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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XV

CONVERSACIÓN EN EL CIELO

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Mientras el ascensor la transportaba hasta las alturas de la redacción de El Castillo, a ciento cuarenta metros por encima del suelo, Inés iba pensando en los versos de Antonio Machado, casi rezándolos o invocándolos en la oscuridad que amenazaba con tragársela.

Desde que su mente experimentó una inclinación insospechada hacia la literatura tras la emboscada que la dejó tuerta, había descubierto en la austeridad formal del poeta una hondura vital que le proporcionaba consuelo. Machado era tan filósofo como poeta, y el pragmático estoicismo que se hilvanaba entre sus versos suponía un bálsamo insustituible para Inés.

Se sentía insegura y desorientada mientras el caso se les escapaba de las manos y los detalles del crimen estaban siendo desvelados por el emporio de la comunicación de Osorio a través de filtraciones absolutamente descontroladas que daban cuenta de los poderosos hilos que manejaba el dios del periodismo y que además violaban el secreto del sumario y ponían a los pies de los caballos de sus superiores su trabajo y el de Espino.

Y ahora ella iba a reunirse con la heredera del imperio mediático que estaba en el ojo del huracán del asesinato de Laura Laforet y que, siendo juez y parte, había emprendido una cruzada maquiavélica señalando al culpable ante la opinión pública.

Intentó tranquilizarse inspirando y expirando pausadamente, y cuando el ascensor se paró en la planta 33 hizo crujir sus nudillos apretándolos y su cuello con un movimiento lateral.

Las puertas se abrieron e inmediatamente notó la tensión en el gesto de la recepcionista, que ya la estaba esperando.

—Hola, he quedado con… —empezó Inés.

—Buenos días, inspectora Luján. Enseguida la acompaño a la azotea. —La recepcionista la trataba con una amabilidad impostada que irritó a Inés, acrecentando su intuición de encontrarse en territorio hostil.

Siguió el paso raudo de la empleada a través de la redacción hirviente de actividad hasta llegar a otro ascensor desde el que subieron al mirador que coronaba el imponente edificio de hormigón.

Irina las esperaba allí asomada a su balcón exclusivo, desde el que contemplaba Madrid a vista de pájaro. Su padre no había acudido a la redacción hoy, y ella, en un gesto de orgullo protector, había ocupado sus dominios.

La hija de Dios era una garza que se alzaba sobre unos tacones que no necesitaba y que subrayaban su altura y la longitud de sus piernas. Vestía un traje de chaqueta negro que se había abotonado para atenuar el frío que sentía. El viento primaveral se había adueñado del privilegiado observatorio y hacía ondear la melena rubia natural mientras su mirada de águila oteaba el horizonte en busca de una presa no tan imaginaria como pudiera parecer.

Al sentir pasos detrás de ella, su vista se desplazó hacia el fondo del abismo y finalmente se giró para enfrentarse a Inés.

La recepcionista dejó solas a las dos mujeres.

—Gracias por atender mi solicitud, inspectora. —La voz de Irina era pétrea y sus ojos dos espadas verdes que taladraban a Inés.

—Dices que tienes pruebas incriminatorias —la espetó sin preámbulos la inspectora, que se sorprendió a sí misma tuteando a la hija de Osorio —. Muéstramelas.

Su voz transmitía la rabia contenida que le había provocado la edición del día de El Castillo, que no dudaba en apuntar directamente a Claudio Cisneros como el autor del secuestro y asesinato de Laura Laforet.

Irina permaneció segura y sostuvo la mirada.

—Entiendo su malestar, inspectora, pero mi obligación es buscar la verdad y colaborar en lo posible con la policía y la justicia para…

—No. Mientes. Tú única intención es poner un nombre y una cara encima de la mesa. Señalar a alguien como culpable de un asesinato sin otorgarle la presunción de inocencia. Y de paso obstaculizar mi labor y poner en peligro todo el procedimiento. Eres una irresponsable.

Inés se contuvo, paró de hablar y volvió a respirar profundo. Se acercó a un metro de Irina.

—Todo lo que aparece en tu periódico no se sostiene con prueba alguna —continuó—. Son suposiciones. Si yo fuera Cisneros te interpondría una querella por difamación con una indemnización millonaria.

Una extraña sonrisa había aparecido en el rostro de Irina que la transfiguraba en una suerte de ángel exterminador.

—Tengo las pruebas, inspectora. Aparecerán. Pero las voy a dosificar. Sé el oficio de periodista.

—Te aconsejo que, si sabes algo, me lo reveles, porque te puedo acusar de obstrucción a la justicia y de ocultación de pruebas.

—¿Acaso me estás grabando, inspectora? ¿Tienes tú pruebas de eso de lo que me acusas?

El filo del repentino tuteo que empleaba ahora la hija de Osorio destellaba bajo el sol que empezaba a teñir la escena con una luz rara que se infiltraba entre algunas nubes heroicas que resistían a la llegada inexorable de la primavera.

—¿Para qué me has llamado? —Inés intentaba evitar el choque frontal, movida por la sospecha de que tras la aparente crudeza de la actitud de su interlocutora se ocultaba algo que la heredera le iba a mostrar.

No se equivocaba.

Irina se agachó y extrajo de un maletín que se encontraba junto a ella un sobre marrón del tamaño de una cuartilla. Lo sostuvo entre sus manos como sopesando qué hacer con él.

Finalmente, se lo entregó a Inés.

—Cisneros no mató a Laura solo para vengarse de mi padre —sentenció.

La inspectora tomó el sobre con precaución y extrajo lentamente lo que había en su interior. Presentía que su contenido iba a cambiarlo todo.

Y tampoco se equivocaba.

Eran unas fotografías que hicieron daño a la vista de su único ojo y asaltaron el corazón de Inés.

Mostraban a Claudio Cisneros y Laura Laforet unos años más jóvenes, practicando sexo, a veces desnudos, o a veces vestidos con ropas de cuero sadomasoquistas que incluían máscaras, gorras, botas, medias o ligueros y exhibiendo artilugios de castigo como látigos o collares con púas.

Se trataba de selfies que se hacían juntos o de fotos que se realizaban el uno al otro donde se les veía en las más diversas posturas.

La última era una fotografía distinta a las demás.

Los dos amantes descansaban en la cama abrazados y sonrientes mirando al móvil que sostenía Cisneros.

Cuando Irina observó que Inés había llegado a esa instantánea, habló con voz gélida.

—La pulsera de ella.

Los ojos de la inspectora volaron hacia donde se le indicaba. En la muñeca de Laura brillaba una pulsera de plata grabada con un nombre que se clavó en el alma de Inés.

—Priscilla —tembló su voz.

Estaba absolutamente impactada, incapaz de controlar sus emociones y de formular con coherencia las preguntas que se agolpaban en su mente.

Miró a la hija de Osorio, convertida ahora en amazona que la torturaba con una mirada triunfal mientras Inés pensaba en llamar a Espino urgentemente.

Claudio Cisneros debía ser detenido.

De repente percibió que una nube empezaba a cruzar el rostro de la heredera, que se volvió y se acercó de nuevo a la balaustrada, apoyando sus manos en ella.

A su pesar, Inés se imaginó a Irina como una bellísima y singular gárgola asomada al abismo.

La hija de Dios se abrió la chaqueta y se aferró con fuerza a la barandilla cuando su cuerpo experimentó un ligero temblor. Agachó la cabeza y se llevó la mano a la tripa intentando mantener la compostura mientras levantaba de nuevo la mirada e Inés se fijaba en la incipiente curva que apuntaba en su silueta.

Las dos mujeres se miraron, ya sin desafiarse.

Irina no pudo disimular un rictus de dolor provocado por las náuseas ni reprimir una arcada.

Inés comprendió que su compañera en las alturas estaba embarazada.

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