¿Te parece interesante? ¡Compártelo!
El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

LA PIEDAD

El funeral de Samuel Espino fue muy austero, sin asomo de pompa ni ornato. Se limitó a un breve responso en la capilla bizantina del Cementerio de la Almudena, tras el que el cortejo compuesto por una veintena de personas se desplazó a la zona de la ampliación de la necrópolis y se congregó en torno a la sepultura donde su cuerpo sería inhumado.

Casi todos los componentes del séquito eran compañeros del Laboratorio de Lingüística Forense y de la Brigada Central de Investigación de Delitos contra las Personas, y el resto de los presentes, familiares y amigos.

Por prescripción médica, los padres no acudieron a las exequias de su hijo mayor cuando aún seguían llorando la muerte de Luna.

Allí estaban el informático Pablo Páramo, el forense Delmiro, el criminólogo Adrados e incluso la condesa de Argenta, que no pasó desapercibida para nadie por lo inesperado de su asistencia y por no acudir al sepelio del brazo de Óscar Osorio, sino de alguien a quien Inés identificó enseguida como su secretario, cuya apariencia ya no era la de un simple ayudante, sino la de un consorte reconocido y presentado en sociedad en una ocasión tan inoportuna como nefasta aunque Rebeca Quevedo no reparara en ello.

La inspectora Luján, cuyo rostro se había petrificado en un mármol blanquísimo, estaba ligeramente apartada de la comitiva, cogida del brazo de Vázquez. De vez en cuando el comisario la miraba para comprobar cómo se encontraba, pero se tranquilizó cuando percibió que ella se había sumergido en el océano de sus pensamientos y que no iba a emerger de él para respirar la tragedia de Samuel hasta que estuviera segura de que podría asimilarla.

En los entierros la conmoción se refugia en frases hechas que permiten refrenarla y no despertar ninguna emotividad añadida en los atribulados receptores del pésame, ya de por sí lo suficientemente apesadumbrados y sobrepasados por el trauma de la pérdida como para recordar caras y palabras de un día que la memoria bloqueará convenientemente para hacer hueco a la preservación de los momentos más felices compartidos con el difunto, cuyo cuerpo ya les resulta extraño e irreconocible, así de ajena es la muerte al hombre.

Pero en las exequias de Espino flotaba además una sensación de incomodidad que se sumaba a la contención de la afectividad. Nadie quería permanecer allí demasiado tiempo, en ese lugar desapacible donde en realidad no estaban dejando a alguien querido, sino a la sombra del rayo que lo partió.

Los compañeros del subinspector que acudieron a darle el último adiós y a enfrentarse al primer recuerdo estaban formados en la disciplina férrea del cuerpo policial al que pertenecían y lo único que deseaban era volver a sus puestos de trabajo para huir del abatimiento.

Los amigos de Samuel que pudieron ser localizados acudieron tan sorprendidos como apenados, sin ser apenas capaces de asimilar la noticia y solicitando discretamente información sobre las circunstancias del fallecimiento.

En realidad, todas las miradas se dirigían a la inspectora, que en el clima de trágica frialdad en que transcurría la ceremonia fúnebre resplandecía como una Virgen doliente.

Cuando el ataúd empezó a ser bajado a la tumba, ella se dio la vuelta para no verlo y Vázquez sintió que se agarraba con más fuerza a él.

Volvió a mirarla y quedó impresionado. El rostro de Inés parecía el de la Piedad de Miguel Ángel, traspasado por una inmensa serenidad que acogía en sus brazos el sufrimiento y lo transformaba en esperanza.

Cuando el comisario notó que ella empezaba a temblar de forma casi imperceptible, supo que ya debía llevársela de allí.

Pero en realidad lo que hacía temblar a la inspectora Luján eran las preguntas sin respuesta que se amontonaban en su cabeza y que empezó a formular a su jefe al día siguiente en la sala que Vázquez reservaba para sus cónclaves y con la que ahora había hecho una excepción.

—Comisario, cuénteme todo lo que no me ha contado desde hace tres semanas. Cuénteme todo lo que Samuel me iba a contar antes de que lo asesinase Irina —La voz de Inés casi silbaba como una serpiente a punto de lanzarse sobre su víctima y Vázquez sintió un estremecimiento.

—No podemos culpabilizar a Irina Covaci sin pruebas —la reconvino él, intentando mantener la calma.

Inés se quedó mirándolo y el alma del comisario se congeló. Tuvo que echar mano de todas sus dotes de actor para disimular el desasosiego que lo embargó.

—Inspectora, usted sabe que si no le quisimos decir nada, fue para darle tiempo a que se recuperara. Además Espino se llevó un secreto a la tumba. —Vázquez había subrayado intencionadamente la última frase.

Inés lo seguía mirando descarnadamente, interrogándolo sin preguntas.

—El subinspector descubrió algo —siguió el comisario—, unos documentos que Cisneros arrojó al pozo del Huerto de Calixto y Melibea en Salamanca.

Ahora los ojos de ella estaban iluminados por una infinita curiosidad, pero siguió sin preguntar, a pesar de lo cual, Vázquez se sentía impelido a seguir hablando.

—Espino partió a Salamanca siguiendo una pista y conseguimos extraer del fondo del pozo un sobre con lo que fuera que dejara Cisneros. En realidad eran tres sobres de plástico fuertemente sellados. El primero incluía y salvaguardaba un segundo y este a su vez contenía un tercero con los documentos que eran preservados de las inclemencias meteorológicas y de la humedad por la triple protección.

Ahora la mirada de la inspectora conminaba a su jefe a precisar el significado de la expresión lo que fuera.

—Cuando regresó a Madrid con los documentos, me pidió un tiempo para estudiarlos y verificar lo que Cisneros confesaba en ellos. Y yo se lo concedí.—La última frase fue pronunciada por un pesaroso Vázquez como si se refiriera al error más grande que hubiera cometido en su vida.

El comisario contó a Inés que Espino empleó todo el tiempo que transcurrió entre el hallazgo en el pozo de Salamanca y su asesinato en investigar y contrastar el contenido de lo que encontró. Y lo que fuera desapareció con él.

—¿Y los sobres que dejó Cisneros?

Vázquez la miró desolado.

—El subinspector me dijo que estaban estudiando los textos y reuniendo pruebas en el Laboratorio y que en cuanto confirmara todo, se pondría en contacto conmigo.

—Comisario, entiendo esa forma de proceder de Samuel, porque conmigo actuó de manera semejante cuando estuvo analizando durante varios días el poema que apareció clavado en el ojo de Laura Laforet.

—Espino era muy meticuloso, sí —le reconoció apesadumbrado su jefe.

Pero Inés lo estaba mirando otra vez desde el fondo del infierno, como si estuviese a punto de cortarle la yugular.

—Entonces, ¿por qué me acaba de decir que Samuel se llevó el secreto de Cisneros a la tumba?

Vázquez tragó saliva.

—Porque en el Laboratorio no saben nada de esos sobres.

El comisario volvió a contemplar cómo el rostro de Inés se transmutaba en el de la Piedad, pero ahora velado por una inquietud de profundidad abisal.

—Vázquez —Su voz silbaba, de nuevo, como la de la serpiente—, sé cómo trabajaba Espino: con un equipo reducido y de extrema confianza.

—¿Qué quieres decir, Inés? —Por primera vez en su vida el comisario la tuteaba. Ahora era él quien la miraba con fijeza.

—Samuel nunca se hubiese guardado la documentación para sí. La hubiese compartido. Era un creyente de la labor en equipo. Algo está fallando.

Vázquez se había sentado ahora en su sillón y parecía haberse hecho un ovillo en torno a sí mismo, doblegado por la solidez de los argumentos de la inspectora.

—¿Quieres decir que… me están mintiendo? ¿Que alguien tiene en su poder lo que trajo Espino de Salamanca?

La Piedad lo miraba y él se sentía sustentado entre sus brazos.

—Como mínimo nos están ocultando algo. Tenemos que ir al Laboratorio, comisario.

Inés vio que Vázquez se debatía en una lucha interior, como si estuviese alumbrando una criatura que destrozaba sus entrañas en un parto atroz que era incapaz de soportar. Sus ojos estaban desorbitados por el asombro.

—Inspectora —su voz, envuelta en un halo de clarividencia—, a lo mejor hemos tenido la verdad delante y no hemos reparado en ella. Quizás el Poeta estaba entre nosotros y no nos ha querido entregar las pruebas que lo desenmascaraban.

Inés vomitó la pregunta que formuló al comisario.

—¿Quién le dijo que Samuel no había dejado ningún sobre en Cantoblanco?

Vázquez miró a la Piedad, que ahora ya era otra vez de mármol níveo.

—Pablo Páramo, el informático jefe del Laboratorio de Lingüística Forense.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo 1

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo II

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo III

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo IV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo V

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo IX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo X

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIV

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XV

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVI

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIX

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXVI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXVII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXVIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIV

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXVI

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXVII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXVIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIX

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XL

¿Te parece interesante? ¡Compártelo!