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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO VI

SAMUEL ESPINO

Con su abrigo negro ondeando al viento como si fuese una capa, Samuel Espino traspasó las puertas del Laboratorio de Lingüística Forense de la Policía Nacional cuando ya empezaba a anochecer, con la transcripción del soneto dejado por el asesino de Laura Laforet en una mano y una antología poética de Claudio Cisneros en la otra.

Tras dejar a la inspectora Luján, había pasado por su apartamento para desembarazarse del traje que apestaba aún a vómito a pesar de haberlo limpiado con agua, jabón y un quitamanchas que había comprado en un supermercado cercano al chalet del crimen. Lo guardó en una bolsa y lo llevó a la tintorería aunque no albergaba demasiadas esperanzas de retornar el delicado tejido inglés a su estado original.

El edificio policial que albergaba las instalaciones en que trabajaba estaba situado junto al campus de la Universidad Autónoma de Madrid, donde había obtenido la licenciatura de Filología Hispánica con el mejor expediente de su promoción, que sin embargo no le animó a presentarse a las oposiciones de profesor de Enseñanza Secundaria en las que casi todos sus compañeros tenían fijadas sus miras profesionales.

La cercanía física del Laboratorio a la Universidad había favorecido los contactos entre el departamento policial y su Facultad, y en el último año de carrera su tutor le planteó la posibilidad de visitarlo para orientar su tesis doctoral hacia este innovador campo.

Quedó fascinado por la aplicación práctica de los conocimientos lingüísticos a la investigación criminal, y al saber que podía realizar un máster especializado se olvidó de la tesis y cuando se licenció no dudó en solicitar una beca para cursarlo.

Fue precisamente durante ese año de máster cuando se dio cuenta de que su desmedida afición a los cómics había transmutado en la edad adulta en una vocación de servicio a la comunidad que había pasado desapercibida a su conciencia hasta entonces.

Aunque por su nivel de estudios podía opositar para la escala de inspector, prefirió hacerlo para la de agente del Cuerpo Nacional de Policía y logró obtener la plaza tras varios tropiezos con los test psicotécnicos y más de un disgusto con las pruebas físicas.

Después de dos años como agente y tres como oficial, había accedido por promoción interna a la categoría de subinspector y ahora dirigía el departamento que le reveló su vocación.

Desde su despacho podía contemplar el cercano campus de Cantoblanco que había recorrido tantas veces agobiado por los exámenes, y pensó que se había cerrado un círculo que empezaba apasionándose por la lengua y la literatura españolas y terminaba desenmascarando a delincuentes con pruebas relacionadas con su forma de escribir o hablar.

Pero ahora estaba ante un caso aterrador que le hacía pensar que había pasado de estudiar el Quijote a perseguir a Jack el Destripador.

La primera vez que oyó la expresión lingüística forense se imaginó a las dos palabras que componían el sintagma como dos bolas de billar chocando una contra otra y saliendo despedidas en distintas direcciones. Componían una especie de sinestesia, una figura retórica que asocia sensaciones de los sentidos con sentimientos o conceptos con los que no se corresponden, como ocurre en una dulce venganza o un agrio destino, donde las propiedades olfativas no encajan con los sustantivos a los que califican, salvo por una especie de asociación metafórica.

El imaginario de Samuel asociaba automáticamente el adjetivo forense al nombre médico, como hacen la mayoría de los hablantes de castellano, hasta el punto de sustantivarlo en el sintagma el forense, referido al médico que emite un informe basado en la autopsia que se hace a un cadáver para determinar la causa de la muerte.

Jamás se le hubiese pasado por la cabeza asociar la lingüística con la ciencia médica forense y siempre prefería hablar de lingüística judicial cuando se refería a su trabajo, que consistía en colaborar con la justicia aportando un informe pericial con evidencias que acusaban a un criminal o descartaban su participación en los hechos a través del estudio de las muestras escritas u orales que dejaba y que se recogían durante la investigación.

Desde que le habían puesto al mando del Laboratorio había tenido que enfrentarse a casos muy diversos, analizando desde cartas de asesinos o de suicidio hasta notas de amenazas para determinar a través del perfil lingüístico la personalidad o incluso la identidad del criminal, o si el suicida realmente lo era.

Su departamento también analizaba grabaciones de voz para averiguar por el acento, la elección del vocabulario o las expresiones autóctonas la procedencia del hablante o su nivel cultural y ayudar a los investigadores a descartar o a centrarse en determinados sospechosos.

Espino era extremadamente puntilloso a la hora de presentar sus conclusiones y sus informes siempre contenían la indicación de que la lingüística judicial no era una ciencia exacta, sino que trabajaba en términos de probabilidad. Él podía justificar que existía una alta probabilidad de que tal acusado fuera o no culpable a través de las muestras orales o escritas analizadas, pero sus conclusiones nunca eran absolutas, ya que su herramienta básica era la estadística, que conlleva desviaciones que hay que tener en cuenta.

No obstante, se había granjeado una sólida reputación como perfilador de criminales a través del análisis del idiolecto, de la forma particular en que cada individuo habla o escribe, reflejado en las muestras orales o escritas que dejaba.

Aunque los delincuentes pudieran ocultar su IP y navegar por la deep web para dificultar su localización a los expertos informáticos, su forma de hablar o de escribir muchas veces les delataba o al menos permitía centrar la investigación en un determinado perfil o incluso en una determinada zona geográfica.

Sin embargo, a veces su trabajo chocaba con la agudeza del delincuente que dejaba pistas falsas para desviar la atención de la policía.

La determinación de la autoría de una nota enviada por un asesino o dejada por un suicida exigía un análisis del texto muy cuidadoso y exhaustivo, porque en el primer caso el criminal podría querer inculpar a un tercero imitando su forma de escribir o su vocabulario o, en el segundo, querer ocultar su crimen haciendo pasar por suicidio lo que era un asesinato con un escrito acorde al idiolecto del supuesto suicida.

El nivel cultural e intelectual del asesino era directamente proporcional a sus facultades para enmascarar el crimen, y por eso el departamento de Espino manejaba los datos con mucha precaución y procuraba colaborar con otros especialistas para elaborar un estudio interdisciplinar que arrojara luz sobre el caso desde varias perspectivas.

Además, en muchas ocasiones las muestras eran escasas y se limitaban a pocas líneas escritas o pocos segundos de grabación, lo que limitaba enormemente su trabajo.

Por el contrario, cuando las muestras eran relevantes, los resultados eran mucho más fiables, ya que Espino podía usar herramientas de informática específicas para comparar, por ejemplo, una tesis doctoral con otra y determinar el porcentaje de plagio o, por el contrario, el nivel de originalidad.

Siempre que recibía un encargo esperaba que el corpus lingüístico con el que debía trabajar tuviera unos mínimos cuantitativos y cualitativos, es decir, un número determinado de palabras no inferior a 200 o una grabación de más de 15 segundos, y que del texto o la locución pudieran deducirse las características sociolingüísticas de su autor.

En una situación ideal, Samuel podía comparar el texto de un sospechoso con el de otro de autoría cierta para determinar con un alto índice de probabilidad si ambos estaban escritos por el mismo individuo.

Los programas informáticos que manejaba para determinar la autoría de un texto eran muy sofisticados y lograban esquivar los intentos de imitación del idiolecto de otra persona para inculparla.

Muchas veces las aplicaciones con las que trabajaba detectaban la misma autoría en textos aparentemente dispares que al final resultaban tener similitudes muy significativas por la forma de puntuar, o por la aparición de determinados adverbios, artículos o preposiciones, o por el uso particular de mayúsculas o minúsculas en ciertas palabras, o por un empleo determinado de los pronombres personales, o por la coincidencia en la construcción sintáctica de las frases.

Estas marcas lingüísticas que el autor dejaba involuntaria e independientemente del contenido del texto o locución, y que son muy difíciles de evitar, eran detectadas por los programas informáticos para señalar al culpable.

El Laboratorio de Espino denominaba marcadores funcionales a los conectores de palabras y oraciones, fuesen preposiciones, conjunciones, artículos o pronombres, que servían para dar cohesión a un texto. Estas palabras eran las más usadas en cada lengua y su casuística aportaba muchos más datos sobre el redactor o el locutor que el uso de otros vocablos con contenido pleno.

Los análisis del Laboratorio de Lingüística Forense habían determinado que en castellano las cinco palabras más usadas estadísticamente eran: de, la, que, el y en. Es decir, preposiciones, artículos y pronombres. En realidad las treinta palabras más usadas eran casi todas de este tipo, como: y, a, los, se, del, las, un, por, con, etc. Los adverbios no o se colaban en esa selecta lista junto con la forma es del verbo ser y la forma auxiliar ha de haber.

El subinspector siempre explicaba que estos conectores eran el pegamento de las palabras con significado pleno y de las oraciones. Y la forma singular en que cada hablante los utilizaba era un rasgo idiosincrático susceptible de ser analizado por los programas estadísticos para asignar o no la redacción de un texto a un sospechoso comparándolo con otro suyo de autoría cierta.

Estas eran las armas de Samuel Espino para descubrir al asesino de Laura Laforet.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo 1

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'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo V

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo IX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo X

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIV

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'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXII

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‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XL

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