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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXIV

 

 

FUMATA NEGRA

 

Espino era un convencido de los equipos multidisciplinares y estaba deseoso de contrastar los resultados de los análisis de los textos supuestamente escritos por el asesino con el perfil psicológico trazado por el criminólogo Adrados.

—El primer sobre que recibimos con lo que hemos dado en denominar el diario del asesino llevaba franqueo de Salamanca, como ha dicho la inspectora Luján, ciudad donde vive, o vivía, mejor dicho, el poeta Claudio Cisneros —comenzó su exposición el subinspector —. Tanto este envío como el siguiente que nos llegó hace unos días están redactados con letra Times New Roman, tamaño 12, y en folios de iguales características. El formato es idéntico. La diferencia entre los dos envíos es que el primero lo recibimos con anterioridad al ingreso de Cisneros en Estremera y el segundo, después. Por otro lado, el segundo sobre tenía franqueo de Madrid.

—¿Esto significaría que Cisneros no tuvo nada que ver con el segundo envío al estar en prisión ya? —inquirió Vázquez.

—No es tan fácil, comisario —le atajó Espino—. Podría ocurrir que la segunda parte del diario fuese también de autoría de Cisneros y alguien la hubiese puesto en el correo tras el ingreso del autor en la cárcel. 

—¿Es eso lo que dice GILDA? —intentó adelantarse Vázquez, ansioso por llegar a un punto que todos desconocían, salvo él.

—Si me deja realizar la exposición de forma ordenada, resolveré todas sus dudas —le rogó Espino—. GILDA detecta en el primer envío que el texto 6 es de Cisneros. Y el propio Cisneros nos lo ha ratificado en una entrevista que tuvimos con él en Estremera el mismo día en que intentaron matarlo. Nos dijo que ese texto está copiado de una carta que le dirigió a Laura Laforet cuando su relación ya se precipitaba al abismo. Del resto del contenido incluido en el sobre 1, llamémoslo así para abreviar, no se hace responsable. 

—¿Y usted qué cree? —volvió a inquirir el comisario.

—Si analizamos lo relatado en ese presunto diario, tanto la inspectora Luján como yo coincidimos en que hay una gran parte de invención. Nos parece relevante el supuesto rechazo de Laura al autor por su promiscuidad. Porque relaciona el texto con la biografía de Cisneros, plagada de amantes. La otra nota importante es la referencia a la Biblia. El resto, salvo, claro está, la identificación entre Laura y Priscilla, nos parece una mera invención no sabemos si para despistar o por un afán de fabulación. 

—Espidifen sabor albaricoque —intervino Adrados inesperadamente.

Samuel lo estaba esperando.

—Sí, señor Adrados, también pensamos en esa referencia tan específica que aparece en el texto 5 del diario, pero por eso mismo, por ser tan específica, creemos que es una pista falsa. En realidad creemos que los otros textos que acompañan al número 6 son una tentativa de hilar una historia ficticia con la sola intención de que se identifique a Cisneros como el autor global. Y por eso se nos remite todo el corpus textual al Laboratorio como si fuese una especie de diario. Y además con franqueo de Salamanca, para señalar aún más a Cisneros. Lo que ocurre es que nuestro sistema GILDA es tan avanzado que distingue lo que es de Cisneros de lo que no. Y acierta si nos creemos la declaración del propio poeta.

—¿Y usted se cree todo lo que le dice Cisneros? —le preguntó Adrados incisivamente.

Samuel guardó silencio unos segundos antes de responder de forma contundente.

—No tenemos pruebas definitivas de nada, pero confío en los algoritmos de GILDA. He leído los textos de Cisneros que el programa ha comparado y el estilo es muy similar. Sintaxis compleja, períodos largos, oraciones subordinadas interminables, imágenes impactantes, casi como prosa poética. Además no veo por qué él nos fuera a mentir reconociendo la autoría del texto 6 cuando en teoría eso juega en su contra.

—No me refiero a eso, subinspector Espino —le presionó Adrados —, sino a si cree usted que Cisneros es el asesino.

—Todavía no he terminado mi exposición.

—Usted no cree que Cisneros sea el asesino —le sorprendió el criminólogo.

—¿Y usted sí? —contraatacó Espino.

—Subinspector, ¿cómo interpreta la referencia religiosa? —medió Vázquez.

—Es complicado, comisario. Creemos que es importante, pero no tenemos una opinión formada. Pudiera ser un indicio de fanatismo religioso. Veremos lo que piensa el señor Adrados.

—Continúe con el resto de su exposición —le animó Vázquez.

—El segundo corpus textual presenta diferencias significativas respecto al primero —siguió Espino—. En esta entrega GILDA no detecta huella de Cisneros, aunque sí un intento de imitación de su estilo en alguna parte, pero en cambio, curiosamente, sí que confirma que la autoría de los textos del segundo sobre y del primero es la misma, salvo el texto 6 de la primera entrega, que es el que Cisneros ha reconocido como propio. Es decir, tendríamos a un mismo autor que habría intentado inculpar al poeta con un texto real suyo. Además en los nuevos textos hay una descripción bastante detallada del rapto de Laura Laforet.

—¿Qué opina usted en concreto sobre la parte donde se relata el secuestro, Delmiro? —preguntó Vázquez.

—Escopolamina. El asesino drogó a Laura Laforet con burundanga. Sumisión química —aseveró el médico forense—. La sustancia psicotrópica disuelta en la bebida isotónica a la que alude el texto  le provocó un estado de parálisis mental, haciéndola sumisa ante cualquier orden que recibiera. La droga es incolora, inodora e insípida y tarda poco en hacer efecto para dejar a la víctima a merced de la voluntad de su agresor.

—Eso suponiendo que el autor diga la verdad—relativizó Espino.

—¿Cree que miente? —le interrogó el comisario.

—Lo que creo es que no dice toda la verdad. En el texto 9 se hace referencia a una lluvia fina, literalmente, que cayó en Madrid el día del secuestro. Pero el 15 de abril fue soleado en la capital. No llovió hasta días más tarde. No hubo ni tan siquiera nubes sobre el parque del Retiro. Antes de su desaparición, Laura Laforet disfrutó de una temperatura primaveral de 19 °C sin precipitaciones. Hemos comprobado todos los registros meteorológicos de ese día. Estamos seguros de que al menos en ese aspecto el autor miente.

—¿Y en referencia al resto del contenido de los textos del segundo envío, cuál es su opinión, señor Espino? —intervino de nuevo Adrados.

—El segundo envío no solo entra en los detalles del secuestro, sino también en los del asesinato —señaló Espino, mirando preocupado a Inés—. No creo necesario insistir en el grado de ensañamiento que describe el texto y en el móvil de la venganza. Su autor incluso utiliza la palabra ajusticiamiento. Por otro lado, hay una exaltación del yo muy evidente y un desafío a la labor investigadora, que el asesino juzga incapaz de desenmascararlo.

Espino había concluido su exposición y un silencio sepulcral se había adueñado de la habitación con el visto bueno de Vázquez.

Era evidente que ahora era el turno de Adrados, pero el comisario se cuidó mucho de hacerle una indicación, dejando reposar sobre la enorme mesa redonda la luz benévola que la alumbraba y que parecía resistirse a hacer lo propio con las caras de los cinco congregados.

Adrados se miraba las manos mientras sopesaba cómo iniciar su intervención, desechando introducciones innecesarias.

—Como perfilador criminal tengo que basarme en el escenario del crimen. Los textos los dejo para más adelante, porque no tenemos evidencia de que el asesino sea su autor. Sin embargo ya les anticipo que yo así lo creo.

Esta última apreciación contó con el asentimiento de Inés y Espino.

—El criminal es un psicópata incapaz de sentir compasión por el dolor ajeno —continuó el perfilador—. No siente ningún remordimiento por el sufrimiento que ha causado a su víctima. En ese sentido les diré que nunca me he encontrado ante un nivel de inhumanidad tan elevado, ante un trastorno psíquico tan extremo, capaz de desencadenar tanta maldad. Sin embargo, bajo esta demencia hay un componente estético subliminal.

—Explícate, Andrés —rogó Vázquez a su amigo. 

—El asesino es también un artista. Y nos ha pintado un cuadro.

Adrados miró a sus compañeros, esperando alguna reacción a sus palabras.

—¿Un cuadro? —el comisario preguntaba por todos.

—Sí, un cuadro que para él es muy evidente y que tiene un sentido determinado que se nos escapa por ahora. El poema clavado en el ojo, el destripamiento del cadáver, la extirpación del clítoris, las abrasiones… Sin entrar en más detalles, el escenario del crimen está lleno de simbología. Ahora solo vemos oscuridad, porque nos falta iluminarlo con la luz adecuada que le otorgue sentido. Es exactamente igual que un poema barroco.

El criminólogo miraba ahora significativamente a Espino, buscando su complicidad. Samuel lo entendía perfectamente.

Él había conseguido disfrutar de los sonetos de Quevedo o de la Fábula de Polifemo y Galatea de Góngora una vez traspasado el velo conceptista o culteranista que envolvía estas creaciones literarias. El placer estético exigía una disciplina férrea de estudio, pero el premio lo merecía con creces.

—El asesino tiene lo que yo denominaría voluntad de estilo —añadió Adrados, convenciendo aún más a Espino—. El crimen encierra una metáfora o una alegoría que remite a algo, es una representación en que todo tiene un significado oculto.

—Y esa voluntad de estilo también se observa en los textos —intervino Inés.

—Correcto, inspectora. Por eso creo que el asesino es también el autor de los textos, que tienen una doble función. La primera y más evidente es la de inculpar a Cisneros, junto con el poema hallado en el escenario del crimen,  y la segunda es más oscura. Yo diría que se trata de una demostración de narcisismo ególatra. El asesino hace ostentación de su capacidad de fabulación y juega con los investigadores a cargo del caso para despistarles y ocultarse. La alusión a la Biblia gira en ese sentido. 

—¿En resumen, Andrés? —Vázquez quería menos teoría y más concreción.

—Creo que Cisneros no es el asesino, pero no porque esté en la cárcel desde antes de haberse recibido el segundo sobre. De eso ya ha dado una posible explicación el subinspector Espino. Me baso en criterios más prácticos. Tiene sesenta y cinco años. Se necesita fuerza física para ejecutar las aberraciones que le hicieron a Laura Laforet. Tampoco veo un encargo a alguien por su parte. Cisneros puede ser culpable de todo lo que le acusó El Castillo en referencia a las mujeres que lo denunciaron, pero no es capaz de matar. Estaba retirado en Salamanca sin capacidad de reaccionar ante su descrédito. Incluso muy probablemente caiga en una depresión severa por todo lo que se le ha venido encima en menos de un año. De poder haber recibido el Nobel de Literatura a ingresar en una prisión acusado de asesinato. Tenemos delante a alguien mucho más terrible. 

Nuevamente el silencio se adueñó de la habitación circular.

— Nos enfrentamos a un engendro prodigioso —continuó Adrados —. Se trata de un individuo de un alto nivel cultural y muy inteligente. Su capacidad camaleónica es extraordinaria. En los textos que he leído vemos cómo se metamorfosea en varias voces, que van desde la introspección lírica a la exaltación del ego, para culminar en la sed de venganza y la furia más absolutas. En referencia a las peculiaridades lingüísticas, creo que la capacidad de transmutarse no le ha pasado desapercibida al subinspector Espino y por eso mismo omito más interpretaciones que no nos llevarían a ningún lado. Finalmente,  el texto 12 parece una despedida de la que tampoco nos podemos fiar.

— ¿Algo más? —preguntó Vázquez con un tono desencantado que intentaba hacer pasar por neutro.

El persistente silencio hizo retumbar más lo que el comisario dijo a continuación:

—Se olvidan ustedes de una particularidad. Todos. Tómense un café o lo que les apetezca. Les espero aquí en media hora —declamó como si fuera un personaje de Shakespeare.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

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