¿Te parece interesante? ¡Compártelo!
El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XX

EL PRISIONERO DE ESTREMERA

El Chevrolet Camaro de Samuel Espino volaba por la A-3 camino de la cárcel de Estremera.

En el asiento del acompañante Inés veía cómo dejaban a su derecha Santa Eugenia y luego a su izquierda Rivas-Vaciamadrid y Arganda del Rey mientras el deportivo marcaba una velocidad muy por encima de lo permitido. Pasaron Perales de Tajuña y Villarejo de Salvanés, tomaron la salida 62 y siguieron por la M-240 y la M-241 hasta llegar a su destino.

El centro penitenciario estaba a casi 80 kilómetros de la capital y los últimos casi doce había que recorrerlos por carreteras secundarias. Emplearon 38 minutos en llegar a las puertas del centro penitenciario con Inés conteniendo los avisos de su estómago revuelto y mirando de reojo la impoluta tapicería del deportivo.

Lo primero que hizo la inspectora al llegar a la prisión fue visitar precipitadamente el baño ante la mirada extrañada de Espino.

El Castillo había tenido acceso a los detalles más macabros de la tortura a que había sido sometida Laura Laforet y los había publicado, con las consecuencias que se temían.

Cisneros había sido agredido por un preso, a pesar de estar en un módulo teóricamente aislado junto con otro recluso de confianza para evitar ataques o autolesiones.

Osorio se había convertido en un tanque que tenía como exclusiva misión la de aplastar a Cisneros y todo apuntaba a que lo iba a conseguir.

Según les dijeron, el ataque se había producido en el patio durante un paseo de esparcimiento. Al poeta le habían intentado clavar un cuchillo que afortunadamente resbaló con la hebilla del cinturón. La hoja no había producido más que un corte superficial que no exigía traslado al hospital.

El Cisneros que apareció al otro lado del cristal del locutorio era otro. Llevaba una semana en Estremera y parecía que le habían arrebatado con la libertad las ganas de vivir. Andaba muy despacio y tenía moratones en la cara de los que no tenían noticia Espino ni Inés, que estaba pálida y de nuevo sobrepasada por la situación.

El subinspector hizo una señal a Cisneros para que activara el intercomunicador de su lado del cristal.

—No me han dicho nada de los moratones en el cuello y en los ojos —empezó Samuel, abatido.

El escritor no mostraba ningún interés en comunicarse, ensimismado en un reflejo del cristal que lo aislaba, como ajeno no a su interlocutor, ni a la prisión, sino al mundo.

—Por favor, señor Cisneros —rogó el subinspector—, pulse el interfono.

Como no reaccionara, Inés dio unos golpecitos en el cristal. El poeta levantó la vista y miró a los dos, un poco más a la inspectora, a quien no conocía, y con cierto afecto a Samuel.

Activó el intercomunicador por fin y habló con voz quebrada.

—Nunca quise terminar mis días en una residencia de ancianos, y creo que lo voy a conseguir—dijo con ironía—. La senectud es una trampa que aguarda al final del camino, por más que estemos advertidos. Tengo unos amigos que se compraron un piso hace cincuenta años. Un tercero sin ascensor. Lo han vendido para ir a pasar su vejez a una residencia concertada. Es un final muy poco romántico para una historia de amor que les juro que merecería novelarse, o al menos un poema a la altura de estos dos ancianos que se creyeron inmortales y de acero y han devenido en decrepitud y hierro oxidado.

Espino le dejó divagar porque sentía que el autor necesitaba evadirse del ambiente opresivo que se respiraba allí.

—¿Cómo se encuentra, señor Cisneros? —intentó empatizar Inés.

El escritor le dirigió una mirada extraviada, como si experimentara una turbación que no era capaz de desentrañar, y volvió a sumirse en su mutismo.

Era evidente que el poeta no iba a abrirse fácilmente a un diálogo tras el trauma que había experimentado por la agresión.

El Castillo ha publicado más fotos suyas con Laura Laforet —empezó Samuel—. Unas fotos íntimas de hace unos años. Además de la de la pulsera.—Se exigía a sí mismo ser implacable y eficiente en el interrogatorio.

Cisneros esbozó una rara sonrisa.

—Hay una novelita de Corín Tellado titulada Tu pasado me condena. Parece ser que el mío a mí también. —El preso miraba a Samuel desde el fondo del infierno.

De repente, desactivó el micrófono del intercomunicador y se tapó la cara con las manos. Las convulsiones denotaban que estaba intentando retener el llanto. Fueron quince segundos que los policías vivieron con recogimiento.

Cuando Cisneros se recuperó, dijo algo que dejó a Inés y Samuel sumidos en el más absoluto desconcierto.

—Después de la desaparición de Laura, recibí un sobre con esas fotografías. Ella las tenía guardadas y yo las había intentado borrar de mi memoria. A partir de ahí sabía que era cuestión de tiempo que se divulgaran. No sentí ninguna tentación de avisar a la policía, porque sabía que todo era una trampa mortal contra mí.

El tono de voz del poeta era lúgubre como el de un reo de muerte que detalla su última cena al carcelero.

—¿Cómo llegó ese sobre a usted?

—Mi secretaria lo recogió del buzón. Sin remitente. Sin franqueo. No se molesten en preguntarme más datos. No tengo cámaras de vigilancia. Apenas salía de mi domicilio. Me retiré a Salamanca para sobrevivir, no para ser violado en mi propia casa por unas fotografías antiguas.

El sufrimiento de Claudio Cisneros casi traspasaba el cristal que lo separaba del mundo exterior.

—Ustedes nunca han sentido al determinismo abalanzarse sobre uno mismo. Ustedes nunca han experimentado la impotencia de saber que el final de uno está elegido por alguien que quiere aniquilarlo por completo. No permitir que un escritor escriba su propio final es quizás el mayor dolor que se puede infligir a un creador.

—Su final aún no está escrito, señor Cisneros —intentó animarle Espino.

—Ambos sabemos que sí, Samuel. —El poeta pronunció su nombre con calidez, agradeciéndole implícitamente su intención de darle aliento.

—Necesito que me dé usted su versión de todo esto —le pidió Espino de forma tajante.

—¿Aún no lo ven? Es mi crucifixión social. Desde que desapareció Laura y recibí las fotografías sabía que iba a ser sometido a linchamiento público. Y el soneto clavado en su ojo corrobora todo lo que les he dicho.

—¿Escribió usted los textos del supuesto diario que le mostró Samuel? —Inés intervenía en el interrogatorio de forma decidida.

—El texto 6 es una carta que escribí a Laura al final de nuestra relación. Su asesino la encontraría entre sus papeles y añadió otros textos suyos para completar la performance. No sé con qué intención.

Samuel e Inés sí sabían la intención: que GILDA detectase que ese texto era de Cisneros. La mente de los policías era un hervidero de ideas.

—¿Y la variación del soneto? —inquirió Samuel.

—Sustituir ríos paganos por negros carámbanos encierra una simbología que se me escapa. Es algo que ustedes tendrán que descubrir.

Cisneros pareció sufrir otro acceso de aflicción que hizo mirar a Espino e Inés hacia otro lado con pudor.

El prisionero se recuperó y habló ahora con un color nuevo en su voz.

—¿Conocen ustedes la novela Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé? Laura y yo la leímos cuando estábamos juntos. Nos sentíamos identificados con los personajes, ella con Teresa, la chica de la alta burguesía catalana, y yo con el Pijoaparte, el ladronzuelo que se hacía pasar por obrero revolucionario para conquistarla.

Es una historia triste y maravillosa. El elixir de la pasión es muy poderoso. Esa enseñanza ya estaba en la Celestina. El filtro de amor hace que bebamos veneno como agua o comamos carroña como carne. La novela prometía un final legendario, pero su conclusión carece de épica. Es gris. Eso nos parecía a Laura y a mí. También nuestro final ha sido no ya gris, sino negro.

Sin saber por qué, Inés y Samuel sintieron que la conversación había terminado.

Miraron a través del cristal la imagen doliente del escritor y le dirigieron unas palabras de despedida.

Cuando se levantaban, Claudio Cisneros posó su mano en el vidrio a prueba de balas de forma tan imperiosa como delicada, reclamando la última atención. Se acercó mucho al cristal para que se le escuchara sin altavoz.

Lo que imploró mientras le miraba intensamente dejó a Espino con el corazón helado.

—Acuérdate de lo que te mostré en Salamanca. Y de lo que no.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo 1

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo II

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo III

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo IV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo V

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo IX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo X

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIV

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XV

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVI

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIX

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXVI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXVII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXVIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIV

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXVI

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXVII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXVIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIX

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XL

¿Te parece interesante? ¡Compártelo!