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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO X

LA BRUMA Y EL FULGOR

En un bar de copas de Malasaña de cuyo nombre no podía acordarse, Inés Luján encadenó bajo una luna perturbada tres bloody marys mezclándolos con bastantes más chupitos de tequila que le hicieron despertarse en su casa a las diez de la mañana con una manada de ñus galopando inmisericorde por la sabana de sus sienes.

Había quedado por la tarde con Samuel Espino para que la informara de los resultados de las investigaciones sobre el poema clavado en el ojo de Laura Laforet y ni tan siquiera se sentía capaz de levantarse de la cama para ir al baño, al que tras un esfuerzo titánico consiguió llegar y en el que terminó por fin vomitando los excesos de la noche canalla a la que había sobrevivido.

Se duchó, se bebió una botella de agua de un litro, se preparó un zumo de naranja y rezó para que el ibuprofeno obrara el milagro de ahuyentar a la manada de ñus.

Una hora después había conseguido mitigar algo el dolor de cabeza y los ñus dejaron de galopar para dar paso a una opresión permanente en la frente, que junto con una sensación de mareo amenazaban con acompañarla amablemente hasta la cita con Espino.

Se comió dos dónuts de chocolate y se volvió a acostar. Al despertarse tres horas después se encontraba con ánimos de eliminar toxinas, bebió más agua y cogió su bolsa de deporte para ir andando al gimnasio que estaba al lado de su casa. A esa hora el local estaba casi vacío e Inés lo agradeció.

Se enfundó los guantes tras el calentamiento y se empleó durante una hora contra el saco hasta terminar extenuada. Desde que descubrió en el boxeo una forma de descargar la tensión y la agresividad que anidaba en su interior, practicaba cuatro veces a la semana bajo la supervisión de un monitor al que no hacía demasiado caso.

—Tienes que lanzar el golpe con todo el cuerpo, coge impulso con la pierna y acompaña el movimiento con la cadera. Si no lo haces así, te vas a hacer daño en la mano.

Cuando se lesionó la muñeca y estuvo quince días sin poder golpear, hizo caso al instructor y mejoró la técnica. Llevaba practicando unos meses y se encontraba mentalmente más fuerte y serena.

Al terminar la sesión, se duchó de nuevo, comió una hamburguesa con queso y patatas fritas acompañada de una bebida isotónica y algo dulce otra vez, se tomó otro ibuprofeno y cogió el coche para ir a Cantoblanco, donde la esperaba Espino en el Laboratorio de Lingüística Forense.

El subinspector no había sido muy explícito por teléfono sobre la autoría del soneto e Inés había insistido en tener una reunión personal después de varios días en los que el ruido mediático amenazaba con sepultar su tranquilidad.

Cuando llegó, Samuel recibió a la inspectora embutido en un elegante traje marrón slim fit de americana cruzada, complementado con una corbata negra de seda que lucía un nudo Windsor impecable. La dirigió hacia una sala con mobiliario minimalista en cuyo centro les esperaba una mesa larga con dos sillas. Había una lata de Schweppes sin abrir frente a una de las sillas y una carpeta delante de la otra. El subinspector se sentó junto al refresco e invitó a su visitante a acomodarse en la otra punta, donde había dejado el informe con los resultados del análisis.

Inés hubiese querido sentarse al lado de la tónica y esperó infructuosamente que se le ofreciese una bebida. Se sentía incómoda por la distancia que había marcado Espino y por la austeridad de la mesa, solo salpicada por la lata y el expediente.

La inspectora no se anduvo con rodeos. Apartó el dossier.

—Cuéntame. Ya lo leeré después —le dijo a la figura sentada a tres metros de ella.

Samuel ladeó la cabeza a izquierda y derecha haciendo crujir su cuello. Fijó su mirada en la superficie de la mesa, luego la elevó hacia el techo y después su vista se deslizó por el amplio ventanal a través del que se filtraba la luz de la primavera para detenerse finalmente y casi por casualidad en Inés, que se sintió como una molestia necesaria a la que su compañero estaba obligado a poner al corriente de todo con una desgana que no tenía el menor interés en disimular.

—Verá, inspectora. Se trata de un soneto escrito en versos acrósticos.

Inés se impacientó.

—Mira, Samuel, no me hagas perder el tiempo. Ya sé que es un soneto. Me lo dijiste y me mostraste el acróstico con la declaración de amor a Priscilla en el escenario del crimen el día que descubrimos el cuerpo. Háblame de lo que me interesa. ¿Sabemos la autoría? ¿Puedes decirme algo del perfil del asesino? ¿Quién es la tal Priscilla?

Las reuniones con Espino siempre eran así. Había que atravesar el caparazón del subinspector para que empezara a transmitir con un mínimo de entusiasmo todo lo que había averiguado.

Lo había conocido hacía algo más de un año en un caso sobre unos anónimos que recibía una mujer periódicamente con amenazas de muerte y que tenía a la policía muy despistada.

Las pesquisas iban encaminadas a acusar a la anterior pareja de la destinataria, pero la intervención del Laboratorio de Espino descartó al sospechoso gracias a su uso normativo de los pronombres personales.

En los anónimos había laísmos y leísmos propios de los hablantes de castellano de la meseta central, Castilla-León, buena parte de Cantabria y algunas zonas de Cáceres, pero el exnovio era valenciano y ese origen no pasó inadvertido para Samuel, que encontró en los mensajes de texto los mejores aliados para su análisis.

Espino revisó las conversaciones entre el presunto culpable y la mujer cuando aún eran pareja y comprobó que el exnovio escribía por WhatsApp “ a tu hermano lo vi ayer ” o “le dije”, mientras que en los anónimos figuraban expresiones como “le veré muerto a tus pies” o “la he dicho”.

El subinspector informó de que el autor de los anónimos era leísta y laísta y que resultaba muy improbable que fuera la expareja, que no manifestaba en su idiolecto esa peculiaridad gramatical.

Al final el culpable resultó ser un vecino natural de Madrid obsesionado con la mujer.

Espino abrió la lata de tónica y el sonido agradó a Inés, que en su subconsciente lo adscribió a una decisión del subinspector para iniciar la conversación en serio.

—Claudio Cisneros —dijo antes de tomar un pequeño trago del refresco.

—¿El poeta? —Inés se sintió estúpida al preguntar lo evidente.

—El poema está incluido en una obra suya de hace unos siete años titulada La bruma y el fulgor. Los versos acrósticos hacen referencia a una musa sobre la que los expertos en su obra no han encontrado una referencia clara.

—Dijiste que el soneto no era perfecto —recordó Inés.

—El original, sí. Pero el asesino lo ha modificado.

Inés ahora sí estaba leyendo la parte del informe donde se especificaba la variación introducida en la obra.

—Ha cambiado ríos paganos por negros carámbanos… ¿Por qué crees que lo ha hecho? —preguntó mirando expectante a Espino.

—Para destrozar el soneto. Rompe la rima.

Samuel continuó explicando a la inspectora las reglas métricas que impedían que el soneto modificado se ajustara a la forma canónica.

Inés comprendió y Samuel la vio desazonarse porque vislumbraba el doble filo implícito en el caso.

—El poema está escrito en el tipo de letra Times New Roman, tamaño 12, y el papel es una cuartilla sin ninguna marca de identificación especial —continuó Espino—. Supongo que no habrá huellas dactilares del asesino.

—Supones bien.

El tono de desaliento de Inés impulsó al subinspector a transmitir el resto de la información de manera precisa.

—Hemos analizado la obra de Cisneros y la palabra carámbano o carámbanos no aparece ni una sola vez en su corpus poético. Eso podría indicar que no es una modificación propia de él. Pero también podría ser una trampa.

—Ya —murmuró ella.

—Inspectora, supongo que no tengo que recordarle el escándalo de hace unos meses sobre…

Samuel se interrumpió al ver el gesto de suficiencia de Inés con la mano. No se le escapaba la transcendencia de todo aquello.

La noticia de los acosos sexuales del aspirante al Nobel había sobrepasado los límites de lo literario y la inspectora estaba perfectamente al cabo de la querella de Cisneros contra Osorio.

Se instaló un silencio en la habitación en el que ambos parecían sentirse cómodos hasta que Espino apuró su Schweppes y estrujó la lata.

—Tenemos que localizar a Cisneros… —empezó a decir Samuel.

—Está localizado —lo interrumpió Inés—. Se trasladó de Madrid a Salamanca para huir de la polvareda mediática y no se ha movido de allí desde entonces. Lo verificamos cuando Laura desapareció.

—De todas formas se le debe interrogar. El poema es suyo. Hay elementos que lo señalan y la familia de Laforet lo va a acusar. Hay un móvil evidente de venganza contra ella misma y contra Óscar Osorio. —Espino hablaba en tono impersonal, como si recitara de memoria lo que era más que evidente que iba a ocurrir, pero sin la menor convicción de que Cisneros fuera el asesino. Y también sin la menor convicción de que no lo fuera. Desde el primer momento lo había embargado una sensación de impotencia de la que no era capaz de desprenderse.

Inés percibió el mar de dudas en el que se debatía Espino y eso la intranquilizó. Jamás había visto al subinspector tan afectado.

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