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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

DE PROFUNDIS

Nunca debimos llevarte al chalet de los padres de Fede, pero era el único sitio lo suficientemente aislado como para que tus alaridos no se oyeran.

Espero que tu memoria se corrompa en el recuerdo de quienes te conocieron o amaron, Laura, porque incluso después de muerta me sigues causando amargura.

La remembranza empieza a ser balsámica al llevarme al momento en que Fede te abordó cuando estabas terminando de correr por el Retiro y confiaste en él.

Aunque al principio no lo reconociste, te recordó que os habíais encontrado alguna vez en la consulta de su padre, tras una de las sesiones de bótox a las que te sometías de forma periódica.

La bebida isotónica que te ofreció te supo a gloria sin que te dieras cuenta de que te iba a enviar a mi infierno. Pero primero, dominada tu voluntad, te pidió que lo llevases a tu casa y, una vez allí, me llamó para que yo te visitase.

Disfruté mucho cuando te pedí que me enseñaras tus documentos más personales y comprometedores y vimos que los guardabas en una caja fuerte que tenías hábilmente disimulada en el suelo del trastero bajo una estantería.

Ahí estaba todo lo que estaba buscando, los contactos, las fechas, las localizaciones, las cuentas bancarias, todo aquello, en suma, que te inculpaba y que confirmaba aquello que siempre sospeché de ti.

Y cuando te pregunté si no había nada más y nos descubriste un compartimento secreto en el fondo de la caja fuerte y extrajiste las cartas de Cisneros y tus fotografías con él, me inundó una ola de cólera y placer mientras estrellaba tu cabeza contra la pared ante las protestas de Fede, que tenía miedo de que alguien escuchara tus berridos.

Por eso te sacamos rápidamente de tu casa y te llevamos al garaje de la suya, donde di rienda suelta a mis anhelos de aniquilarte.

Me resultó muy emotivo que negaras que eras Priscilla cuando se te pasó el efecto de la droga. Ni siquiera recordabas que me entregaste el precioso contenido inculpatorio que guardabas con tanto celo.

Esa fue la primera de las muchas veces que me imploraste misericordia.

Te engañé diciéndote que si confesabas, responderías ante un juez y no te despedazaría. Me enterneció la fe que tuviste en mí cuando me contaste todo, confiando fervorosa e ingenuamente en mi palabra.

Cuando obtuve tu plena confesión, te revelé mi identidad mientras preparaba el soplete para abrasarte por primera vez. Nunca olvidaré ese momento en que vi cómo la esperanza te abandonaba con un bramido que retronó en las gruesas paredes del garaje.

Porque ahí supiste cuánto dolor me infligiste y fuiste consciente del que te iba devolver en justa compensación.

Siempre recordaré la desazón de tu mirada, la infinita penuria que se veía reflejada en ella por lo que presentías que te iba a suceder.

Y sin embargo, con cuántas ansias me suplicabas que no te matara, sin saber que tu muerte sería una clemencia que no te merecías y que no te iba a conceder.

¿Cuántas riquezas pusiste a mis pies para que te perdonara? ¿Cuántas veces me rogaste en tu suplicio que te quitara la vida, abogada? ¿Cuánto padeciste entre estertores mientras te desollaba viva?

¡Pobre Cisneros! Solo fue una víctima del amor enfermizo que sentía por ti y que le impidió delatarte. Pero por amar también se paga.

Cuando me desvelaste el poema en acrósticos que te dedicó, despertaste la creatividad que llevo dentro y visualicé el escenario de tu calvario que como artista presentaría ante quien descubriera tus despojos.

Quizás ese instante haya sido el de mayor iluminación de mi vida. El momento en el que experimenté el placer estético que subyace en el acto de justicia debajo del aparente horror, aunque solo yo fuera capaz de apreciarlo.

Cuando me desnudé ante ti, cuando te mostré cómo era y te dije lo que te iba a hacer, tus gritos fueron tan terribles que Fede se asustó y te tuvimos que trasladar al chalet de La Moraleja, donde nadie oiría la maravillosa música que brotaba de tu boca quebrantada.

A pesar de que él insistía en amordazarte, yo procuraba evitarlo porque disfrutaba enormemente con el canto que surgía profundo y fresco desde la sima de tu congoja.

¡Pobre Fede! ¡Cuánto me ayudó a mantenerte despierta para que fueras consciente de tu tortura y de la simbología que se ocultaba tras cada uno de mis actos!

Reconozco que me sorprendiste cuando, abandonada al paroxismo, intentaste agredirme en un descuido. ¡Cuánta fuerza te otorgó tu agonía! Si no hubiese sido por Fede, no sé cómo hubiera podido contenerte en ese momento, al tercer día de tu desdicha.

Después te fuiste apagando como una vela y él tuvo que traer el respirador artificial para mantenerte con vida, asumiendo una responsabilidad sobre el control del material médico que no le correspondía y que puso a la policía tras su pista.

¡Cuánta fatalidad se cernió sobre él cuando tuvo el descuido de dejarse olvidado el aparato! ¡Cuánto sufrí quitándole la vida para que no me descubrieran! En el fondo, también pagaste por anticipado por eso.

Porque tuve que sacrificarlo en el altar de tu protervia.

Otro inmolado fue tu examante, Claudio Cisneros.

Cuando estuve en Salamanca para hacerle llegar las fotografías y realizar el envío de sus supuestos textos y su carta original a Madrid, lo estuve observando de lejos durante sus largos paseos. Un genio esclavo de su lujuria, un perfil decadente recortado contra el cielo desabrido al que nunca le permitiría ascender encumbrado y sosegado. Un hombre derrotado que sabía de su culpabilidad, que no se iba a defender y que soñaba con la compasión que no se merecía.

En el fondo me alegré de su suicidio. Fue un acto de una enorme nobleza que lo enaltece como ser humano y que lo libró de un intenso padecimiento para el que no estaba preparado.

Me llamaste monstruo muchas veces durante tu largo ajusticiamiento mientras arañabas desesperada la estela de tu muerte y veías que no la alcanzabas.

Pero ese insulto jamás me afectó. La palabra monstruo tiene acepciones que me causan placer y con las que me identifico, aunque tú seguramente te refirieras a otra que se adapta mejor a ti.

El verdadero engendro de esta historia eres tú, la criminal eres tú, quien no tuviste conciencia con tus víctimas fuiste tú.

Y yo soy una de ellas, porque tuve que enfrentarme a un mundo indiferente al sufrimiento que me ocasionaste y que no me dejó otra opción que asesinarte con mis propias manos.

Si me llamaste monstruo, es porque tú, el verdadero monstruo, hiciste que me alzara de entre las brasas de la devastación.

Estos pensamientos que te dedico son también el epitafio de mi resarcimiento, por el que han pagado otras personas que considero mártires de mi causa.

Desde la tuya han ocurrido más muertes, como si tu iniquidad hubiese sembrado ríos de sangre que alimentan el océano de la desolación.

Como si fueran fichas de dominó, una tras otra han ido cayendo por el mecanismo inexorable que tu perversidad puso en marcha.

Hacia ninguna de ellas iba inicialmente dirigida mi ira, y sin embargo perdieron su vida como si fueran títeres manejados por la fatalidad.

Ahora siento que mi furia ya no arde con la intensidad de entonces, Laura.

Es tiempo de que esta cruzada que emprendí contra el mal absoluto que representas llegue a su fin para que pueda descansar en paz.

Y sin embargo, enviada por ti desde el averno, la parca debe cobrarse una última víctima, a través de mi mano ejecutora.

Ahora estoy escribiendo un poema para ella que prenderá en su ojo la lumbre de mi última venganza.

Solo entonces podré viajar hacia las tinieblas donde se pudre tu alma para acompañarte en la eternidad.

 

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo 1

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo II

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo III

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo IV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo V

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo IX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo X

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIV

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XV

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVI

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIX

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXVI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXVII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXVIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIV

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXVI

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXVII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXVIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIX

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XL

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