las suscripciones y las ventas subieron de manera espectacular y promovieron la llegada de la publicidad en todos los formatos, la cual catapultó la cuenta de resultados del periódico a niveles estratosféricos.

Pero Osorio quería más.

Hacía tres años que se había embarcado en el proyecto para la creación de Castillo TV y el nuevo canal ya se encontraba a solo dos puntos de conseguir los registros de audiencia de las cadenas más exitosas, que veían cómo el nuevo dios de los medios de comunicación amenazaba con sepultarlas bajo su imperio mediático.

Los políticos empezaron a darse cuenta del auge de este nuevo tipo de periodismo que conjugaba lo serio con lo espectacular y entraron poco a poco en el juego que les proponía Osorio para hablar de su vida pública y también de la personal.

—La gente vota con las tripas —les susurraba a los jefes de prensa de los líderes nacionales—. Si consigues caerles simpático, te van a votar.

La máxima era entretener, vender, mantener a los lectores enganchados a las ediciones y a las redes sociales. Y esa mentalidad es la que Osorio había imbuido en sus trabajadores. Cualquier cosa podía ser una gran noticia si se contaba de la forma adecuada, a veces siendo objetivo, pero también exagerando, tergiversando o falseando, que todo valía.

—Como decía Freddie Mercury, show must go on —predicaba entre sus discípulos.

No pocas denuncias le había costado esta política de tierra quemada y hechos consumados tras un titular demoledor que ponía a los pies de los telediarios a sus protagonistas, y para ello Dios se había rodeado de otro ejército, uno de abogados a cuyo frente estaba Laura Laforet, la más prestigiosa letrada penal de la capital, que le había salvado de más de una condena en juicios que otros hubieran perdido.

Ahora, pensando en su extraña desaparición, su mente se había nublado al mismo tiempo que el cielo, a pesar del maravilloso espectáculo que se desparramaba por doquier ante sus ojos de un azul soñador.

Laura se había evaporado desde una mañana de hace diez días cuando las investigaciones policiales la ubicaron por última vez en el parque del Retiro, donde algunos abogados runners la reconocieron sobre las 8:00 a.m. corriendo por los alrededores del estanque como usualmente hacía.

Después, nada. El silencio. La angustia.

Los telediarios habían divulgado hasta la saciedad las noticias que se filtraban continuamente desde la policía y las redacciones de El Castillo y de Castillo TV habían emprendido una cruzada particular para dar con la desaparecida que no excluía investigadores privados contratados ad hoc.

El caso tenía a los expertos profundamente desconcertados porque no había una sola pista, un solo indicio, un mínimo hilo del que tirar para dar con el paradero de la abogada.

Laura Laforet, simplemente, se había esfumado.

Sin embargo, Dios sabía que el final de la historia no sería trágico. Todo lo que a él le atañía estaba tocado por una varita mágica que ahuyentaba lo negativo y Laura era una de las suyas.

Aunque no lo podía asegurar con certeza, estaba convencido de que detrás de la desaparición de su abogada se encontraba una banda de chantajistas que exigiría un suculento rescate, y no descartaba que el secuestro estuviese relacionado con algún caso en que ella hubiese defendido en los tribunales los intereses del grupo empresarial que Osorio dirigía.

Incluso especulaba con que al final él tuviera que aportar una cantidad importante por la liberación, pero no le importaba, porque incluso en esa desagradable tesitura ya sabría sacar tajada informativa y recuperar con creces la cuantía de la extorsión.

Súbitamente sonó el móvil en el silencio de sus alturas y se sobresaltó.

—Ha aparecido—. La voz de Irina sonaba tensa como un timbal. No dijo nada más. Y él no necesitó escuchar nada más.

Sabía leer el silencio con que su hija le hablaba.

Colgó.

Óscar Osorio hacía años que había dejado de llorar. Ni tan siquiera era capaz de empatizar con el sufrimiento ajeno. Su mente funcionaba desde hacía mucho tiempo relativizando los acontecimientos y adulterando las consecuencias para que tuvieran la mínima repercusión en su estado emocional.

Observó que el verde de los Jardines de Sabatini se había apagado mientras una llovizna sucia empezaba a caer.

Giró la vista hacia el horizonte del norte, sin capacidad para reaccionar.

Algo tembló en su cerebro.

Deseó que la certeza de que el ángulo de inclinación de las Torres KIO había aumentado peligrosamente solo fuese un espejismo.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

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