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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

 

 

CAPÍTULO II

DIOS

En la heroica villa y corte, Dios no dormía la siesta.

Óscar Osorio contemplaba los tejados de Madrid desde la azotea del edificio que albergaba la redacción de El Castillo.

Desde su atalaya el murmullo del corazón de la ciudad le llegaba ronco y profundo, veteado por las bocinas de los coches o las sirenas de ambulancias o policías que a media tarde sonaban quizás menos alarmantes en la primavera austera de la meseta peninsular.

Era la hora en que el director del periódico más influyente del país posaba los ojos sobre la capital de su reino y se extasiaba en el horizonte que se le ofrecía abriéndose en canal a sus fantasías y designios.

Tres veces al día subía hasta sus dominios de águila, a lo más alto del imponente edificio cuyas dos últimas plantas ocupaba su ejército de redactores, reporteros, columnistas, fotógrafos, publicistas, informáticos y administrativos que funcionaban como un enjambre de abejas perfectamente equipado y determinado para fabricar la miel que ofrecía a sus lectores en forma de noticias y entretenimiento.

Subía a las siete de la mañana a tomarse el segundo café mientras el monstruo de más de tres millones de almas se desperezaba.

Subía, como ahora, a las cuatro de la tarde para embriagarse con el esplendor callado de la bestia.

Y subía al anochecer para ver cómo la bárbara fiera prendía en las viviendas las velas, que se reflejaban a través de las ventanas para expiar los pecados cometidos y por cometer.

Pero él había domado al dragón. Se había convertido en el periodista más influyente de España.

El flamante edificio sobre el que se alzaba en este momento su tremendo perfil era la metáfora de su éxito.

Se había ganado a pulso el apodo de Dios con que le conocían en la profesión, porque estaba en todas partes.

Los tentáculos de su redacción se extendían por todos los rincones de Madrid. Entraban en los consejos de ministros, trepaban por los muros de los palacios, se deslizaban en habitaciones sórdidas donde se tramaban confabulaciones, penetraban en lupanares, reptaban en alcantarillas, se internaban en las redes sociales y de todo se enteraban y en todo influían informando, difamando o manipulando.

—La mentira es la cara oculta de la verdad —solía decir a sus periodistas.

Los políticos le temían, la Iglesia le respetaba, los banqueros le ofrecían dinero, los artistas le adoraban hasta que le odiaban, los ladrones le condenaban y las prostitutas le bendecían hasta que se aburría de ellas.

Dios no descansaba nunca, porque cuando la ciudad dormía él la velaba.

Desde su torre-vigía, Osorio se asomó al abismo de más de ciento cuarenta metros que lo separaba de los pocos transeúntes que caminaban a esa hora por las calles, apenas hormigas que podría aplastar con el pulgar o con un editorial cuando quisiera.

Con su aguda vista se fijó en uno de ellos al azar. Lo vio cruzar un semáforo y esperar en una parada pacientemente hasta que llegó su autobús.

¿Cuántos años hacía que él no esperaba a nadie? ¿Cuándo hizo su última cola?

Él sabía que no hacía tanto tiempo aunque tuviera la tentación de engañarse a sí mismo mientras paseaba su imponente mole entre las almenas.

Apenas nueve años antes él solo era el nuevo consorte de la condesa Rebeca Quevedo, una de las más preciadas joyas de la realeza española, que había heredado de su padre el título nobiliario y de su madre una belleza eslava que descomponía los rostros del resto de damas de alta alcurnia que frecuentaban su trato.

Por aquel entonces, los cuarenta y nueve años de la aristócrata parecían haberse congelado en el tiempo ante el abismo de los cincuenta y retroceder aterrorizados al filo del precipicio y del bisturí hasta unos escandalosos treinta y tantos que ponían encima de la mesa unas cartas imposibles de igualar por sus coetáneas.

Él era en esa época un afanoso periodista de cuarenta y dos años que había dilapidado su brillantísimo expediente académico enfangado en el lodazal de los diarios sensacionalistas y que había terminado en el pozo de las crónicas del corazón, hasta que un día su suerte cambió y Rebeca apareció para disipar las negrísimas nubes que se cernían sobre un futuro profesional apenas incapaz de pagar el alquiler.

Ahora se deleitaba desplazando la mirada sobre los jardines del Palacio Real, la Gran Vía, la Torre Picasso, los deslumbrantes rascacielos del área financiera de Madrid y oteando, más allá, la sierra.

Le afligió una punzada de dolor en forma de angustia. ¿Se merecía él todo esto?

Suspiró. A veces sentía un atisbo de remordimiento que acariciaba como la cabeza de un perro que después dejaba abandonado en un recodo de la tortuosa carretera que le había llevado hasta la cima donde se solazaba ahora.

Rebeca lo adoraba, se había sometido a él de una forma absoluta, embelesada por la personalidad que Óscar había conseguido exhibir ante ella en un heroico gesto, casi como un estertor final antes de que su vida se hubiera ido al garete de la irrelevancia y la penuria económica.

La conoció por pura casualidad en los pasillos de una productora que estaba preparando una serie sobre la nobleza española. Él había acudido a intentar entrevistar a un oscuro personaje de la farándula nacional a través de un conocido, y de repente ella salió aceleradamente de un despacho acompañada de su secretario, que intentaba calmarla mientras Rebeca apenas podía contener su ira mientras murmuraba frases ininteligibles y negaba con la cabeza.

El bolso se le cayó y él se adelantó a su acompañante para recogérselo y entregárselo. La trató con una naturalidad de la que no hubiera sido capaz de haberla reconocido.

—Tenga cuidado, nadie merece que pierda la cabeza y el bolso —le dijo sonriéndola.

Ella le miró un segundo más de lo normal, le dio las gracias y siguió pasillo adelante. Él admiró su forma de andar mientras se alejaba y se giró para continuar buscando a su contacto.

—¿Conoces un bar por aquí? —oyó a sus espaldas.

Óscar se volvió.

Nunca olvidaría el momento en que la condesa le abrió las puertas de su cielo.

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