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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XIX

REBECA QUEVEDO

Rebeca Quevedo estaba siendo penetrada profundamente por su secretario personal cuando su teckel entró ladrando por sorpresa en la habitación, atraído por los agudos gemidos de su dueña y echando a perder la erección de su amante.

La mascota intentaba saltar a la cama y cuando finalmente lo consiguió, se abalanzó sobre la aristócrata, que se desacopló del miembro que ya percibía flácido sobre el que estaba a horcajadas y que desechó sin mayores miramientos.

La condesa se deshizo en caricias y arrumacos con su perro mientras el animal enseñaba los dientes de forma amenazadora al servidor-objeto, ya en retirada.

—No le caes bien a mi Thor —lo despachó Rebeca mientras esperaba que el hombre se vistiera y abandonara la habitación sin mediar palabra.

La historia de amor entre ella y Óscar Osorio había cumplido su ciclo vital hacía tres años, cuando ella descubrió sin excesiva pena ni sorpresa la afición de su marido por los prostíbulos. Sus amantes se habían contado por docenas antes de conocer a Óscar, del que se encaprichó perdidamente y con el que, sin embargo, sabía que no iba a envejecer como pareja.

Aunque la condesa era de carácter apasionado, para los negocios poseía una mente práctica y ágil. Consideró que lo peor que podía ocurrir era romper la relación con todo lo que conllevaría a nivel legal, y lo mejor era aceptar la situación, confiando en que las asiduas visitas de su marido a las meretrices no interfirieran en la llevanza común de sus empresas.

Le pidió a Óscar que, en contraprestación, aceptara que ella se buscara otras parejas sexuales, ya que se negaba a tener intimidad con él por temor a contraer enfermedades venéreas.

El otro acuerdo, el más importante, fue el prometerse mutuamente que la relación mercantil entre ellos no iba a mezclarse con los asuntos personales y que la administración solidaria de su grupo mediático no iba a verse afectada.

El matrimonio entre Rebeca y Óscar estaba regido por el régimen de separación de bienes, dada la inmensa riqueza patrimonial de la condesa. En las sociedades mercantiles que crearon ambos figuraban como accionistas, pero no de forma igualitaria. Rebeca se había adjudicado siempre el 51% del capital suscrito, dejando el 49% restante para Óscar. Con ello la aristócrata se aseguraba el control de todas las decisiones relativas a las florecientes empresas, aunque nunca había tenido que recurrir a ese porcentaje para hacer valer sus opiniones, porque entre ella y Óscar siempre había existido consenso a la hora de afrontar las decisiones más importantes.

Juntos les iba bien en lo económico y Rebeca no iba a permitir que nada atentara contra esa armonía.

Además, la relación con Irina era estupenda y ambas compartían la misma visión sobre el desarrollo del imperio mediático que entre los tres dirigían con suma eficiencia.

Pero hace poco todo había cambiado ante la obstinación de Óscar en incluir a su hija en el accionariado de sus empresas. Lo que más la extrañó fue el desconocimiento que su marido demostraba sobre su forma de entender las relaciones empresariales y el desprecio absoluto a su inteligencia.

Rebeca jamás iba a permitir que padre e hija se hiciesen con el control de su grupo de empresas, relegándola a ser accionista minoritaria.

La condesa sintió una enorme decepción, más profunda que la de descubrir las infidelidades de su marido, al comprobar que Óscar había perdido por completo el sentido de la realidad y que flotaba por encima de las nubes, sin darse cuenta de que la piedra angular de todo el entramado empresarial era ella.

Apartó provisionalmente estos pensamientos que amenazaban con enturbiar un día que deseaba especial y centrado en sus nuevos proyectos.

Quevedo, la marca de joyas y complementos para la mujer de mediana edad que había creado y de cuyos diseños se ocupaba personalmente asesorada por un grupo de muy selectos expertos, había aumentado exponencialmente sus ventas y sus beneficios. A ello contribuían la publicidad prácticamente gratuita de la que se aprovechaba en su grupo mediático y los espacios de moda que contaban siempre con el patrocinio de la marca.

La condesa disponía además de un programa semanal en Castillo TV donde desplegaba todo su magnetismo y entrevistaba a personajes de la jet set, que se cuidaban de lucir las creaciones de Rebeca y de recomendarlas bajo el lema de lujo a buen precio.

Los quevedos, ya fueran pendientes, colgantes, pulseras, anillos, pañuelos, zapatos o perfumes, estaban de moda y era raro no encontrarlos en los joyeros o vestidores de mujeres a partir de cuarenta años y de un poder adquisitivo medio.

Ahora Rebeca estaba embarcada en el lanzamiento de una nueva línea de lencería femenina bajo el paraguas protector y prestigioso de su marca y no era inusual que sus reuniones con expertos en ropa íntima terminasen con algún cocktail oportunamente servido por su secretario personal, ocasión en que la fogosa dama no dudaba en experimentar los placeres del ménage à trois.

Con Óscar coincidía por la noche si ambos decidían cenar juntos en uno de los tres comedores de su palacete de la Castellana y ambos guardaban las apariencias acudiendo siempre como pareja a eventos sociales o promocionales a los que estuvieran invitados.

Eran el matrimonio ejemplar de cara a la alta sociedad y los socios perfectos en los consejos de administración.

Realizaban vidas perfectamente separadas y ese era uno de los secretos de la cordialidad rayana en la dulce amistad en que había devenido su pasión.

De vez en cuando percibía en su marido una mirada lasciva que la deseaba, sobre todo cuando se engalanaba y se vestía con trajes ceñidos que dejaban al descubierto el exquisito trabajo del personal trainer de la condesa, que la visitaba tres días a la semana para ofrecerla no solo sus servicios deportivos.

Rebeca odiaba la cirugía estética, porque tenía miedo de que su rostro quedara convertido en una máscara inexpresiva de porcelana, como había visto en algunas amigas personales y en actrices que eran apenas reconocibles tras el invasivo trabajo del cirujano plástico.

Sin embargo, cuando apreció que el bótox, la radiofrecuencia y los tratamientos faciales con hilos tensores no ofrecían los resultados que esperaba, sobre todo en durabilidad, optó por ponerse en las manos del mejor cirujano del mundo en la materia, que además era español. El doctor Fontana se había convertido en su gurú personal en materia estética y había conseguido el milagro de que el tiempo hubiese pasado sin dejar demasiada huella sobre el rostro, los senos, los brazos, el abdomen y las piernas de la condesa.

Y aquello que no podía corregir la cirugía lo corregía el deporte, apoyado por una genética benévola que permitía a Rebeca lucir la talla 36 de forma esplendorosa a su edad.

De vez en cuando se preguntaba si la pasión entre Óscar y ella podría renacer, sobre todo cuando oía algunas veces a su marido susurrarle lo hermosa que era, pero descartaba esa idea porque ella no lo deseaba ya ni tan siquiera como amante.

Su marido ya estaba manchado por la luna de los burdeles, que iluminaba su sudor sobre la espalda de mujeres que no la llegaban ni a la altura de los tobillos.

La aristócrata había exigido a los responsables de la nueva línea de lencería, para la que había elegido el nombre de Rebeca, que le enviasen muestras de su talla para probarse la ropa íntima personalmente antes de iniciar la producción.

Dos semanas antes, cuando precisamente acababa de recibir unas prendas de la temporada de otoño con que iba a estrenar la nueva marca, la condesa había escuchado a través de Castillo TV la noticia del hallazgo del cuerpo de Laura Laforet.

Buscó a Thor y lo cogió en brazos para acariciarlo y estrecharlo fuertemente contra ella mientras seguía atenta la pantalla donde el presentador narraba el terrible suceso. La mascota no emitió un solo quejido ante el exceso de efusividad de su dueña, que tomó una golosina canina y premió a su perro por su actitud sumisa.

Rebeca dejó al animal de nuevo en el suelo, apagó la televisión y extrajo de la caja el sujetador push-up, el tanga, las medias y los ligueros recibidos. Los extendió sobre la cama y apreció su elegancia y calidad mientras una sonrisa franca iba poco a poco abriéndose paso en sus labios, dejando al descubierto la dentadura deslumbrante.

Conectó el equipo de sonido y buscó música idónea para la ocasión que se avecinaba.

Tenía cincuenta y ocho años, el cuerpo de una mujer de treinta y su libido intacta.

Se vistió con la lencería y se subió sobre unos tacones. Se miró al espejo y lo que vio la encantó.

Llamó a su secretario, súbitamente excitada.

Había que celebrar las noticias.

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