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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XIII

LA PASTILLA ROJA O LA PASTILLA AZUL

Después de releer dos veces más el diario, Samuel llamó a su agente de mayor confianza y le entregó los folios.

—Páramo, necesito que analices estos textos para ver si encuentras similitudes con otros de autoría de Claudio Cisneros.

Pablo Páramo era el agente informático que se ocupaba del desarrollo del software del Laboratorio y del mantenimiento y actualización de las enormes bases de datos con las que trabajaban. A su cargo otros tres agentes se ocupaban de la importación de los archivos digitalizados, de los cotejos y de los análisis de los resultados.

Páramo se quitó las gafas y se tocó la nuca en cuanto se dio cuenta de que lo que le entregaba Espino estaba escrito en prosa.

—Cisneros no ha publicado una sola línea en prosa en su vida —adelantó como un funesto avance de lo que esperaba encontrar.

—Tenemos que probar, Pablo —casi rogó su jefe—. Estamos atascados y en pocos días nos van a empezar a pedir resultados concretos. No puedo ir con las manos vacías. No perdemos nada intentándolo.

—Estamos en un callejón sin salida —intervino la inspectora Luján—. El monstruo ha sido muy pulcro y cuidadoso. Solo tenemos el poema y esas hojas que te ha dado Espino.

—Está jugando con nosotros —sentenció el informático antes de salir.

Samuel e Inés se quedaron solos y abatidos buscando en sus mentes un hilo del que tirar.

El subinspector se levantó, se dirigió hacia un pequeño refrigerador que había en la sala, extrajo de él otra lata de tónica y tiró de la anilla con excesiva brusquedad, partiéndola.

Houston, we have a problem… —ironizó Samuel.

Inés se levantó, le quitó la lata, golpeó con un bolígrafo que extrajo de su bolso la lengüeta de protección hasta que cedió hacia el interior del envase, tomó un vaso de una estantería, volcó la bebida gaseosa en él y se lo ofreció a Espino, que lo recibió sorprendido observando la contundente y efectiva maniobra de la inspectora entre atónito y divertido.

—Me gusta beberla en lata —casi se disculpó.

Inés lo fulminó con la mirada y volvió a su sitio.

Espino se dirigió hacia los ventanales y bebió un poco del vaso para no desagradar a su compañera.

—He leído en un video tutorial que también salta la lengüeta frotando su borde con un palillo chino —remató Espino, ante la desesperación de Inés.

—¿Crees que de verdad es un diario? —le preguntó ella para volver a encauzar la conversación.

—Creo que es ficción con una parte de verdad —empezó Espino, esperando que su interlocutora desarrollara su propia argumentación a partir de esa primera impresión suya.

—Estoy de acuerdo contigo —concedió Inés—. Lo que ocurre es que tenemos que dilucidar lo que es real y aislarlo de las pistas falsas.

—¿Qué es lo que considera usted que es real, inspectora? —preguntó su compañero extasiado en el abanico de colores que el incipiente ocaso empezaba a desplegar ante él.

Inés le respondió que intuía que casi todo el supuesto diario era inventado, que estaba repleto de escenas que eran producto únicamente de la imaginación de quien lo había escrito. Pero no se le escapaba el sentimiento de profundo rencor que inundaba el texto. Le llamó la atención la disertación del autor referente a que Laura lo había rechazado por haber estado con muchas mujeres, porque ese hilo la conducía a la historia de promiscuidad que arrastraba Cisneros.

—En el texto queda clara la identificación de Priscilla con Laura —apostilló Samuel—. Y eso también apunta a Cisneros. Como la alusión a la composición de sonetos.

El subinspector mantenía las distancias con Inés sin despegarse demasiado de su refugio al lado del ventanal, pero ella traspasó la línea imaginaria que marcaba ese espacio de confort y se situó a su lado sin mirarlo. Colocó una mano sobre el cristal tapando el sol que doraba el campus de Cantoblanco.

Ambos permanecieron en silencio, siendo conscientes de la cercanía física del otro, pero respetando la privacidad de sus pensamientos. Se había establecido una extraña intimidad entre los dos que desconcertaba a Samuel.

—La alusión a la Biblia es también muy extraña —señaló la inspectora—. Con la Iglesia hemos topado, Espino.

Él se dirigió de nuevo al pequeño frigorífico para tomar una botella que ofreció a Inés. Era su forma peculiar de darle la bienvenida a su mundo interior.

—Más vale tarde que nunca —sonrió ella, aceptando el agua. Se bebió el medio litro en tres tragos ante el asombro de Samuel, que no sabía de las exigencias de hidratación del cuerpo de Inés después del castigo al que lo había sometido en una noche de alcohol sin rosas.

Estuvieron callados bastante más tiempo mientras la puesta del sol les brindaba un espectáculo de naranjas y malvas que les elevaba por encima de la realidad atenazante.

—¿Recuerdas la película Matrix? —preguntó de repente Espino.

Inés dijo que sí sin hablar, mirando a Samuel atónita porque era la primera vez que la tuteaba.

Él le devolvió la mirada apenas medio segundo para volver a enclaustrarla en el crepúsculo.

—Es como tu ojo —su voz se había vuelto más cálida de repente—. Parece muy real, pero no lo es. Si yo no hubiera sabido que llevas una prótesis ocular, hubiese pasado desapercibida. Ahora nos está pasando lo mismo con el asesinato de Laura Laforet. Todo apunta a Cisneros, pero todo me parece irreal. Todo parece cuadrar, y sin embargo me saltan todas las alarmas.

—Mi ojo de cristal es real. —Inés paseaba delicadamente su dedo anular por el ventanal mientras deseaba que la alusión a la pérdida de su globo ocular no le siguiera doliendo tanto—. Quizás es lo más real de mí, al menos es lo más valioso. Normaliza mi persona, me permite presentarme ante los demás sin causarles repugnancia o aflicción.

—Antes de conocerte me contaron lo de tu ojo y jamás ha mediatizado mi percepción sobre ti ni condicionado nuestro trabajo. Pero sé que tu ojo derecho es una prótesis que te hace sentir cómoda. Y a eso me refiero con el símil de Matrix. El asesino quiere mostrarnos un escenario donde nuestra mente se sienta predispuesta a señalar a un determinado culpable, y al tiempo colapse para que seamos incapaces de tirar del hilo real y definitivo. Todas las pistas conducen a Claudio Cisneros. En ese escenario estamos cómodos. ¿Recuerdas la escena de la pastilla roja y la pastilla azul en la película?

Inés asintió. Esa secuencia la impresionó mucho en su momento.

—Tomar la pastilla azul significa aceptar la confortable realidad sin cuestionarla —recordó la inspectora—. Tomar la pastilla roja es replantearse todo, no aceptar lo que nos quieren imponer, lo que quieren que veamos, buscar la verdad profunda de la existencia…

—En realidad, inspectora, Matrix es filosofía barata y copiada — la cortó Espino, rescatándola del abismo transcendental al que Inés se precipitaba—. Cogito, ergo sum. Pienso, luego existo. La duda cartesiana. René Descartes en el siglo XVII ya postulaba la duda metódica como la base de todo conocimiento real.

—¿No crees que Cisneros sea el asesino? —. Ahora era ella la que bajaba al inspector de la nube cartesiana.

Espino dejó de observar el horizonte y su mirada descendió hasta fijarse en la lata de tónica que sostenía.

—Antes te he dicho que había otra forma no tan brusca de abrir esta lata —dijo casi con sorna a Inés—. Consiste en frotar con un objeto romo de madera o con una capucha de plástico de un rotulador el borde exterior de la lengüeta, la acanaladura que tiene para facilitar su apertura. Con la fricción el metal se calienta y se dilata. Eso provocará que aumente a su vez la temperatura del CO2 que contiene la lata y la presión sobre él. La ley de Charles hará el resto.

Inés se desesperó. Era la segunda vez que Espino la dejaba in medias res, como cuando dio por hecho que sabía lo que eran versos acrósticos.

El subinspector sufrió no tanto por tener que explicar la teoría química como por la sensación de haber aparentado un aire de suficiencia ante Inés.

—La ley de Charles establece que si aumentamos la temperatura de un gas, aumenta su presión. La lengüeta ya dilatada no aguantará la presión añadida y saltará.

Inés simuló aplaudir ante el bochorno de Samuel.

—Sensacional. ¿Y? ¿Adónde pretendes llegar?

—En realidad pienso que nos estamos equivocando en el procedimiento para resolver este caso. Estamos buscando un rayo de sol que de repente nos ilumine en las tinieblas. Ansiamos hallar la prueba definitiva que delate al asesino. Pero nos enfrentamos a una mente criminal muy sofisticada, no se trata de una lata que podamos abrir a golpes, como tú has hecho antes con esta. Quizás tengamos que frotar con paciencia la superficie, debilitar poco a poco las capas de mentiras para poder llegar a la verdad. Frotar la lámpara para que salga no el genio, sino el monstruo.

Del estado de abstracción en que se encontraban fueron sacados por los dos golpes en la puerta que precedieron a la entrada de Pablo Páramo.

El informático jefe se les acercó y no habló hasta que estuvo seguro de que la atención de Inés y Samuel se volcaba en él.

—Son dos —empezó.

El gesto de incomprensión de sus interlocutores certificó que ahora captaba todo su interés.

—GILDA identifica dos autores en los textos —concretó Páramo.

Inés miró a Espino implorando aclaración.

—GILDA es el software que usamos para cotejar textos o audios y buscar similitudes y diferencias entre ellos —aclaró el subinspector—. Es el acrónimo de Gestión Integral de Lingüística Deductiva Aplicada. Se trata de un conjunto de programas que hemos desarrollado mejorando los ya existentes en el mercado e introduciendo sistemas algorítmicos de creación propia capaces de detectar no solo evidencias recurrentes en el vocabulario comparado entre dos o más muestras textuales u orales, sino también patrones de similitud que pasarían inadvertidos para un lector humano. Trabajamos con archivos digitalizados propios y tenemos acceso a los de la Biblioteca Nacional de España y a la Red de Bibliotecas del CSIC a través de una VPN, es decir, de una red privada virtual que nos permite consultar la información de manera segura e importar la que nos interesa para ser analizada. Trabajamos con archivos digitales de texto, sonoros y audiovisuales que continuamente van incrementando nuestras bases de datos y alimentando a GILDA. Incluso tenemos una unidad especial que recopila material que circula por la deep web y la dark web.

—Disponemos de una capacidad de almacenamiento de datos en nuestros servidores y en la nube de 15 petabytes de archivos digitales de todo tipo, aunque los registros textuales y sonoros con los que realmente trabajamos suponen muchísimo menos —informó Páramo a una Inés que se quedó con cara de póker.

—Un petabyte es una unidad de almacenamiento digital equivalente a 1024 terabytes —precisó Samuel a una Inés desesperada.

—Soy matemática, no informática —puntualizó de la forma más cortés que pudo.

—Para que se haga una idea, inspectora Luján, la biblioteca virtual del Archivo de Internet tiene almacenados 70 petabytes de datos, Google procesa unos 20 petabytes al día y Facebook hace unos meses tenía alrededor de 60.000 millones de imágenes, equivalentes a 1,5 petabytes. Todos los libros catalogados del mundo ocuparían menos de 500 terabytes —la ilustró Páramo.

—Digamos que tenemos mucho músculo, pero los resultados que ofrecemos se deben sobre todo a la implicación personal de los miembros del Laboratorio —terminó Espino para no agobiar más a Inés y dirigir la conversación hacia donde quería.

Páramo lo captó rápidamente.

—Como verá, somos capaces de dar un diagnóstico preciso en poco tiempo, inspectora —presumió el informático, refiriéndose a la detección de dos autores en los textos que le habían entregado para analizar.

—Entiendo que GILDA diferencia el texto titulado Día 6 del resto —se anticipó Espino.

—En efecto —confirmó Páramo no sin un cierto aire de fastidio por la revelación anticipada de lo que él suponía que iba a ser una exclusiva—. La estructura sintáctica del texto 6 es mucho más compleja que la del resto, lo que indicaría que estamos ante dos autores diferentes o al menos ante dos personalidades diferentes que se manifiestan en un solo corpus textual.

Samuel ya se había dado cuenta de que el texto 6 se basaba en párrafos muy largos con abundantes oraciones subordinadas de periodos complejos e interminables que exigían del lector una lectura atenta e instruida. No le extrañaba que GILDA hubiese detectado esto.

Pero el subinspector sabía que había algo más.

Páramo se acarició su barba de tres días y estableció un nuevo lapso para crear expectación.

—Además de los poemas, hemos podido recabar algún texto en prosa de Cisneros. El discurso de aceptación de su nombramiento como académico de la lengua, sillón Ñ, y otros dos discursos que pronunció cuando fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid y por la de Granada —les desveló el informático.

—¿Y? —preguntaron al unísono Inés y Espino.

—El texto 6 es compatible con la prosa de Cisneros.

La noticia cayó como una bomba silenciosa sobre el corazón de Samuel mientras escuchaba cómo Inés le exhortaba a hacer el viaje que él ya se temía.

—Tenemos que ir a Salamanca a visitar a tu poeta preferido.

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