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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXVI

 

 

ESPIDIFEN SABOR ALBARICOQUE

 

 

Federico Fontana no se enteró de que lo mataban. 

Un día antes de la celebración del cónclave de Vázquez, las dos balas del Poeta le entraron por la nuca y quedaron alojadas en su cerebro, destrozando centros vitales, arrastrando tras ellas fragmentos de hueso del cráneo que se incrustaron en la masa encefálica y produciendo hemorragias adicionales y lesiones irreparables que provocaron su muerte instantánea.

Los proyectiles eran de un calibre pequeño. El asesino del hijo de Eduardo Fontana había procurado que las balas no saliesen de su cabeza para asegurarse de que los daños fueran irreversibles. 

Federico y el Poeta se habían citado en casa del primero, preocupados por las averiguaciones realizadas por la policía en torno al inventario de respiradores en el Hospital de La Princesa.

El anestesista vivía solo en un pequeño pero exclusivo chalet en el barrio de El Viso, cerca de la avenida de Concha Espina, producto de las múltiples inversiones inmobiliarias que el bisturí y el buen olfato para los negocios de su padre había proporcionado a la familia. 

El que iba a ser su asesino tenía la llave de la puerta que daba acceso al pequeño jardín de la parte trasera para evitar las cámaras de seguridad.

Federico descorchó una botella de vino y dispuso unos aperitivos de aceitunas, jamón y queso que iban a ser lo último que ingiriera en esta vida.

Mientras sonreía a su anfitrión, el Poeta se entristecía con estos pensamientos. Declinó la invitación a tomar el vino, porque le dolía un poco la cabeza y pidió al médico un vaso de agua y una cucharilla para tomarse el sobre de Espidifen sabor albaricoque que se había traído. 

Disolvió el ibuprofeno, se lo bebió, llevó el vaso a la cocina, lo lavó cuidadosamente  y fue al baño para colocar el silenciador a la pistola. Cuando volvió, vio a Federico instalado cómodamente en el sofá tomando una aceituna y cogiendo su copa de vino. Se colocó a su espalda, esperó a que degustara su último trago, le descerrajó un tiro en la nuca y lo remató con otro.

 

Me apena mucho acabar así contigo, Fede, pero no me puedo permitir el lujo de que me descubran por tu ineptitud. 

 

Cuando al día siguiente Inés y Samuel entraron a la fuerza en el chalet del anestesista, tras acabar el cónclave, encontraron su cuerpo extendido cuidadosamente sobre el sofá, boca abajo, con parte de la masa encefálica saliendo por los orificios de entrada de las balas y con la sangre manchando el cojín sobre el que reposaba su cabeza. 

El escenario del crimen no tenía nada que ver con el de Laura Laforet. Observaron que se encontraban ante un asesinato aséptico exento de ira y ensañamiento. La botella de vino y las copas junto a los aperitivos otorgaban una sensación de normalidad a la escena. Los dos policías se sintieron como intrusos entrando sin pedir permiso en la cita íntima con la muerte que Federico Fontana había preparado sin saberlo.

Tras la celebración del cónclave, Vázquez había ordenado a la inspectora Luján y a Espino que localizaran al hijo de Fontana. Cuando llamaron al Hospital de La Princesa el jefe de personal les dijo que no había acudido al trabajo y no descolgaba el teléfono, a pesar de las repetidas llamadas.

Solicitaron hablar con el gerente del Hospital, que les confirmó que Federico Fontana era médico anestesista en la Unidad de Reanimación y también era el responsable del control, supervisión e inventario del material médico de su especialidad. 

Tras averiguar su dirección, llamar repetidamente al timbre, aporrear la puerta y saltarse la orden judicial de registro domiciliario, se encontraron con el cadáver del médico, cuya muerte fue dictaminada por el forense no más de veinticuatro horas antes de su hallazgo.

Una vez que hubieron comprobado que el cuerpo no tenía pulso y que no había nadie más en la vivienda, Inés llamó a Vázquez.

—Lo han asesinado —le dijo escuetamente.

La inspectora sintió cómo al otro lado del teléfono su jefe se hundía en silencio, como el Titanic, partido en dos por la anticipación del Poeta, que había cortado salvajemente el único hilo del que habían podido tirar.

Ese fue el fin de la carrera pseudodramática del comisario, que se autoinculpó del crimen por la celebración de un cónclave a mayor gloria de su ego sin tener en cuenta que el asesino se podía anticipar a sus pesquisas.

 

Siempre te agradeceré tu entrega incondicional, tu inestimable ayuda durante todo este tiempo, pero no fuiste muy cuidadoso olvidando el respirador artificial, Fede.

 

Inés y Samuel esperaron a que se presentara la policía científica sin apenas hablar. 

El subinspector paseaba su mirada de radar por toda la estancia, buscando algún objeto, fotografía o cualquier detalle que pudiese ser una pista.

La inspectora caminaba distraídamente por la habitación cuando su mirada se tropezó con una pequeña bola de papel que había en el suelo. Movida por la curiosidad, se puso un guante, la recogió y la desarrugó.

Espino ya se estaba acercando a ella, atraído también por la pelota de papel.

Inés le mostraba el sobre de Espidifen sabor albaricoque.

—Parece ser que en el diario hay más elementos reales de los que pensamos, subinspector.

Con mucho cuidado, guardaron el sobre en una bolsa de plástico para que lo analizase la policía científica y extremaron las precauciones para no contaminar el escenario del crimen.

Samuel se había equivocado al valorar el grado de realismo del diario del asesino. Sus certidumbres se evaporaban. Era como jugar al gato y al ratón con los papeles ya asignados. Él era el ratón y el Poeta un gato con las garras y los colmillos más afilados que había visto en su vida.

 

Te confieso, Fede, que no siento remordimientos por haberte asesinado, pero al menos tuve cuidado para que no sufrieras y dejé tu cuerpo presentable.

 

Inés y Espino volvieron por la tarde a la Brigada de Delitos contra las Personas, donde les esperaba Vázquez en su despacho. La sala del cónclave había sido desechada y sustituida por un entorno más recogido, acorde con el estado de ánimo alicaído del comisario.

La inspectora jamás había visto tan desvalido a su jefe, que daba vueltas en torno a su mesa de trabajo de manera compulsiva.

La voz de Vázquez se proyectaba casi atonal, sin rastro del engolamiento del que había hecho gala hacía apenas unas horas.

—Mañana a las diez tenéis una cita con Rebeca Quevedo. —No les miraba y de repente los tuteaba, dejando de manifiesto el descontrol anímico que lo embargaba.

—¿Y Eduardo Fontana? —preguntó Inés.

—A ese lo dejamos para más tarde. Su hijo acaba de ser asesinado. Tendrá que preparar muchas cosas. El velatorio, el entierro y todo eso. —Vázquez parecía haber tirado por la ventana el Goya obtenido por la mañana y relataba de forma liviana el terrible momento que debería estar pasando el padre del difunto, como si la familia de la víctima tuviera que preparar una excursión campestre en vez de un funeral.

—¿Ha hablado usted con la condesa personalmente? —preguntó Espino.

—Sí. Y sabe ya lo del asesinato de Fontana hijo. Antes de que me lo pregunten, les diré que he detectado una tristeza contenida y real en su tono de voz.

Inés y Samuel dejaron que el comisario se tranquilizara.

—Miren —volvía a tratarlos de usted—, saben igual que yo que Federico Fontana era la clave de todo, la piedra angular sobre la que debía apoyarse la investigación. La única pista de que disponíamos. Lo malo es que el Poeta también lo sabía y lo hemos subestimado.

—Aún nos queda el hilo de la condesa. —Inés miraba con determinación a Vázquez—. La relación es evidente y muy preocupante. El respirador hallado en el escenario del crimen de Laura Laforet era un aparato médico que formaba parte del inventario que Federico Fontana debía controlar y de cuya desaparición no dio cuenta. El chalet del crimen es propiedad de una empresa de su madre, tras la que evidentemente se encuentra la mano de su padre, Eduardo Fontana, que, curiosamente es el cirujano plástico de Rebeca Quevedo, esposa de Óscar Osorio, de quien a su vez Laura Laforet era abogada.

—Parece enrevesado— dudó Samuel.

—Pero es lo que tenemos, Espino —le respondió Inés—. Recuerda lo que dijo Adrados. Necesitamos un dato, una información que desconocemos y que nos tiene atascados. Y creo que hemos dado con algo. La implicación de Cisneros en el asesinato de Laforet a todos nos parece muy improbable. Pero esta pista es distinta. Tenemos un hilo, por muy enrevesado que te parezca, que relaciona a Rebeca Quevedo con la muerte de Laura Laforet. Un hilo remoto, pero un hilo que nos puede abrir puertas insospechadas. 

—En efecto —señaló Vázquez, sobreponiéndose a su deplorable estado anímico—. Necesitamos descifrar la naturaleza del triángulo formado por Óscar Osorio, Rebeca Quevedo y la difunta Laura Laforet.

 

Fede, he olvidado el sobre de ibuprofeno en tu casa. Me he distraído adecentando tu cadáver. Si mis huellas han quedado impresas en él, será el final. 

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

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