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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXII

DIARIO DEL ASESINO

SEGUNDA ENTREGA

Día 7

Ellas, las palabras, siempre serán un obstáculo para vosotros.

Y lo digo yo, que soy el maestro de las palabras, el que las usa, las exhibe, las disfruta y las repudia cuando se sacia de ellas y las abandona a su suerte, sin querer saber nada más de su destino, dejándolas a merced de los ojos bóvidos o de las miradas incisivas de sus lectores, sometidas al juicio bobalicón o perspicaz, suplicantes, incluso orantes por encontrar un corazón inteligente que las acoja o un prado verde donde tumbarse para que un sol implacable deseque su carne y las condene o purgue sus pecados y las haga santas.

Pero las palabras son rameras que se cobran almas. Se ofrecen para vender la médula de la verdad o el tuétano de la mentira. Porque para eso han sido creadas: para decir te quiero y clavar el puñal de la traición en el costado o para decir te odio y morir de amor.

Ante las palabras podemos hincarnos de rodillas para elevarlas a los altares de la excelsitud, pero también podemos meterles mano de forma indecente y grosera, porque en su esencia está el abrirse paso en el aire declamadas por un grandioso poeta o arrastrarse en la tinta del panfleto del mentecato más rastrero, o vibrar en la garganta del mejor tenor o ser aulladas por un reo miserable que pide que no lo ejecuten.

Son las mismas palabras, pero cuidadas por el talentoso o maltratadas por el mediocre son capaces de transmitir belleza o vulgaridad, según quién las acaricie o sobe.

La palabra asesinato, por ejemplo, es susceptible de ser usada, manejada, manipulada, vejada, forzada para someterse a la voluntad del que la usa o al entendimiento de quien la lee o escucha. Y ella, sirviente fiel y poliédrica, adapta su significado a cualquier interpretación particular, porque su esencia es vibrar, temblar en el estrecho y mortal filo que separa el concepto de la praxis.

¿Qué es matar? ¿Quitar una vida? ¿Acaso un león no acaba con la existencia de una pequeña gacela recién nacida? Y sin embargo no condenáis al félido felón, porque consideráis que es un ser irracional que mata para comer. ¿Pero acaso no os habéis preguntado si el instinto de matar es innato a los animales? ¿Acaso hay diferencia entre matar para comer o matar por placer? ¿Vuestros hijos se comen las hormigas cuando las dejan ahogarse en su saliva? ¿Sentís placer si coméis un asado de cordero cuando podíais comer una manzana?

¿Y qué hay del deseo asesinado? ¿Dónde se desangran las razones mutiladas? ¿Sabéis donde están enterradas las esperanzas ejecutadas?

Tenéis miedo de las palabras, porque las palabras os traicionan y os desnudan. Pero os fascina su poder. Y os embelesa la hipnótica danza a la que las lanzo para someteros ante ellas.

¿Por qué, si no, me estáis leyendo? ¿Por qué dejáis al orfebre de las palabras provocaros? ¿Por qué os entregáis al engaño de creerme o a la verdad de mentiros?

Soy el maestro de las palabras.

Inclinaos ante mi fulgor.

Día 8

La prepotencia es directamente proporcional a la incompetencia.

Estáis seguros de que podéis descubrirme a través de mi escritura sin daros cuenta de que manejo los hilos de las marionetas que sois en mis manos.

Ahora estáis en estado de shock. Habéis presenciado el horror. El dolor atenaza vuestros corazones y apenas sois capaces de reponeros de la barbarie sin daros cuenta de que vuestra civilización se ha construido sobre ella.

El hombre conquista sus sueños con la guerra. Así ha sido siempre desde los albores de la sobrevalorada humanidad. Pero mi guerra no está emprendida para ocupar territorios, no pretendo arrebataros nada material, no me importan vuestras posesiones ni vuestras riquezas ni vuestros seres queridos, todo eso es efímero y más volátil de lo que estáis dispuestos a reconocer ante vuestras acomodadas conciencias.

Lo que pretendo es robaros algo que nunca podréis recuperar, aunque yo desaparezca: vuestras certezas.

Y la mayor de vuestras certezas es vuestra escala de valores. No queréis caminar por el pantano por miedo a hundiros en el fango. Pero yo me elevo sobre él y sobre vuestra moralidad.

Algún día descubriréis cuánta belleza hay en la muerte, como yo he descubierto cuánta hay en la venganza.

Día 9

Se sorprendió mucho cuando la abordé en el Retiro. Cuando la vi pasar corriendo, me situé detrás hasta alcanzarla y situarme a su lado. Me sonrió y me dijo entre jadeos que jamás me hubiese imaginado haciendo running. La animé a adentrarnos por unos caminos más escondidos con la intención de ir creando una atmósfera de confidencialidad que me permitiese ofrecerle la bebida isotónica que había preparado para ella convenientemente adulterada.

Agradecí la lluvia fina que espantó a los corredores y nos dejó a solas, guareciéndonos bajo un árbol.

Bebió confiada.

Vencer la voluntad de una persona es más fácil con química que con argumentos.

Laura me siguió como un perrillo faldero.

Día 10

La vida es sueño, cierto.

El hombre pasa un tercio de su existencia durmiendo, y aun así gran parte del tiempo de la vigilia lo emplea en banalidades que no apuran el fascinante licor de la vida que le ha sido dado a probar hasta hartarse.

Se vive más cuanto más consciente se es de la sensación de estar vivo.

Y Laura estuvo más viva que nunca durante los días que pasó conmigo luchando por su existencia y aferrándose a su vida, sintiéndola más que nunca a través del intenso padecimiento que la infligía.

Fue tal vez un regalo que ella no se merecía, ya que al menos tuvo la oportunidad de rogar, de suplicar, de implorar, de recordar a sus seres queridos mientras sentía cómo le arrancaba la vida y alargaba su agonía, proporcionándole la sangre y el aire que la faltaba, ensañándome en arrebatarle cualquier atisbo de dignidad a su muerte.

Incluso le di la ocasión de defenderse, de golpearme o de arañarme y, cuando nada de eso funcionó, al menos de insultarme y escupirme.

Incluso le di la oportunidad de contemplar el rostro de su asesino y explicarle por qué la estaba matando de forma tan inhumana.

Nunca en su vida Laura estuvo más viva que entre mis brazos mientras se sentía traspasada por la pasión con que destrozaba su cuerpo.

Día 11

Quien no reconozca que Mozart es el más eminente compositor merece ser condenado al averno.

La creencia en su cercana muerte produjo en el genio de Salzburgo una febril creatividad volcada en culminar su famoso Réquiem, que sin embargo quedó inconcluso a partir del Lachrimosa, cuyos ocho primeros compases fueron la última y más hermosa música que escribió.

Por la muerte nace la espiritualidad más sublime; de la más insondable tristeza nacen los más esclarecidos poemas, de la corrupción de la carne surge la elevación del alma, desde la pérdida se alza el más resplandeciente recuerdo.

De la misma forma, la planificación del ajusticiamiento de Laura produjo en mí un fogonazo de inspiración que se apagará con la última línea de este diario, obra intrínsecamente fugaz e inacabada que sin embargo sobrevivirá a la guadaña del olvido.

Día 12

La inteligencia es un animal salvaje que clava sus dientes en el corazón indigno para vengar al inocente.

Que esta sea mi postrera reflexión, el último compás de la música magnificente y pavorosa de mis palabras.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo 1

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'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo III

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo IV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo V

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo IX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo X

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‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIII

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'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXVI

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'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIII

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‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXV

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‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXVIII

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‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XL

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