¿Te parece interesante? ¡Compártelo!
El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XII

EL DIARIO DEL ASESINO

Día 1

No puedo permitirme pensar mucho en Priscilla de forma romántica. Me limito a escribir sobre ella con espíritu de pasante; hasta tal punto he castrado mi alma.

En sentido estricto, se ha convertido en una especie de leyenda interna que alimento y con la que empatizo, alienado e intramuros de la vida que pasa fuera y me resulta ajena.

Cuando la veo, se limita a construir con minuciosidad una hermosa muralla china de hielo alrededor de sus principios con la misma determinación que un cortador de troncos en plena competición.

El polígrafo más sofisticado sería incapaz de detectar la más mínima oscilación en la linealidad de su comportamiento conmigo, lo cual es encomiable.

Debería haber sido enfermera anestesista por la extraordinaria capacidad soporífera de sus palabras y gestos. Posee el don de hastiarme a los treinta segundos de conversación y, sobre todo, es una consumada especialista en anular cualquier asomo de elevación que yo pudiera albergar hacia ella.

Los efectos de la devastación psicológica estarán complicando mi existencia hasta el final y la mejor forma que tengo de sobrellevarlos es analizarlos con lupa y vocación de entomólogo.

Día 2

Sigo soñando con Priscilla, pero nunca me hundo en sueños eróticos, sino en pesadillas de palabras e imágenes absurdas que encharcan la razón y que apesadumbran el ánimo al despertar. Es como si estuviera condenado a cadena perpetua en la cárcel de la vida imaginaria mientras la real perpetra insomne las mayores atrocidades contra el sosiego de mi ánimo, cada vez más quebrantado.

Nunca me masturbo pensando en ella ni creo que funcionara si lo intentara. La actividad onanista del ser humano requiere el ingrediente especiado del morbo, que ha sido eliminado asépticamente de mi psique en lo referente a la sexualidad, supongo que como medida refleja del subconsciente en pro de una mínima serenidad de espíritu.

Otro de los curiosos efectos colaterales —estrategias de consolidación— que he observado en mi conducta respecto a ella es que evito mirar sus piernas cuando coincidimos. Además, si detecto que el iceberg se aproxima peligrosamente, desenfundo el móvil con la habilidad de un pistolero profesional, simulo hablar y le hago un gesto vago con la mano mientras me sitúo a un metro de distancia, nunca más cerca —estrategias de seguridad—, para evitar caer en los dos besos vejatorios y afrentosos en la mejilla, y le susurro que me pida un café en el bar en que nos hemos encontrado. Así me sacudo el polvo de la formalidad en que ella se desenvuelve como pez en el agua y yo, en el desierto.

Hace poco, olvidé el móvil en la oficina y asistí perplejo a un momento mágico: la situación me obligaba a ampliar el perímetro de seguridad a un metro y medio, parapetándome tras una barricada de carpetas y legajos que, afortunadamente, llevaba ese día conmigo y que me servían de escudo, pero Priscilla logró inclinarse hacia mí para darme los dos ósculos en un ángulo imposible y negador de la ley de la gravedad, imitando una de las coreografías más célebres de Michael Jackson.

Cuando recuperó su verticalidad, creí oír el sonido metálico de un mecanismo que a modo de resorte tirara de ella hacia atrás, aunque probablemente fueran los efectos del estado de alucinación en que me sumergí. O mis estresadas neuronas retorciéndose inquietas.

De todas formas, tendré que buscarme otra artimaña para evitarme el numerito Torre de Pisa porque lo del teléfono y el parapeto lo he hecho ya varias veces y me resulto un poco patético a mí mismo, aunque, afortunadamente, con las nuevas circunstancias que se producirán nos veremos menos.

Día 3

He de dejar aquí escrito que su nombre real es Laura y no Priscilla —y este es otro efecto especial que despliego con un afán idealizante mientras tenso el tópico de la amada-enemiga, como un telón que oculta lo que pasa entre las tenebrosas bambalinas de mi teatro del absurdo—, aunque en mis textos me refiero a mi musa con su alias tan distinguido y sugerente y, a veces, con la quijotesca aposición soberana y alta señora. Por supuesto, Priscilla lo ignora, como ignora todo.

Delante de su reciente novio —traje Boss, pulcro verbalismo, escapada amorosa a París— me dirijo a ella con familiaridad llamándola Lau para desasosegarlo. Supongo que a Hugo le pareceré una circunstancia anexa a su pareja con la que transige por decencia e interés.

En las escasas ocasiones en que me he tropezado con el Elegido, he intentado vislumbrar algunas de las cualidades que ella valora en un hombre, recordando ancestrales conversaciones que teníamos cuando bebíamos juntos, pero bajo las capas de saludos protocolarios en fiestas de triunfadores, rasurados impolutos, zapatos lustrosos, corbata milimétrica a la altura de la hebilla del pantalón y frases de cortesía de primero de placenta, he sido incapaz de hallar algo parecido a una sombra de las cualidades que atesoraría la pareja con que soñaba mi amiga beoda.

Pero ese horror vacui que me asalta tras el despelleje de Hugo evidentemente no es compartido por ella, pues es palmario que mi argumentación carece de objetividad y apesta desde lejos a un precario intento de elevar mi autoestima. Infructuoso, of course.

Además, él es abogado y si mi índice largo y acusador señalara directamente al corazón helado del hombre inmaculado, en el alegato final su profesionalidad probablemente me destrozaría sin tan siquiera recurrir a sus elegantes movimientos de prestidigitador profesional, sin necesidad de sacar un conejo legal de su chistera, argumentando letal, simple y convincentemente que soy un gilipollas resentido. Con las manos en los bolsillos y mirando con firmeza al tribunal.

El jurado popular me declararía culpable e imbécil por unanimidad.

Día 4

Una de las razones que expuso Priscilla para rechazarme fue que el que suscribe había estado con muchas mujeres. Al principio me lo tomé a broma, pero luego supe que lo había dicho muy en serio. Supongo que tendrá un informe exhaustivo respecto a su nuevo hombre sobre este asunto tan transcendental.

Probablemente, el extrañamiento que me produce su forma de expresarse tenga mucho que ver con su poca habilidad para transmitir con precisión lo que piensa y, sobre todo, con el contenido que su estructura mental otorga a las palabras. En este sentido, tampoco ayudan mucho las múltiples acepciones del verbo «estar» en castellano.

Hace poco me aconsejó que fuera a una reunión importante con ella con «zapatos oscuros y chaqueta adecuada». Creo que la oscuridad de los zapatos se minimiza frente a lo que realmente quiso decir, de la misma forma que la idoneidad de la chaqueta quedará eternamente en el limbo pendiente de una aprobación que jamás se dará, puesto que esa cita fue anulada a través de su secretaria sin mayores explicaciones.

Priscilla tiene una extraordinaria capacidad para contradecirse a sí misma y, cuando intenta ponerse en modus pantocrátor, los efectos son fulminantes para el sosiego espiritual del perplejo oyente.

He ido mucho al cine últimamente y devoro libros hasta que me duelen los ojos o salgo huyendo a por un gin-tonic cuando las sombras se ciernen. A veces he sentido la tentación de entrar en una iglesia, pero termino leyendo algún pasaje de la Biblia, especialmente del Antiguo Testamento, donde el dios fiero e inhumano parece concederme una tregua con el bálsamo del Cantar de los Cantares.

Intento no quedarme solo mucho tiempo y procuro meterme en las vidas de otros, imaginarias o no, que es lo mismo. Tras dos copas, cuando hablo con alguna persona en un bar, la noto arrebatada por un irrefrenable, y a los quince minutos intolerable, ataque de verborrea basado en la reimplantación súbita de la teoría heliocéntrica, donde el Sol deviene en el desatado parlante.

Día 5

Sonetos, vodka, ginebra y Espidifen sabor melocotón: hoy ha sido un día efervescente. Atravieso una época muy creativa y trepidante. Pero ahora hace frío y el hielo repiquetea en el vaso picado de mi corazón.

Echo mucho de menos el sentido del humor en estas situaciones cuando leo las historias de los amores no correspondidos de grandes escritores que vivieron el trance de manera agónica. Pero no es para tanto, señoras y señores.

La experiencia amorosa no tiene absolutamente nada de elevado ni despierta la espiritualidad del ser humano. Puede ser el detonante de la creatividad y de la invención más sublime, pero no implica pureza ni nobleza. Tiene que ver más con el egoísmo, con el lamerse las heridas con fruición gatuna y la sobreexposición pública ad maiorem gloriam propriam.

Me interesa más el análisis del carácter de comedia de este presunto apocalipsis.

El enamorado despechado y atormentado por el dolor no deja de ser un espantajo para los demás. El ridículo y excesivo Caballero de la Triste Figura «ferido de punta de lanza de ausencia» por Dulcinea es el trasunto cervantino de lo que estoy analizando. Y es tan genial, que el tufillo de que ni el propio don Quijote se cree lo que dice es aventado hasta el lector avisado.

En este trance es importante reírse de uno mismo o transformarse en un insecto para ser analizado con lupa kafkiana.

Entre un escarabajo urbano y un enamorado patético las diferencias se restringen al lapso en que serán aplastados, con la ventaja para el insecto de que encuentra recovecos y grietas para aplazar lo inexorable.

Sobre todo, conviene desentrañarse a uno mismo, abrir en canal la rana del amor y sacarle las tripas de lo presuntamente inefable para ser explicitado en oraciones de sintaxis irreprochable.

Amo a Priscilla. Análisis: yo soy el sujeto —omitido, por supuesto— y ella el complemento directo.

Priscilla no está conmigo. Análisis: aquí ella es el sujeto y yo estoy oculto bajo un pronombre personal como complemento circunstancial.

¿Lo ven? Se pierde el encanto.

Día 6

Sé que no habrá otro renacimiento para mi espíritu que no sea el que palpita en la belleza barroca de las palabras que acarician las ideas y desvelan el sentimiento, que se encadenan armoniosamente trazando elegantes piruetas, creando y desarrollando estructuras conceptuales que terminan coronadas por gárgolas sintácticas desmesuradas, extravagantes y hermosas, formando oraciones que procesionan enlutadas y engarzadas en párrafos de hierro oxidados por tu ausencia que subordinan mi ser al único tributo que puedo ofrecerte: inmortalizarte.

La sublime introspección interior en la que se siente el amor como un viaje interestelar a lo más misterioso y excelso del alma humana, en el que se respira el peligro de perecer a cada latido encabritado y trastornado mientras se intenta recorrer la distancia de años luz que separa dos corazones bajo el inmisericorde aliento de la esperanza; la portentosa fuerza que amenaza con quebrar el pecho y que hace desmayar los pálpitos tensionados por una sangre que se desboca por venas que amenazan con romperse, o que se para y se hiela o se enfanga en cloacas malolientes de rosas putrefactas; el verbo más equivocado, pero tan encantador, colocado a contracorriente en mitad de una conversación que se precipita en una catarata de incertidumbres que se ensañan en enamorarte o herirte; el aura que amenaza con envolverte y romper la cúpula del egoísmo; la pulsión por complacerte, por regalarte, por asombrarte, por no parar hasta que rías a carcajadas y luego me mires con los párpados entornados haciéndome sospechar complicidades perturbadoras; la memoria extasiada en el arco flamígero de tus labios; la forma en que me alejo de ti; el modo en que no quiero que me recuerdes; en suma, todo eso queda espantado y vulgarizado cuando se expone a la luz de la fría gramática general de tus ojos depredadores y reventado como un vampiro sin noche.

No quiero que me coman los gusanos. Quiero arder sin que me duelas. Por fin.

 

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

¿Te perdiste algún capítulo? ¡Léelo aquí!

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXI

CAPÍTULO XXI MALASAÑA Acuérdate de lo que te mostré en Salamanca. Y de lo que no. La última frase que le dirigió Cisneros seguía retumbando en el cerebro de Espino tras abandonar la cárcel de Estremera. Volvía con Inés a Madrid respetando ya los límites de velocidad,...

leer más

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XX

CAPÍTULO XX EL PRISIONERO DE ESTREMERA El Chevrolet Camaro de Samuel Espino volaba por la A-3 camino de la cárcel de Estremera. En el asiento del acompañante Inés veía cómo dejaban a su derecha Santa Eugenia y luego a su izquierda Rivas-Vaciamadrid y Arganda del Rey...

leer más

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIX

CAPÍTULO XIX REBECA QUEVEDO Rebeca Quevedo estaba siendo penetrada profundamente por su secretario personal cuando su teckel entró ladrando por sorpresa en la habitación, atraído por los agudos gemidos de su dueña y echando a perder la erección de su amante. La...

leer más

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVIII

CAPÍTULO XVIII EJERCICIOS ESPIRITUALES Elías Osorio sintió la llamada de Dios durante la plegaria eucarística, mientras consagraba el pan y el vino para convertirlos en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Pero no fue como una súbita iluminación mística que...

leer más

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVII

CAPÍTULO XVII CONVERSACIÓN EN EL PALACIO Óscar Osorio recibió a Inés y Samuel apoltronado en su sofá chaise longue, con el mando a distancia apoyado en su tremenda barriga y sin hacer el más mínimo ademán de levantarse. Ellos devolvieron la cortesía del magnate de la...

leer más

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVI

CAPÍTULO XVI CONVERSACIÓN EN SALAMANCA A Samuel le encantaba Salamanca. Sentía que sus calles del casco viejo conservaban intacto el aire gótico, renacentista y barroco desde hace siglos. Había llegado con tiempo suficiente para serenar su ánimo recreando su vista en...

leer más
¿Te parece interesante? ¡Compártelo!