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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXVIII

SOR GUADALUPE

—¿Tienes una hermana que es monja? —Inés no se podía creer lo que acababa de decirle Espino ante la barra del Strawberry.

—De clausura —precisó él mientras veía con satisfacción al camarero acercarse con una lata de Schweppes.

Tras su primera e infausta incursión en el bar de Malasaña, en la que Samuel abochornó a Inés pidiendo un vaso de agua del grifo con hielo mientras ella se tomaba su bloody mary, volvieron para comprobar si el camarero había cumplido su promesa de tener la bebida favorita de Espino en la presentación que le gustaba.

El empleado le entregó el refresco preguntándole si no preferiría que le sirviese la tónica bien preparada en un vaso con una rodaja de limón.

—Así está perfecta, gracias —despachó el subinspector al camarero limpiando el borde de la lata y tirando de la anilla con determinación.

—¿Y desde cuándo es monja?

—Entró en el convento con veintiocho años y lleva cinco allí —explicó Samuel mientras comprobaba que a su bebida le sobraban dos o tres grados para estar a la temperatura optima.

—¿Dónde es “allí”? —Inés sentía mucha curiosidad por este aspecto de la vida familiar de su compañero y la molestaba que Espino le estuviese dosificando la información.

—Mi hermana es la guardiana de la tumba de Cervantes —proclamó él con tono teatral, imitando al histrión Vázquez—. Junto con sus otras doce hermanas trinitarias.

Samuel reveló a una estupefacta Inés que su hermana Luna era monja contemplativa en el convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, ubicado en el barrio de las Letras de Madrid.

—Inspectora, ¿sabes que en ese mismo convento estuvo también recluida sor Marcela de San Félix? —añadió.

Inés esperó pacientemente por enésima vez una aclaración de su compañero.

—Sor Marcela fue una hija ilegítima que Lope de Vega tuvo con una actriz muy famosa de la época. ¿Sabes cómo se llamaba su amante? —A Espino se le escapaba una sonrisa que tenía a Inés prendida del relato.

—Sorpréndeme, subinspector.

—Sor Marcela fue hija de Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, y de la bellísima Micaela de Luján, a la que llamaba Lucinda en sus obras. —Samuel se había levantado de su banqueta y estaba haciendo una graciosa reverencia ante Inés, con giro de la mano a la antigua usanza incluido—. A lo mejor tienes una antepasada famosa, inspectora.

Inés no sabía si estaba más divertida que asombrada, pero necesitaba más información de la hermana trinitaria de Espino, sobre la que el subinspector no le transmitía demasiados detalles.

—Indagaré en mi árbol genealógico, pero dime más cosas de tu hermana, que me tienes en ascuas —lo apremió, dando un trago a su bloody mary.

—Luna se recluyó en ese convento al poco de confirmarse que los restos óseos de Cervantes estaban enterrados allí. Estuvo dos años de novicia antes de tomar los votos, entrando y saliendo del claustro. Se lo tomó con tranquilidad —terminó Samuel sonriendo para sí.

—¿Y la ves? ¿No la ves?

—Pues claro que la veo. La vida contemplativa no excluye contactos con las personas del exterior. Las monjas salen muy poco, solo cuando obligaciones ineludibles o motivos de salud así se lo exigen, pero a Luna la voy a visitar una o dos veces al mes. Cuando estuvimos en Estremera me acordé de ella, porque la forma de comunicarse es muy parecida. Las trinitarias tienen una sala a modo de locutorio donde se reciben las visitas, que hablan con las monjas a través de una reja de separación.

—Hay diferencias muy sustanciales, Espino —señaló Inés.

—Claro. Mi hermana puede abandonar la clausura cuando quiera y Cisneros está en prisión preventiva. Pero me llama la atención que dos mundos tan distintos como el de una cárcel y el de un convento tengan maneras tan similares de propiciar la comunicación.

—Sor Luna… hay que llamarla así, ¿no? Perdona, Espino es que no tengo ni idea de estas cosas. Luna es un nombre que nunca me hubiera imaginado en una monja. —Inés intentaba no resultar irrespetuosa, pero en realidad Samuel se estaba divirtiendo mucho.

—Sor Guadalupe —dijo él con tono comedido, pero irónico —. Al tomar el hábito se cambió el nombre. A mí no me hizo ninguna gracia, pero es cierto que algo debieron de decirle.

Inés iba de sorpresa en sorpresa.

—¿Sor Guadalupe? ¿La obligaron a cambiarse el nombre?

—Digamos, inspectora, que intramuros las cosas no funcionan igual que extramuros. Mi hermana me dijo que fue una decisión suya y que nadie la obligó a nada. Pero también me dijo que siguiera llamándola Luna si quería.

—¿Y lo de Guadalupe?

—Mi madre es de Extremadura y siente devoción por la Virgen de Guadalupe. Cuando Luna le dijo el nombre que había elegido, lloró como nunca la he visto en mi vida.

Samuel contó a Inés que su hermana había comunicado a toda la familia con naturalidad su voluntad de seguir lo que ella denominaba la llamada de Dios tras haber desarrollado una vida muy similar a la de sus amigos durante su adolescencia y juventud. Tuvo una relación estable en la universidad, donde estudió Historia, y después otra, pero su carácter no pareció encontrar correspondencia ni acomodo entre sus parejas de entonces.

Luna siempre había demostrado una religiosidad profunda y constante y participaba en la medida de lo posible en las actividades de su parroquia. Cuando les explicó a sus padres y a él su decisión de probar a vivir de un modo diferente su fe se lo tomaron como una experiencia temporal, sin entrar en discordias.

Samuel y Luna se profesaban un amor fraternal basado en la premisa de que aunque Espino era cuatro años mayor, su hermana era la madre superiora, como la llamaba él. Cuando ella se hizo monja se rieron juntos de ese alias tan profético.

Todo esto le contó el subinspector a Inés, que estaba extasiada.

—¿Me guardas alguna sorpresa más? ¿Eres Batman o algo así? —bromeó ella mientras el camarero les veía reír a carcajadas.

—Pues sí, inspectora, te tengo guardada otra sorpresa. ¿Sabes que la lápida del monumento funerario a Cervantes del Convento de las Trinitarias encargada por la Real Academia de la Lengua tiene una errata que no ha sido corregida desde su inauguración en 2015? Allí sigue desde entonces, para oprobio de las esquirlas del genio, grabada en la piedra caliza que cubre la hornacina donde descansan los restos de nuestro más insigne escritor mezclados con los de otros difuntos.

Espino siempre encontraba alguna historia para mantener a Inés atenta e interesada.

—Ilústrame, subinspector.

—En la lápida hay una cita de Los trabajos de Persiles y Segismunda, la última obra de Cervantes, que se publicó de forma póstuma —dijo Espino sin intención de añadir nada más.

Inés se desesperó otra vez. Si no conociera a Samuel, pensaría que se estaba burlando de ella, pero estaba convencida de que Espino consideraba que con lo que había dicho determinaba la errata.

—O me dices dónde está la falta de ortografía o…

—No he dicho que haya una falta de ortografía, sino una errata, inspectora —la interrumpió —. ¿No ves el fallo? Cervantes no escribió esa obra.

—Vaya error tan enorme, ¿no? No soy experta en Cervantes, no me saques del Quijote y de las Novelas ejemplares, pero que la Real Academia haya confundido la autoría…

—En realidad, inspectora, la confusión es de una sola letra. —Espino estaba terminándose su lata, deleitándose en el momento.

Inés decidió no preguntar nada más y encargar otro bloody mary en que ahogar su frustración.

—Es Sigismunda, no Segismunda. Los doctos académicos han rebautizado a la heroína cervantina —dijo con sorna el subinspector.

Inés lo miró y no supo si agradecerle la información o esparcirle el bloody mary por el traje de forma accidental. Finalmente optó por prestar atención a una canción de The Waterboys que sonaba en ese momento.

Espino apuró su refresco y lo dejó en la barra. Cuando habló después de un minuto, Inés notó un tono de preocupación en su voz.

—Tenía que ir a ver a Luna la semana próxima, pero me ha pedido que vaya a visitarla mañana urgentemente.

—¿Las monjas de clausura tienen móvil?

—Y también correo electrónico, inspectora. Estamos en el siglo XXI. De hecho Luna es la responsable del canal de You Tube del convento. Dice que es un instrumento divino para la evangelización.

Inés creía que se estaba burlando de ella, pero el rostro de Espino, que ahora había adquirido cierta crispación, la sacó de su error.

—¿Estás preocupado?

—Si no es importante, mi hermana no me hubiera llamado.

—¿No te ha anticipado nada?

—Me ha dicho que me tiene que pedir un favor —dijo Samuel, meditabundo.

—Bueno, no me parece grave. Sois hermanos.

—Mi hermana nunca me había pedido un favor en su vida, inspectora.

Al tiempo que se producía esta conversación ente Inés y Samuel en el Strawberry, en el Convento de las Trinitarias Descalzas sor Guadalupe se estaba desvistiendo en su celda una vez terminada su jornada tras el oficio de Completas. Se quitó la toca negra, luego el escapulario blanco bordado con la cruz trinitaria roja y azul, y finalmente la túnica, también blanca.

La monja se tumbó en la cama y se quedó mirando sin poder dormir el crucifijo espartano colgado en la pared de enfrente. Se levantó de nuevo, se acercó a la cruz y se arrodilló.

También fue la primera vez que pidió a Dios por ella de forma egoísta.

En el silencio del claustro ninguna de las hermanas trinitarias oyó sus sollozos ahogados.

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