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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO V

LOS DOCE APÓSTOLES

Nadie imaginó que el vehículo fuera una trampa mortal que estallaría con una violencia tan extrema que segó la vida de los doce agentes que acompañaban a la inspectora Luján.

Ella cerraba el grupo y los cuerpos de los policías recibieron la mayor parte del material lanzado por la detonación, y aunque sufrió numerosas heridas, abrasiones y la perforación del tímpano, logró salvar la vida milagrosamente.

Pero un clavo de acero de tres centímetros se le incrustó en el ojo derecho.

Cuando despertó del coma inducido en el Hospital Gregorio Marañón días después, no recordaba nada de la tragedia y los médicos tampoco quisieron revelarle la pérdida de sus compañeros y de su globo ocular. A medida que se fue recuperando, su mente analítica hiló el mutismo de los sanitarios con los recuerdos que afloraban entre la bruma hasta que empezó a interpretar las miradas esquivas ante sus preguntas.

Aunque se temía lo contrario, deseaba fervientemente que no hubiera ningún muerto entre sus compañeros y que al menos ella conservara su ojo, que estuviera ahí todavía, oculto bajo el vendaje.

—Tranquilícese, no se preocupe. Ahora necesita descansar y recuperarse —le recitaban como un mantra los sanitarios.

Una mañana, cuando el cirujano que la había operado entró en su habitación para la revisión rutinaria, se la encontró delante del espejo quitándose el vendaje.

—O me lo dice usted o lo descubro yo —le dijo con voz determinada.

El doctor le sujetó el brazo y detuvo sus movimientos.

—Inspectora, ya se lo hemos comunicado a su familia —musitó el doctor sin mirarla a la cara.

Ya se lo hemos comunicado a su familia.

A Inés Luján le pareció que habían comunicado a su familia su propio fallecimiento.

Y en cierto modo fue así, porque la Inés Luján que todos conocían murió también el día en que le comunicaron la muerte de algún compañero por una bomba-trampa y la pérdida de su ojo derecho, traspasado por un trozo de metralla que lo hizo estallar.

Pero durante ese período, cuando tras la operación le fueron desvelando poco a poco la dimensión real de la tragedia y la informaron de que la mejor solución era colocarle una prótesis orbital y finalmente, a los pocos meses, un ojo artificial cosmético, Inés también perdió lo que la había configurado como persona hasta entonces: la fe en sí misma.

Los agudos dolores de cabeza de los primeros días tras el postoperatorio fueron mitigándose poco a poco mientras se mentalizaba para la primera vez que debiera mirarse al espejo.

A pesar de la insistencia de su familia y de los amigos, no quiso que nadie estuviera presente cuando llegó ese momento.

Mientras le quitaba el vendaje, el doctor le recomendó que no se mirase al espejo hasta que el ojo tuviese un mejor aspecto, pero ella miró. Y lo primero que preguntó es si podría llorar también por la cuenca vacía. Y sintió una pequeña alegría cuando el médico le dijo que sí.

Y después se derrumbó.

Inés Luján terminó la carrera de Matemáticas con veintisiete años y tras enormes sacrificios. Tuvo que compaginar los estudios en la UNED con trabajos de toda índole, desde camarera en bares de copas en fines de semana demoledores hasta administrativa en pequeñas y medianas empresas con horario de 9 a 19 horas y contrato de media jornada, combinados con clases particulares que impartía a estudiantes de educación primaria y secundaria.

A veces ella misma tuvo que recurrir a profesores particulares cuando la aridez del cálculo y la geometría y la falta de tiempo amenazaban con hacerla claudicar.

Pero su perseverancia la ayudó a superar los múltiples obstáculos, que nunca doblegaron su amor por las ciencias exactas.

Fue mientras desempeñaba uno de esos trabajos como camarera cuando intimó con un cliente asiduo que era policía nacional y con el que mantuvo una relación intermitente durante dos años.

Él la animó a presentarse a las oposiciones de inspector de policía, para las que sorpresivamente no se necesitaba experiencia previa en el Cuerpo Nacional de Policía y sí un título universitario.

Tras sus durísimos años de estudios en la Universidad a Distancia, el temario organizado en bloques de ciencias jurídicas, sociales y técnico-científicas le pareció accesible, y además su 1,70 m. de estatura salvaba el 1,60 exigido para las mujeres en las bases de la convocatoria.

Inés no se lo pensó dos veces y movida por la búsqueda de una estabilidad económica que la había sido esquiva hasta entonces, y motivada también por el nuevo entorno social en el que se había integrado a través de su pareja, se sacrificó en una nueva vuelta de tuerca de su fuerza de voluntad para obtener la plaza de forma brillante en su primer intento.

Ahora todo aquello parecía muy lejano y ajeno. Doce años que parecían siglos.

La imagen que la miraba en el espejo ya no era la de aquella chica, llena de energía y confianza en sí misma. Ahora su reflejo era el de una mujer demacrada que luchaba contra la depresión, un abismo que amenazaba con engullirla susurrándole al oído que dirigiera la pistola reglamentaria contra su sien.

Buscó la primera ducha de las varias que se daría de forma compulsiva esa tarde y por la noche, obsesionada por eliminar cualquier rastro en su cuerpo relacionado con el escenario del crimen, pero el agua no se llevaría el hedor a maldad adherido en su mente.

Tras su convalecencia, Inés fue sometida a análisis físicos y psicológicos que no detectaron impedimentos para que se reincorporara a su trabajo un año y medio después. La intención inicial era alejarla de la Brigada Central de Estupefacientes y destinarla a otro departamento policial “más tranquilo”, pero ella se rebeló contra esa decisión.

Aceptó no reincorporarse a su antiguo puesto para protegerse de los recuerdos, pero solicitó un destino más activo en la Brigada Central de Investigación de Delitos contra las Personas, que finalmente le fue concedido.

Tras la pérdida de su ojo y de sus doce compañeros, el cerebro de Inés había mutado. Las facultades intelectuales para el pensamiento abstracto seguían ahí, pero en estado de hibernación.

De repente, Inés se sintió interesada por la literatura, las artes plásticas, la filosofía y la historia, por todas aquellas ramas del conocimiento que antes la aburrían y que denostaba públicamente.

Tras el trauma, dejó de invertir su tiempo libre en buscar la solución a algunos de los llamados grandes problemas matemáticos del milenio pendientes de resolver, por los que el Instituto Clay de Matemáticas otorgaba un premio de un millón de dólares.

Dejó de interesarse por el problema denominado P versus NP, el que más la fascinaba y que buscaba respuesta a la pregunta de si los problemas fáciles de resolver en términos computacionales, denominados P, son del mismo tipo que aquellos denominados NP cuya comprobación es fácil, pero su solución muy difícil.

A Inés la deslumbraba la idea de que si los problemas P fuesen iguales que los NP, estos últimos se podrían resolver de forma mucho más rápida, albergarían una especie de atajo oculto que permitiría que los ordenadores encontrasen mucho antes soluciones perfectas que comprometerían, por ejemplo, los sofisticados sistemas de encriptación actuales.

Cuando trataba de explicar lo que era un problema NP a sus amigos, siempre recurría a la explicación del rompecabezas: armar un puzzle de cientos de piezas no es fácil, pero comprobarlo una vez terminado es sencillo, porque basta con observar que todas las piezas encajan en su sitio y que ninguna falta.

Pero su mente había cambiado el cálculo infinitesimal por las rimas, el álgebra por las metáforas, y ahora se imaginaba a sus doce compañeros asesinados como los doce apóstoles que la siguieron con fe ciega y que ella había enviado a la muerte.

Al salir de la ducha no se secó porque quería sentir el agua sobre su piel. Sus pies descalzos resbalaron y estuvo a punto de caer.

Se sintió desvalida.

Con su ojo sano mirando fijamente al espejo, a Inés Luján le pareció que lloraba más por su ojo tuerto.

 

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