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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO IX

LA HIJA DE DIOS

Cuando Óscar y Érika decidieron consolidar su relación, se trasladaron a un piso amplio donde podían vivir con comodidad con Irina y no repararon en que el alquiler fuera elevado, ya que contaban con los ingresos de ambos.

Estuvieron juntos dos años en los que Óscar fue tan inmensamente feliz como nunca lo sería jamás a pesar de las depresiones y la adicción de Érika a la heroína, que podía controlar con tratamientos de metadona. Una crisis aguda motivó un discreto internamiento en un centro de rehabilitación sufragado por la Seguridad Social que consiguieron que no afectara a su trabajo.

Ambos se hablaban mirándose, con largos silencios que no querían estropear con palabras cuando ella recaía y todo parecía desmoronarse bajo sus pies. Pero Érika siempre volvía de las tinieblas con una luz en sus ojos que deslumbraba el alma de Óscar.

Él se volcó con Irina llenándola de atenciones y cuidando de que la niña fuera ajena a la dependencia de la madre. Nunca permitió que ni tan siquiera vislumbrara algún episodio de síndrome de abstinencia que pudiera marcarla.

Irina miraba a Óscar con sus ojos verdes de luna llena y le desarmaba con preguntas inteligentes que inquirían sobre temas incómodos, exigiéndole respuestas concretas que Óscar se sentía incapaz de dar sin consultar con Érika antes.

—¿Por qué Alina y yo solo tenemos un apellido y los demás niños dos?

Esa era fácil. Otras eran más complicadas.

—¿Tú eres mi otro padre?

Él la miraba y esquivaba la cuestión con un movimiento leve de sus cejas. La relación de largos silencios entre Érika y Óscar se había trasladado a la de él con la niña de una forma sublime que permitía un grado de comunicación que no exigía muchas palabras. A veces ninguna.

Cuando Irina cumplió diez años, Érika y Óscar decidieron explicarle todos los pormenores de su ascendencia y la relación que mantenían y que incluía planes de boda y adopción.

Pero entonces todo volvió a cambiar.

Una tarde él fue a recoger a Érika al bar, pero los camareros le dijeron que se había marchado media hora antes.

Se había subido a un BMW deportivo que la había estado esperando, llevándose también la vida de Óscar tal y como había sido hasta entonces.

Años después, frente a su pelotón de reporteros, Dios aún recordaría la noche en que recibió la noticia del hallazgo del cuerpo de Érika. La naloxona no había llegado a tiempo de revertir la sobredosis de heroína.

Tampoco olvidaría jamás la mirada de Irina cuando le comunicó la noticia. Una mirada llena de incredulidad primero, luego inquisidora, y solo bastante después, tras las inconexas e insuficientes explicaciones de él, nublada por la congoja y las lágrimas.

Óscar no recordaba muy bien lo que le contó y absolutamente nada de lo que dijo ella. Si es que dijo algo.

El hilo que le unía con la niña se hizo más estrecho y fuerte desde entonces. Decidió adoptarla manteniendo el apellido rumano y dándole el suyo.

—Ya tienes dos apellidos, como los otros niños —le dijo un día sentándose junto a ella mientras hacía las tareas de clase sin saber cómo iba a reaccionar.

Ella no dijo nada y se limitó a seguir haciendo los deberes, pero desde entonces las notas del colegio fueron mucho mejores que las de cursos anteriores y a partir de ahí se convirtió en una alumna brillante.

Los años posteriores fueron terribles para Óscar mientras luchaba contra el abatimiento y recurría a todos los contactos que tenía para dar con el hombre que había arrastrado a Érika al abismo.

Llamó a muchas puertas, tensó muchos resortes, removió muchas aguas y se enfangó en el mundo de la mafia sin llegar a encontrar ninguna pista.

Una foto dejada en el buzón de su casa donde aparecía acompañando a Irina al colegio le avisó de que la búsqueda debía terminar.

La presión de dar a su hija una vida confortable y una educación adecuada le hizo aumentar las horas de trabajo, multiplicando sus colaboraciones y renunciando a períodos vacacionales para buscar más ingresos, pero la competencia era tremenda y su economía se desangraba por el agujero del elevado alquiler mientras renunciaba a cambiar su coche destartalado y a renovar su vestuario para mantener a Irina al margen del destino que les acechaba.

Pero todo cambió de nuevo. Y esta vez a mejor.

Irina tenía quince años cuando Óscar conoció a Rebeca y asumió de manera muy natural y cordial la relación de su padre con la aristócrata. En cierto modo, el carácter frío de su hija complementaba el más impetuoso de su nueva pareja y la racionalidad de una contrapunteaba la vehemencia de otra, de tal manera que, lejos de entrar en conflicto, entre las dos creaban una atmósfera de complicidad que le transportaba a algo muy cercano al paraíso.

Irina desarrolló una personalidad muy analítica que la alejó de los vaivenes de la adolescencia y devino en una introspección de la que salía en contadas ocasiones y solo en ambientes muy familiares donde se sentía segura.

Cuando le dijo a Óscar que quería estudiar Periodismo, él, lejos de sentirse feliz, se sintió más responsable del futuro de su hija, y eso le hizo entregarse más aún a la creación del imperio que finalmente había levantado desde la nada.

Mientras cursaba el doble grado en Periodismo y Comunicación Audiovisual, Irina se desenvolvía con toda naturalidad por la redacción de El Castillo y aprendía tanto de los profesores como directamente de los profesionales que trabajaban con su padre. Conocía a todos los empleados, desde los columnistas de mayor prestigio al administrativo más humilde. Mantenía con todos ellos una relación cordial pero aséptica emocionalmente, limitándose a informarse tanto de la intendencia del periódico como de las técnicas más sofisticadas de los publicistas mientras sus notas académicas se disparaban a niveles de excelencia.

Cuando su hija terminó sus estudios universitarios, Osorio no tuvo ningún complejo en incorporarla como redactora en la sección de política, porque sabía que se lo merecía, de la misma manera que todos sus empleados sabían que en poco tiempo iba a nombrarla subdirectora.

Irina llevaba un año en su nuevo puesto en El Castillo y ya se había hecho con más poder del que en teoría le correspondía a un redactor. Su influencia se trasladaba al departamento administrativo, al de publicidad y al de redes sociales, a los que consideraba el corazón del diario. Su padre no la tutelaba y se limitaba a admirar la eficiencia con que ella se desenvolvía entre diversos departamentos, algunos de ellos ajenos a su formación periodística. Irina aplicaba el más estricto sentido común en todas sus acciones y decisiones y se rodeaba de los más cualificados para formar equipos de confianza en los que delegaba cuando habían demostrado su aptitud.

Mientras Dios se había entregado en los últimos tiempos a la expansión televisiva de su imperio, Irina se había volcado en el periódico sin que se notara la diversificación de las actividades de su padre.

La relación entre los dos se mantenía bajo los mismos parámetros de siempre. Se hablaban poco y se comprendían mucho. Él adoraba a su hija y sentía que ella también, a su manera, desde el fondo de su templo del silencio, le profesaba un amor incondicional e inefable.

Irina se había independizado muy pronto y vivía en un apartamento funcional lejos del palacete de la Castellana que habitaban Óscar y Rebeca, que preferían mantenerse al margen de su vida personal y dejaban que ella les contase lo que quisiera, que era poco o nada. Y su padre casi lo prefería. En el fondo, para él seguía siendo la niña que no entendía por qué tenía un solo apellido.

Los dos habían sabido sobreponerse a la adversidad, habían estado en el filo del abismo y de una forma casi milagrosa habían salido indemnes. Eran dos supervivientes que se habían refugiado una en el silencio y otro en el éxito para no acordarse del vórtice del que habían escapado.

Se tenían el uno al otro de una forma absoluta y no necesitaban darse explicaciones de nada. La vida privada de uno y otro pasaba a segundo plano ante el protagonismo absoluto de un destino que los había unido de forma inexorable.

La inteligencia de Rebeca captó esto desde el principio y no se entrometió en la relación entre los dos cómplices porque sabía que sería un elemento de distorsión que haría que todo saltara por los aires.

En lugar de eso, se dio cuenta de las altas capacidades de dirección de Irina y la apoyó en su ascenso, con la seguridad de que lo que Óscar delegaba en ella estaba en buenas manos.

Las dos mujeres no competían entre sí, porque sus círculos de influencia y sus intereses eran distintos y ambas se coordinaban para que ninguna invadiera los dominios de la otra.

La tríada de poder funcionaba como un mecanismo de precisión y catapultaba el emporio de Osorio al olimpo mediático.

Irina sobrevolaba los problemas legales de su padre aunque era conocedora de las demandas y querellas a las que se había enfrentado. Se limitaba a poner en conocimiento del equipo de abogados toda la información que le pedían y a colaborar de forma neutra cuando se le solicitaba.

Para ella Laura Laforet era una red de seguridad que le transmitía confianza y evitaba quebraderos de cabeza para que la redacción no se desestabilizara y enfocara sus esfuerzos en la dirección correcta.

Cuando colgó el teléfono después de comunicar a su padre el descubrimiento del cuerpo de la abogada, se preparó un café en cápsula y empezó a calcular las consecuencias que traería la noticia.

Le encantaba el ajedrez y aplicaba los principios del juego a la vida diaria sin dejar nada a la improvisación. En el fondo la muerte de Laura era una de las posibles variantes en que podía derivar la apertura de la terrible partida propuesta por el jugador contrario. Una variante aguda y muy compleja, pero al fin y al cabo previsible para ella.

La abogada era un alfil que no había sobrevivido a la celada mortal que le habían tendido, pero el juego debía continuar aunque fuera con esa pieza de menos. Una pieza tremendamente importante, pero no imprescindible.

Se apoyó en la cristalera y miró los tejados de Madrid calculando mentalmente los movimientos que podían sucederse a partir de ahora.

Tenía claro que el rival quería ganar la partida y eso no se conseguía eliminando al alfil.

El objetivo final era dar jaque mate al rey.

La dimensión de aquello a lo que se enfrentaba se desplegó ante ella en toda su magnitud y despertó una chispa de estremecimiento en su racionalidad.

De repente, se sintió débil y un atisbo de temor asomó en su mirada.

Pero no iba a permitir que nadie les arrebatara el reino que su padre había conquistado con su talento y su esfuerzo. No le importaba que los ladrillos del imperio pudieran estar unidos por lodo en vez de cemento.

No iba a permitir que nadie hiciera desaparecer el suelo bajo sus pies otra vez.

Ese mismo día, lo que quedaba de humanidad en Irina Covaci desapareció.

Se había convertido en la hija de Dios.

 

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo 1

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'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VI

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'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo IX

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