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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XI

DESFAZIENDO ENTUERTOS

Samuel observó que un rayo del sol del atardecer se reflejaba impúdico y afilado en el ojo de cristal de Inés. Quiso preguntarle sobre él, pero no se atrevió.

—Está superado —le sorprendió la inspectora—. Hice un mundo en su momento, pero me queda el otro ojo.

Él no la creyó, pero la admiró por su coraje para intentar mentirle. Inés irradiaba una determinación interna que no pasaba desapercibida a su extrema sensibilidad, a pesar de que durante los últimos años la había tamizado convenientemente desde que se había hecho cargo del Laboratorio.

Le gustaba pensar que se dedicaba a desfazer entuertos, como Don Quijote, solo que sus armas no eran una lanza y una espada, sino la lingüística aplicada y la informática. Pero ahora solo veía molinos de viento donde en teoría debía de descubrir a un maligno gigante.

—Inspectora, estamos en un callejón sin salida. Si le tengo que ser sincero, no creo que pueda ayudarla. No es un caso, técnicamente hablando, de lingüística forense. No tengo un texto dubitado que comparar con otro para saber si son del mismo autor. Solo hay un único texto con dos palabras cambiadas. La intención del asesino ha podido ser la de inculpar a Cisneros o, si ha sido el propio Cisneros, la de dejar su firma, pero exculpándose con la modificación. Creo que hay que comprobar la coartada de que no ha abandonado Salamanca, y aun así no podríamos descartar que haya podido contratar a un sicario para…

—No —lo interrumpió de nuevo Inés—. Esta carnicería tiene la firma del autor. Lo acabas de decir. Haya sido Cisneros el asesino o no, es evidente que no es algo que se haya dejado en manos de un mercenario.

Samuel se deprimió. Su interlocutora tenía razón. Estaba tan ofuscado que su mente se negaba a admitir que el mayor poeta vivo en lengua castellana hubiera sido capaz de cometer con sus propias manos la atrocidad que habían contemplado, aunque la perspectiva de que solamente lo hubiese planificado y ordenado no fuese menos espantosa.

—¿De qué habla el poema? —le preguntó Inés— ¿Puede tener alguna relación con el móvil del crimen?

La inspectora hacía las preguntas precisas, las que él mismo se había estado formulando sin encontrar una respuesta convincente. Y eso le abatía aún más.

—El soneto tiene una doble interpretación, según los expertos en la obra de Cisneros —casi se lamentó Espino—. Posee un fuerte componente religioso, sobre todo al principio, cuando parece hablar de la fuerza de la fe. Los ocho primeros versos, es decir, los dos cuartetos, parecen estar centrados en la pasión y crucifixión de Jesús; hay alusiones al sufrimiento en la cruz, al dolor por la pérdida y a la liberación del alma tras la muerte. Pero a partir de ahí, en los tercetos, se desarrolla un lamento por una pasión humana no correspondida, o vedada.

Espino siguió detallando a Inés que el poema de Cisneros terminaba con una especie de remembranza del verso final de un soneto de Quevedo muy famoso:

polvo serán, mas polvo enamorado.

La inspectora Luján volvió a leer el poema iluminada con la interpretación que acababa de escuchar de Espino y lo entendió mucho mejor.

Efectivamente, el soneto parecía tener dos partes muy diferenciadas. Se iniciaba en el amor divino y transmutaba al amor humano no consumado en la noche encallada.

—¿Y aparte de destrozar la estructura estrófica, el cambio de ríos paganos por negros carámbanos añade algún nuevo significado al poema? ¿Alguna nueva simbología?

De nuevo la inspectora realizaba las preguntas adecuadas a Espino.

—Sobre eso solo puedo dar mi opinión, porque no he querido hablar con ningún experto en Cisneros para preservar el secreto del sumario. De todas formas, no creo que ninguno pudiera añadir nada a mi interpretación, porque ya le he dicho que la palabra carámbanos no ha sido utilizada nunca por el autor, y por eso no podemos relacionarla metafóricamente con un determinado significado recurrente en su poesía. Los negros carámbanos aluden a las impuras lágrimas. Son una imagen de las lágrimas, como si fuesen unas lágrimas negras.

—¿Y lo de impuras?

—En teoría son lágrimas impuras como ríos paganos porque son lágrimas que se derraman por los hombres sin fe que crucifican al hijo de Dios. Eso, en el poema original. En la variación el carácter impuro de las lágrimas parece acentuarse, porque también son negras y están heladas como carámbanos, aludiendo a la crueldad de los ejecutores.

Inés sabía que la poesía, a la que se había aficionado tras la pérdida de su ojo, no se podía analizar línea por línea, ya que estaba sujeta a reacciones emocionales ajenas a los códigos puramente racionales. Lo que sentía al leer el poema de Cisneros era un profundo estremecimiento estético que podía enfocarse hacia el ámbito espiritual o hacia el carnal y que en todo caso la conmovía anímicamente de una manera sublime.

—Inspectora…

La voz de Espino la sobresaltó y la devolvió a la realidad. Por un momento se había ensimismado y había olvidado que ese poema subyugante había aparecido clavado en el ojo de una mujer y que era una prueba que formaba parte del sumario de un crimen monstruoso.

—Dime —dijo con frialdad.

—Verá —la voz de Samuel tenía un tono lúgubre—, en mis años en la Autónoma estudié la poesía de Cisneros, incluso asistí a algunas conferencias suyas. Como poeta le admiro profundamente. El reportaje de El Castillo antes de la concesión del Nobel me afectó mucho y no sé si podré ser capaz de llevar con un mínimo de objetividad mi parte de la investigación, no solo porque no tenemos material para cotejar, sino porque supongo que carezco de imparcialidad.

—La maldad no es incompatible con la genialidad —le disparó Inés.

—Está usted hoy en estado de gracia, inspectora —concedió Samuel.

Ella sonrió para sus adentros al imaginar la cara que hubiese puesto su compañero si hubiese visto el lamentable estado en que se encontraba hacía apenas unas horas.

—Espino, tengo un presentimiento. Si, como me temo, el autor del asesinato tiene voluntad de estilo, vamos a tener más noticias suyas, va a querer jugar con nosotros al gato y al ratón.

Inés no hacía sino dar en la diana y eso tranquilizó en cierta medida a Samuel. Esa mujer que se había venido abajo en el escenario del crimen crecía ahora ante sus ojos mostrándose con una lucidez que sostenía su ánimo.

—Pero ese juego se le puede volver en contra si nos subestima —apostilló el subinspector.

—Exacto. Su prepotencia puede ser su mayor debilidad.

En ese momento, llamaron a la puerta y un agente entró con un sobre de tamaño B4 que entregó a Espino.

—Acaba de llegar en el reparto de Correos de la tarde, subinspector —dijo abandonando después la sala con discreción.

Samuel se quedó mirando la dirección minimalista impresa en una etiqueta pegada en el centro del sobre:

LABORATORIO DE LINGÜÍSTICA FORENSE
CANTOBLANCO (MADRID)

—Times New Roman, tamaño 12 — anunció Espino—. Sin remitente.

Instintivamente ordenó que les trajeran unos guantes profilácticos para evitar contaminar el contenido del sobre antes de abrirlo.

Inés se había levantado con rapidez, situándose al lado de su compañero y dispuesta a ser testigo de la apertura en primera línea. Cuando les trajeron los guantes, ambos se los pusieron y Samuel abrió el sobre. Los dos dieron un respingo y se quedaron pálidos al leer la frase con la que comenzaba el primer folio de los varios ordenados por días que contenía el envío.

No puedo permitirme pensar mucho en Priscilla de forma romántica.

Leyeron extasiados todas las hojas hasta llegar a la última, titulada Día 6.

Cuando terminaron, se miraron a los ojos sin reservas. En los de Espino había abatimiento; en los de Inés, una extraña luz.

Samuel recogió los folios como si cortaran.

—Esto no puede estar ocurriendo —balbuceó desconcertado.

—Pues ocurre. Y es una buena noticia para ti. ¿No querías tener más material? Te han traído un regalo, así que alégrate —ironizó la inspectora.

Espino la interrogó con la mirada y lo que le contestó certificó sus sospechas.

—Tienes en tus manos el diario del asesino —aseveró Inés.

Samuel volvió a introducir las hojas en el sobre como si quemaran.

Con un gesto intuitivo ambos miraron el franqueo.

Los sellos y el matasellos eran de Salamanca.

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