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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XVIII

EJERCICIOS ESPIRITUALES

Elías Osorio sintió la llamada de Dios durante la plegaria eucarística, mientras consagraba el pan y el vino para convertirlos en el cuerpo y la sangre de Jesucristo.

Pero no fue como una súbita iluminación mística que transportara su alma a un estado superior ajeno a la vil carnalidad la forma en que experimentó el sublime requerimiento celestial, sino que este se manifestó a través de la no tan inefable vibración del móvil en el pantalón que vestía debajo de su casulla ricamente bordada y confeccionada con los colores amarillo en la parte troncal y rojo en los laterales, de tal manera que no pareciera muy discreta su intención de asemejarla a la bandera patria.

Un gesto de fastidio se dibujó en su rostro mientras elevaba la sagrada forma hacia la cúpula del templo y maldecía a su hermano por no respetar su trabajo. Era el único que osaría importunarle durante la misa, a pesar de que le había transmitido sus horarios.

Óscar debía de tener una buena razón para perder los papeles de esa forma y la celebración se le hizo eterna a fuer de no poder averiguar la causa de tan extemporánea apelación telefónica.

Quizás, como sacerdote de la iglesia de Santa Marta del Santísimo Sacramento, el padre Elías no debería haberse acelerado tanto durante la impartición de la comunión entre los fieles, hasta el punto de que algún penitente desprevenido que no quisiera recibir la oblea en mano llegara a atragantarse con la hostia consagrada que el padre le incrustara hasta la campanilla.

Por este motivo y algunas cosillas más que le afligían, relacionadas con la rumorología en torno a la llevanza de las cuentas de su parroquia, el sacerdote terminó la accidentada ceremonia con un tremendo dolor de cabeza que lo acompañó hasta la sacristía, donde se lanzó a por una aspirina efervescente que combatiera el advenimiento de la migraña que lo martirizaba.

El sonido del comprimido al disolverse le hacía cosquillas en el oído y lo relajaba. Acercó la oreja al vaso para escuchar mejor el crepitar de las burbujas de ácido acetilsalicílico y se lo bebió de un trago, encomendándose al divino fármaco.

La de Elías fue una vocación tardía que se despertó tras una juventud no muy ejemplar en la que destacó por su afición al juego y a la promiscuidad. En Óscar, cinco años mayor que él, tampoco pudo encontrar una referencia. Cuando Elías cumplió trece años, su hermano empezó a estudiar Periodismo y a despegarse del núcleo familiar, y cuando él empezó a estudiar Empresariales, Óscar ya había terminado su carrera para empezar a ejercerla con nulo éxito.

Elías abandonó sus estudios universitarios en segundo curso, desmotivado, desnortado y sin planes concretos, hasta que por un giro absurdo del destino, a través de un amigo que había cosechado en la Facultad y que tenía inquietudes religiosas, empezó a frecuentar, primero por distracción, después por curiosidad y finalmente interesado, parroquias relacionadas con el Opus Dei.

Desde el primer momento encontró puntos de referencia en un entorno donde se sentía seguro y bien acogido. Con veintidós años entró en el Seminario Conciliar de Madrid y tras la etapa propedéutica, de la mano de un guía espiritual del que guardaba un recuerdo agridulce y de cuya mano descubrió lo que por aquel entonces Elías interpretó como vocación, inició los cinco años de estudios obligatorios que, divididos en dos años de Filosofía y tres de Teología, culminaron en la etapa pastoral en la parroquia de Santa Marta que ahora dirigía como titular, puesto al que accedió procedente de otro destino que tuvo que abandonar.

Sin embargo, cada vez que el padre Elías recordaba esa etapa de su vida, lo cual hacía cada vez menos, le invadía una especie de alienación interna que le impedía reconocerse plenamente en las decisiones que tomó hace muchos años y que culminaron en su ordenamiento como sacerdote.

No es que perdiera la fe con el tiempo, sino que estaba convencido de que nunca la había tenido y que su vida quedó fatalmente determinada por un discernimiento espiritual que ahora consideraba una especie de obnubilación de un joven que aún no había desarrollado plenamente su personalidad.

El padre Elías bien pagó por su error durante los ocho años en que, ya como sacerdote, pudo guardar a duras penas el voto de castidad, no sin pasar por una discreta investigación interna motivada por la denuncia de una familia que había enviado a su hijo a catequesis y que no prosperó tras la intermediación de altas jerarquías eclesiásticas.

No obstante, y ante lo turbio del asunto, Elías fue amonestado con severidad, apartado de sus responsabilidades sacerdotales y enviado durante un año a un retiro meditativo donde se afanó en ejercicios espirituales de la mano de un riguroso director experto en rehabilitar a curas descarriados por la tentación de la carne.

El asunto se solventó con un cambio de parroquia y desde entonces estaba a cargo de la de Santa Marta, en pleno barrio de Salamanca de Madrid, donde se desarrolló el primer año de su etapa pastoral y a la que se le destinó por el buen recuerdo que se guardaba de él. O al menos eso le dijeron, sin que nadie entrase a considerar como motivo clave de la elección el elevado número de kilómetros que separaba la actual de su anterior parroquia.

En realidad lo que aprendió el padre Elías durante su retiro forzoso no fue a reprimir los impulsos carnales, ni tan siquiera a sublimarlos, sino a ocultarlos.

Tras su reincorporación a la rutina eclesiástica, emprendió una vida disoluta al margen de su sacerdocio, porque su lucidez le avisaba de que no podía seguir refrenando sus instintos primarios, que habían motivado su obligado enclaustramiento reflexivo.

Curiosamente el lazo entre hermanos se fortaleció cuando la carrera periodística de Óscar se disparó.

Los contactos en el Opus Dei de Elías le venían muy bien a Dios, que los usó sin ningún tipo de pudor. Además, a medida que la relación con Rebeca Quevedo se iba enfriando, Óscar reconoció en la promiscuidad de su hermano un gen común que hasta ahora había pasado inadvertido para ambos.

Los cinco años que los separaban y que eran un mundo en su juventud se habían convertido ahora en poco menos que irrelevantes, sometidos al común denominador de una vida tan secreta como disoluta que era manejada con absoluta discreción por los responsables de los lugares que frecuentaban, bajo suculentas compensaciones que casi siempre costeaba Óscar.

Cuando el padre Elías sintió que la aspirina empezaba a hacer efecto, devolvió la llamada a su hermano.

—Si se me hubiese olvidado poner en silencio el móvil, hubiera hecho el más espantoso de los ridículos —le recriminó.

—Lo que tendrías que hacer es liberarte de las misas y dedicarte a otras cosas. —La conminación de Óscar le hizo daño, sobre todo porque el borrón de su pasado le impedía no solo ascender en la escala eclesiástica, sino que le encomendaran otras responsabilidades relacionadas con la docencia y la formación espiritual en seminarios, que le seducían porque le apartarían de la celebración de ritos y procesiones que cada vez le agobiaban más.

—Supongo que no me habrás llamado para eso, Óscar.

Osorio se concedió diez segundos para ordenar sus ideas y su hermano los respetó.

—Necesito que me ayudes en dos asuntos —empezó—. El tema del asesinato de Laura me está causando muchos quebraderos de cabeza. Hoy he tenido que soportar a dos policías, un hombre y una mujer, que están poco menos que acechándome. Son los que están a cargo del caso. Una inspectora de mirada extraña y un tipo delgado y muy alto. Digamos que me tomé un par de días para investigar un poco sobre ambos y he dado con un dato curioso que puede hacerles recapacitar sobre su afán inquisidor en mi contra. Resulta que el subinspector, un tal Samuel Espino, tiene una hermana que profesa su fe católica como monja contemplativa en el Convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso. —La voz de Osorio había adquirido un tono despectivo que incomodó incluso a Elías.

—¿Tanto te preocupa la investigación? —se extrañó el sacerdote.

—Digamos que no me gusta apartar moscones. Prefiero que me los aparten.

—¿Cómo se llama la trinitaria?

—Sor Guadalupe. Se ocupa de las cuentas del convento.

Elías tomó nota mentalmente y esperó alguna instrucción más.

—Lo que quiero es que la monja hable con su hermano y le haga entrar en razón. El asesino de Laura es Cisneros. Todo el mundo lo sabe, salvo ese par de policías que andan husmeando.

—¿Y el segundo asunto? —Elías parecía un dependiente servil satisfaciendo a su mejor cliente.

—Este es más delicado. Rebeca se está distanciando mucho. Aunque no lo reconozca abiertamente, es creyente, a su modo. Me gustaría que hablaras con ella para que las cosas volvieran a su cauce.

El sacerdote rio para sus adentros. Resultaba irónico que su compañero de prostíbulos le pidiera que se convirtiera en asesor emocional de su mujer para que retornase a la vida conyugal plena.

—Óscar, no creo en Dios, así que no me pidas milagros. De todas formas, conozco a Rebeca y no va a realizar ningún movimiento que te perjudique, porque la perjudicaría a ella también. Estáis más unidos de lo que te piensas. Os atan las escrituras de constitución de vuestras empresas. Y esos lazos son más firmes que los que consagra la Santa Madre Iglesia.

A Dios le hubiera encantado creerse lo que le decía su hermano. No obstante Elías desconocía cierto detalle.

Un mes antes de su asesinato, Óscar había ordenado a Laura Laforet que hablara con Rebeca para modificar el reparto de participaciones en sus empresas. Estaba empecinado en incorporar a Irina como nueva accionista.

La insistente propuesta de Osorio consistía en un reparto proporcional del 33,33 % de las acciones para cada uno, lo que dejaría el control de toda la estructura corporativa en manos de padre e hija.

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