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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXIII

CÓNCLAVE

El comisario Víctor Vázquez era un histrión.

La esencia de su personalidad consistía en teatralizar de forma metódica todas las situaciones que se daban a su alrededor.

Sus entradas en escena siempre iban precedidas de una puerta que se abría súbitamente o, como mucho, de tres golpes muy fuertes en ella, como si fuera la propia muerte quien estuviese reclamando al acongojado visitado, que se sentía más bien invadido.

La Brigada Central de Investigación de Delitos contra las Personas que el comisario dirigía desde hacía quince años se encargaba de investigar y perseguir crímenes contra la vida y la libertad, incluidos homicidios, agresiones sexuales y desapariciones.

Vázquez no llegaba al metro setenta y llevaba zapatos con alzas, lo cual se hacía evidente en su forma de andar. Inés siempre había visto a su jefe con la corbata o muy corta, diez centímetros por encima del ombligo, o muy larga, diez por debajo de la hebilla del pantalón. A veces pensaba que lo hacía adrede, porque probabilísticamente era imposible que, después de un año y medio trabajando con él, la corbata nunca estuviese a la altura correcta.

El comisario atesoraba un don que consistía en extraer lo mejor de las personas con las que trabajaba. Para ello, primero empatizaba con ellas, preocupándose por sus circunstancias personales, gastándoles alguna broma, incluso invitándolas a tomar algo ocasionalmente y no olvidándose nunca de felicitarlas por su cumpleaños.

Pero cuando tocaba arremangarse, entonces exigía el cien por cien de todos sus subordinados, y así se lo hacía saber de dos formas: el tono solemne con que empastaba su voz y la efectista puesta en escena, caracterizada por una luz que jugaba con los contrastes y parecía sacada de una película de Hollywood.

A Inés siempre le había parecido que Vázquez sería un gran director de fotografía.

A las reuniones que convocaba y consideraba importantes el comisario las llamaba cónclaves, y todo el que estaba citado a un cónclave sabía que debía ir armado hasta los dientes con toda la información de que dispusiera, con los datos memorizados, los razonamientos afilados, las propuestas dispuestas y mentalizado para olvidarse de cualquier cable que lo atara al mundo exterior y ser exprimido hasta la extenuación.

Un cónclave era un cónclave, y la palabra elegida por Vázquez para designar estas reuniones tenía una carga simbólica que a ninguno de los concurrentes se le escapaba. De la misma forma que los cardenales quedaban aislados del mundo exterior hasta que no eligieran al nuevo papa de Roma, ninguno de los citados por Vázquez se levantaría de la mesa hasta que el comisario estuviese satisfecho con las conclusiones extraídas, lo cual no era fácil.

Para estos cónclaves Vázquez tenía determinada su propia y laica Capilla Sixtina en el último piso del edificio de la Brigada, consistente en una curiosísima y enorme estancia  de forma circular con una gran mesa de madera de roble de superficie lacada en el centro de tres metros de diámetro, también circular. La superficie alisada era una autopista por la que se deslizaban hojas, bolígrafos, carpetas, fotografías o cualquier otro material que los alejados asistentes se pasaran.

Una gran lámpara de elegante estilo minimalista bajaba mucho del techo y proyectaba una luz enfocada sobre el centro de la mesa que dejaba en penumbras el resto de la habitación, suavemente iluminada por otros reflectores menores. El ruido del exterior apenas se intuía a través de los ventanales de cristales blindados que daban a la calle, que a su vez estaban cubiertos por unos pesados cortinajes ocres que acentuaban la atmósfera de recogimiento del lugar.

Unas sillas espartanas, pero cómodas y a juego con la mesa, una pantalla motorizada, un proyector, un pequeño mueble auxiliar con café y agua, un frigorífico con las bebidas básicas y una centralita telefónica inalámbrica en el lugar en que se sentaba él eran todas las demás concesiones que se permitía Vázquez en su reino de penumbra.

El kit de supervivencia básico de los convocados, además de los pequeños refrigerios, consistía en un sándwich espartano, aspirinas, caramelos para la tos y gomas de mascar, aunque ocasionalmente alguna pelota antiestrés se había colado en el sagrado recinto.

Había pasado un mes desde la desaparición de Laura Laforet y casi tres semanas desde el hallazgo de su cuerpo, y Vázquez consideraba que era el momento de poner en común los resultados de las investigaciones.

Cuatro personas fueron citadas al cónclave convocado con extrema urgencia: la inspectora Inés Luján, el subinspector Samuel Espino, el médico forense Daniel Delmiro y el criminólogo Andrés Adrados.

El comisario Vázquez, con la corbata demasiado larga, les iba recibiendo a todos a las ocho y media de la mañana en la entrada de la sala con una sonrisa candorosa y una mirada incisiva. Los convocados sabían que necesitaba resultados y los necesitaba ya.

Inés y Samuel conocían al forense del caso, con el que habían tenido ya una entrevista, pero la presencia de Adrados les cogió por sorpresa.

Cuando los cinco estuvieron sentados, Vázquez les dio la explicación que exigía la circunstancia.

—He llamado al señor Adrados, que es un perfilador criminal muy reconocido, para que nos ayude y aporte su punto de vista. Luján, Espino, no se trata de menospreciar su trabajo, sino de presentar sus resultados no solo ante mí, sino ante un criminólogo de primer nivel, amigo personal mío, que espero nos pueda aportar su agudeza y su experiencia. Más le vale. —Vázquez hablaba con un tono distendido de presentador profesional y transmitía un mensaje importante para todos. Quería cooperación y resultados. Nada de egos.

El comisario continuó presentando a Adrados, que además era profesor de Psicología Criminal en el grado de Criminología en la Universidad Complutense de Madrid.

—Buenos días, señores —saludó el perfilador—. Señor Espino, mi trabajo es muy parecido al suyo. Usted determina la personalidad de un criminal basándose en las muestras lingüísticas u orales que deja; yo lo hago sobre todo  a través de las evidencias presentes en la escena del crimen, sin descartar cualquiera otra prueba o indicio que aparezca durante la investigación. El caso que nos ocupa les anticipo que supone un reto mayúsculo que no se parece a ningún patrón de comportamiento con el que pueda compararlo. Entiendo perfectamente la situación, las dificultades que están encontrando y espero que lo que yo he podido deducir tras estudiar el expediente que me ha hecho llegar Vázquez les pueda ayudar.

Adrados miraba sobre todo a Inés y Espino, transmitiéndoles cercanía y humildad para hacerles ver que no era un intruso, sino alguien que quería ayudar, demostrando que el comisario era un experto formador de equipos.

—Inspectora Luján, por favor, proceda a hacer un resumen de los hechos y del estado actual de la investigación —solicitó Vázquez mirando fijamente al foco de luz que iluminaba la parte central de la mesa y que se iba difuminando poco a poco hasta llegar a los rostros de los cinco, que se adivinaban en el claroscuro de luces y sombras que inundaba la estancia, produciendo un efecto de recogimiento.

Inés abrió su maletín, extrajo varios portafolios, abrió uno de ellos y comenzó la exposición con voz segura.

—Laura Laforet, abogada de Óscar Osorio, magnate mediático, desaparece el 15 de abril. La última vez que se la ubica es en el parque del Retiro,  haciendo deporte en torno a las 8:00 a.m., según testimonios de otros corredores. Su cadáver aparece diez días después, el 25 de abril, en un chalet de lujo de La Moraleja. La propiedad está en venta o alquiler y el cuerpo es descubierto por el vigilante de la inmobiliaria que tiene encomendada la vigilancia. Las extirpaciones, amputaciones, quemaduras y laceraciones que presenta el cadáver las tienen ustedes detalladas en el informe del forense Delmiro. El cuerpo aparece con un poema clavado en su ojo izquierdo con un acróstico donde se lee Priscilla, te amo. El texto, un soneto del poeta Claudio Cisneros, presenta una variación en un verso consistente en la sustitución del sintagma ríos paganos por negros carámbanos.

Todos entendieron que Inés no quería entrar en la descripción pormenorizada del estado en que encontraron el cuerpo de la abogada por no rememorar una escena del crimen que la traumatizó.

—Perdone, inspectora. Antes de seguir quiero que Delmiro nos detalle la causa de la muerte —la interrumpió Vázquez, haciendo un gesto al forense para que interviniera.

Daniel Delmiro, que había realizado muchas autopsias para la policía, revisó sus documentos unos segundos, pero solamente por provocar una pausa dramática a la altura de la situación, porque tenía muy clara la respuesta.

—Fue un fallo multiorgánico debido a la pérdida de sangre y a la falta de oxígeno, a pesar de los intentos del asesino por reanimarla. Laura Laforet llevaba unas cuarenta y ocho horas muerta cuando su cuerpo fue encontrado. Pero es importante señalar un aspecto… siniestro.

Otra pausa.

—Explícate, Delmiro —apremió Vázquez al forense algo molesto porque alguien quisiera rivalizar en teatralidad con él.

—A la víctima se le rompió el corazón bastante antes del óbito— aseguró el forense.

Un tenso silencio se impuso en la sala de contraluces.

—¿Lo dices de forma figurada? —preguntó el comisario.

—En absoluto. Ojalá hubiese sido así.

Nueva pausa.

—Delmiro… —apremió Vázquez.

—La autopsia ha revelado una deformidad, una forma ovalada inusual en el ventrículo izquierdo compatible con una miocardiopatía por estrés, también conocida como síndrome del corazón roto —explicó el forense—. Se trata de una afección cardiaca por un episodio grave de estrés psíquico o físico que provoca la interrupción de la función habitual de bombeo de sangre. Existen estudios que describen este cuadro clínico como una disfunción en la respuesta de lucha o huida del cuerpo ante una amenaza o situación de choque emocional. No es un ataque cardiaco, porque las arterias coronarias permanecen normales, sin estar obstruidas.

—Pero usted ha dicho que esa afección no es la causa de la muerte —intervino Espino.

—Así es. Digamos que a Laura Laforet se le rompió el corazón por miedo. Pero por miedo no se muere, como tampoco se muere de amor.

Definitivamente a Vázquez le había salido un duro rival en las candilejas.

—¿Quieres decir que el asesino tenía calculado todo? ¿Incluso el nivel de sufrimiento que un cuerpo humano puede tolerar? —Inés intentaba no visualizar la escena del crimen mientras formulaba la pregunta.

—Esa es la conclusión que arroja la autopsia, inspectora. Aunque el fin último del criminal era asesinar a Laura Laforet, esto no era sino una consecuencia inevitable de someter su cuerpo a un padecimiento inenarrable.

Inés se disculpó para ir al baño, del que volvió diez minutos después completamente lívida.

—¿Se encuentra bien, inspectora? —se interesó Vázquez.

Espino la miraba preocupado sin saber cómo reaccionar. Sabía que Inés estaba rememorando el horrible espectáculo que tuvieron que contemplar hacía unas semanas y que aún la seguía provocando vómitos. Pensó que debería acudir a un psiquiatra que la ayudase a superar ese trauma.

La inspectora Luján había vuelto con una botella de agua como único apoyo. Antes de responder, se sentó pausadamente en su silla y agachó la cabeza. Cuando la volvió a izar Samuel percibió un hermoso reflejo en su ojo de cristal.

—Seguimos, comisario —dijo Inés, dando a entender que deseaba terminar su exposición.

—Bien, continúe con la cronología de los hechos. —Vázquez percibió la determinación de la inspectora.

—Cuatro días después del descubrimiento del cuerpo, el Laboratorio de Lingüística Forense de Cantoblanco recibió un sobre sin remitente y con franqueo de Salamanca con unos textos a modo de diario en los que se hace alusión a la relación de amistad del supuesto autor con Priscilla, sobrenombre que otorga a una tal Laura, que por otro lado rechaza una relación romántica con él, argumentando, según el texto, que ha estado con muchas mujeres. El diario no dice expresamente que Laura, alias Priscilla, sea abogada, pero sí que su novio lo es. Ese documento ha sido analizado por el equipo del subinspector Espino, que luego les trasladará sus conclusiones.

Inés bebió agua mientras iba recuperando poco a poco el color. Todos entendieron que había conseguido tomar la distancia emocional suficiente para que la reunión no se viese alterada más.

—El diario El Castillo —continuó la inspectora— publica al día siguiente la información del soneto clavado en el ojo de su exabogada bajo un titular que señala a Cisneros subrepticiamente, bautizando al asesino con el apodo que ustedes ya conocen: el Poeta.

—Muy poético —sobreactuó Delmiro, otorgando una indudable ventaja a Vázquez en su carrera artística hacia el estrellato.

—Al mismo tiempo —continuó Inés —, en la redacción de ese periódico se reciben unas fotografías íntimas de Laura Laforet con el escritor Claudio Cisneros. En una de ellas se ve a la abogada con una pulsera que lleva grabado el nombre de Priscilla. Como consecuencia de estos elementos que apuntan a la presunta implicación de Claudio Cisneros en el crimen se ordena su internamiento preventivo en el Centro Penitenciario Madrid VII.

La inspectora hizo una pausa para mirar a todos los concurrentes y certificar que no había ninguna pregunta sobre lo que estaba exponiendo y continuó.

El Castillo y su apéndice mediático Castillo TV, dirigidos por Óscar Osorio, hacen pública después la  foto de la pulsera con el nombre grabado y finalmente los detalles del crimen. —Hizo otra pausa para tomar más agua—. Esta revelación provoca una agresión a Cisneros con arma blanca por parte de otro preso de Estremera.

Inés miraba ahora a Espino, que permanecía en el más absoluto mutismo.

—Además El Castillo ha publicado unas fotos de contenido sexual explícito de Laura Laforet y Claudio Cisneros —señaló Vázquez.

—En efecto, comisario. —Inés estaba incómoda —. Pero esas fotos, aparte del morbo y de dar cuenta de la relación pasional en el pasado entre Laforet y Cisneros, no aportan mucho a la investigación.

—Inspectora, no minusvalore nada. Luego entenderá por qué le digo esto —le recriminó Vázquez—. ¿Algo más?

—Por último —continuó la inspectora —, hace unos días recibimos la segunda parte de lo que llamamos el diario del asesino, que se ha analizado también en el Laboratorio de Lingüística Forense. Supongo que el señor Adrados tendrá copia de estos textos presuntamente escritos por el criminal.

El perfilador afirmó con la cabeza y con un gesto afable animó a Inés a concluir su exposición.

—Hasta aquí los hechos objetivos, comisario Vázquez. Como complemento a todo lo dicho, cabe añadir que unos ocho meses antes del asesinato de Laura Laforet desde el grupo mediático de Óscar Osorio se publicaron unos reportajes con denuncias de varias mujeres contra el poeta Claudio Cisneros por agresión sexual. Esta información se divulgó poco antes de hacerse público el ganador del Premio Nobel de Literatura para el que sonaba como favorito Cisneros, que finalmente no lo ganó. El poeta se querelló contra Osorio, del que Laforet era la abogada en ese proceso, que según todos los expertos va a terminar mal para Cisneros, cuya moralidad ha quedado manchada para siempre. El autor se enfrenta a condenas muy severas no solo por su presunta implicación en el caso que nos ocupa. En esto se sustenta el móvil de la venganza que esgrime Osorio para culpabilizar al escritor del asesinato.

—Gracias, inspectora.  —Vázquez miraba a Espino—. Su turno, subinspector.

Samuel estaba intranquilo porque presentía que Vázquez se guardaba un as bajo la manga que revelaría cuando su instinto de dramaturgo se lo dictara.

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