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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XVII

CONVERSACIÓN EN EL PALACIO

Óscar Osorio recibió a Inés y Samuel apoltronado en su sofá chaise longue, con el mando a distancia apoyado en su tremenda barriga y sin hacer el más mínimo ademán de levantarse.

Ellos devolvieron la cortesía del magnate de la comunicación haciendo caso omiso a su invitación a sentarse, provocando una tensión que se palpaba en el aire del amplio salón al que habían sido conducidos por el secretario de Rebeca Quevedo, a la sazón también sirviente ocasional de Osorio en situaciones puntuales.

El palacete de la Castellana de la aristócrata albergaba tres plantas que daban por un lado a la plaza de San Juan de la Cruz y por el otro a un jardín interior de muros robustos y altos que parecía transportar al paseante que se internara en él a un lugar muy lejano del centro de Madrid en el que realmente se encontraba.

Hacía un par de días que Espino había vuelto de Salamanca en un furgón policial en el que iba detenido Claudio Cisneros.

Cuando el poeta subió al vehículo, Samuel le quitó las esposas ante la mirada de desaprobación del agente que lo acompañaba.

—No se va a intentar escapar. Tiene sesenta y cinco años —se justificó, aunque la razón interna que lo movía a tener ese gesto de deferencia hacia el poeta era otra.

—Subinspector, se está saltando el protocolo —le avisó su compañero.

—Ponlo por escrito en un informe. —La mirada que dirigió Espino al agente le hizo desechar esa posibilidad instantáneamente.

Samuel se acomodó en el asiento del acompañante del conductor en el viaje hasta el Centro Penitenciario Madrid VII, más conocido como la cárcel de Estremera. El furgón tuvo que atravesar toda la Comunidad de Madrid hasta llegar a su destino, situado en el límite sureste de la región.

La elección de la prisión fue una propuesta de Samuel para alejar al escritor de los focos que le apuntaban desde El Castillo y que alumbraban su presunta culpabilidad en el asesinato de Laura Laforet, relegando el adjetivo presunta a ser pasto del juicio de los telediarios.

A Samuel el viaje se le hizo largo e insoportable mientras esperaba cualquier solicitud del prisionero que él pudiera satisfacer, pero Cisneros permaneció en el más absoluto mutismo todo el tiempo, encerrado en una cápsula de cristal impenetrable que lo aislaba del mundo exterior y que era perfectamente detectable para el subinspector.

Mientras le entregaba a las autoridades penitenciarias, Samuel se sintió como Poncio Pilatos lavando sus manos de sangre inocente.

En el viaje de vuelta de Estremera a Madrid llamó a Inés para acordar una visita a Óscar Osorio, cuya figura implacable parecía alzarse sobre el futuro de los vivos y las tumbas de los muertos.

Ahora estaban delante del luchador de sumo en que parecía haberse transmutado la anterior apostura de Osorio, cuya mole de ciento treinta kilos pensaban ambos que le iba a costar mucho levantar de su puesto estratégico ante el televisor.

El Castillo ya había publicado la foto de Cisneros y Laura acostados en la que brillaba la pulsera grabada con el nombre de Priscilla en la muñeca de ella. El resto del material de carácter más obsceno se guardaba para más adelante, dosificando la información que iba a mantener a los lectores enganchados.

Inés y Samuel no dudaban de que Osorio iba a publicar las fotografías de carácter más íntimo aunque atentaran contra la privacidad y que las consecuencias de ello ya estarían siendo estudiadas por el gabinete jurídico de su difunta letrada.

Dios no tendría ningún escrúpulo en divulgar esa información tan sensible si sus abogados le garantizaban que la publicación no sería secuestrada. De todas formas, la fotografía difundida suponía de facto la condena del poeta ante la opinión pública.

—Ustedes dirán, señores —empezó con tono displicente cambiando de canal y sin mirarles a la cara.

Espino le hubiera fulminado con la mirada de haberse cruzado con la de su forzado anfitrión, pero en su lugar se cruzó con la sumisa del secretario, que pasaba en ese momento por delante de él después de haber preguntado a su señor si precisaba algo y que salió precipitadamente de la estancia, expelido por la electricidad que chisporroteaba en el ambiente.

—No —le espetó Inés—. Usted es el que tiene que decirnos por qué ha tardado dos días en recibirnos.

—Verá inspectora, mi agenda está repleta de citas importantes —dijo de forma hiriente Osorio mientras cambiaba al canal de Castillo TV y seguía sin mirar a sus interlocutores.

Espino dio un paso adelante y soltó el primer latigazo.

—¿Cuándo perdió usted la decencia, señor Osorio?

Dios acusó la embestida, dejó el mando y se incorporó sobre su respaldo, inclinando el tronco hacia adelante y aposentando firmemente sus pies sobre el suelo, como dispuesto a dar un salto en cualquier momento.

Por fin les miraba mientras hacía un esfuerzo por medir sus palabras para que no transmitieran la rabia contenida que sentía por la impertinencia que acababa de lanzarle Espino.

—Mire, yo tengo ya cincuenta y un años. Usted es joven, subinspector, y aún no conoce el verdadero poder de las palabras. Su valor no es intrínseco, sino que lo adquieren en función de hacia quién van dirigidas, a quién quieren adular o demoler.

La voz de Osorio les llegaba ahora algo más aguda respecto a su tono natural, pero esa fue toda la debilidad que se escapó a su control.

—Usted ha demolido a un hombre —lo acusó Espino, cayendo en la trampa.

—En efecto, subinspector, Cisneros será declarado culpable, se pudrirá en la cárcel y yo tendré algo que ver en eso. Pero el principal responsable será él por haber cometido un terrible asesinato que ustedes han debido de ver con sus propios ojos.

Osorio disparaba al corazón de la conciencia de los policías, recordándoles la atrocidad del crimen de la que daba cuenta el cadáver de Laura Laforet.

De momento la policía había conseguido mantener bajo secreto de sumario los detalles del estado en que se había encontrado el cuerpo de la abogada, pero si se filtraban podría esperarse un linchamiento de Cisneros por los propios reclusos de Estremera antes de que hubiese tenido un juicio justo.

– Lo que publico no ha demolido a Claudio Cisneros —continuó Dios—. Las palabras, las fotografías obtienen su poder de los hechos. Ese hombre acosó a varias mujeres, ellas lo testifican. Ese hombre mató a mi abogada por venganza y le clavó un poema suyo en el ojo en el que se puede leer el nombre de Priscilla con que la llamaba cuando eran pareja. Recibimos unas fotografías que así lo atestiguan. ¿Qué más quieren?

—Un juicio.—Inés saltó como un resorte—. Un juicio donde un tribunal lo declare culpable o inocente. Ni usted ni su periódico ni su televisión son jueces ni tienen la potestad para condenar a nadie.

—Su compañero me ha llamado antes indecente y me he callado—dijo muy despacio Osorio marcando mucho las sílabas—. Ahora me acusa usted de querer usurpar las funciones de un juez. Si alguien se presentara en su casa y la insultara llamándola indecente y usurpadora, ¿cómo reaccionaría usted, inspectora Luján?

El magnate controlaba la situación después de las arremetidas iniciales de Inés y Samuel, que se percataban de que la conversación no iba por buen camino. Osorio había construido un muro impenetrable basado en la divulgación de evidencias que ante la opinión pública eran muy difíciles de rebatir. Y eso que Dios ignoraba el detalle del supuesto diario que habían recibido con franqueo de Salamanca.

—¿Quién les entregó el sobre con las fotos de Cisneros y Laforet? —probó Inés.

—Eso ya se lo habrá preguntado a mi hija y le habrá respondido lo mismo que yo ahora. El sobre nos llegó a la redacción de forma anónima. Alguien lo depositó en el buzón del periódico que tenemos en la planta baja del edificio de El Castillo por la que pasan cientos de personas al día. Y a la pregunta de que si tenemos videovigilancia en la entrada le diré que sí, como le habrá dicho mi hija, pero la cámara no barre la zona donde se encuentra el buzón, que queda fuera del ángulo de grabación, por lo que no podemos saber quién dejó el sobre ni creo que si lo supiéramos nos fuera a llevar a algún lado. Quien haya enviado las fotografías habrá tomado sus precauciones para no ser localizado.

Todo eso ya lo sabía Inés, porque se lo había dicho Irina mientras contenía las náuseas, pero buscaba infructuosamente alguna contradicción en la exposición de Osorio.

Por ahí no iban a encontrar nada. La explicación del padre coincidía con la de la hija en todos los detalles y tenía visos de ser verosímil.

—Lo que nos resulta muy extraño, señor Osorio, son las prisas que tiene usted en buscar un culpable, en provocar un juicio mediático sin esperar a que la policía termine sus investigaciones—ensayó otra vez Inés.

—Se equivoca, inspectora, no tengo prisa en buscar un culpable, sino en informar a mis lectores y televidentes, que tienen derecho a conocer los hechos sin filtros. El periodista vive al cabo de la calle y se debe a sus lectores por encima de todo.

Osorio se refugiaba en la hipocresía del rasgamiento de vestiduras del deber de informar, incluso por encima de lo conveniente a la investigación. Era un rompeolas.

—Nos gustaría hablar con Rebeca Quevedo —solicitó de repente Espino.

Bingo.

Osorio se removió visiblemente incómodo por la pregunta y ahora sí que Inés y Samuel escucharon el engranaje de la excusa que estaba fabricando el cerebro de su interlocutor.

Habían encontrado algo.

—Mi mujer… está muy atareada ahora mismo… no se encuentra en casa, lo siento—expresó dificultosamente Osorio—. Si me hubieran avisado de que querían también entrevistarse con ella, se lo hubiera dicho para que estuviera presente. —Ahora el potentado parecía haber encontrado un subterfugio medianamente creíble, pero sabía que su nerviosismo no había pasado desapercibido para el radar de los dos policías.

—Muy bien, dígale que queremos hablar con ella. Gracias y adiós —terminó tajante Inés.

El secretario de Rebeca, visiblemente alterado, apareció de la nada y condujo a los visitantes hacia la salida del palacete. Cuando volvió a la estancia donde se había desarrollado la conversación vio a Osorio levantarse con una agilidad sorprendente a pesar de su molicie.

—Ni se te ocurra hablar a Rebeca de nada de esto —le advirtió Dios en tono amenazante.

Cuando se quedó solo, Óscar extrajo el móvil del bolsillo de su camisa y marcó el número de su hermano.

Mientras esperaba infructuosamente que atendiera su llamada, se acordó de que a esa hora Elías Osorio estaría oficiando misa ante sus feligreses.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

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