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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXIX

LA VALKIRIA

Al día siguiente, mientras Espino iba a visitar a sor Guadalupe, Inés recibió una inesperada llamada de Irina Covaci.

—¿Nos podemos ver en una hora, inspectora Luján? —La voz parecía dar una orden en vez de formular una pregunta—. Donde la vez anterior.

Inés no llegó a decir que sí, porque prefería ir con Espino a la reunión que se le proponía, pero decidió acudir porque no sabía el tiempo que iba a emplear su compañero en la visita a su hermana.

Cuando llegó frente a la imponente mole de hormigón donde se encontraba la redacción de El Castillo, el edificio le pareció más siniestro que nunca perfilándose contra unas nubes que amenazaban tormenta en Madrid.

Tomó el ascensor y la misma recepcionista que la vez anterior, con gesto esta vez más hosco, la acompañó hasta el mirador, donde la aguardaba una sorpresa: padre e hija la estaban esperando.

Era la primera vez que veía juntos a Óscar Osorio e Irina, que dejaron las confidencias y se apartaron el uno del otro cuando vieron llegar a la inspectora, colocándose a ambos flancos de ella, como si la rodearan.

Inés percibió desde el primer momento la tensión que se respiraba bajo el cielo encapotado. Habían pasado más de dos semanas desde su anterior encuentro con la hija de Dios y presentía que la reunión de ahora iba a resultar incluso más dura que la de entonces.

—Ha hablado usted con Rebeca. —Sin saludos ni preámbulos, Irina iba directa al grano y asumía el liderazgo ante su padre, trazando la dirección de la conversación de manera nítida.

—Buenos días, aunque parece que vamos a tener un fuerte aguacero —ironizó Inés mirando al cielo mientras veía con el rabillo de su único ojo cómo Osorio se removía inquieto.

La inspectora recibió como única respuesta el silbido del viento que se adueñaba poco a poco de las alturas. Dios parecía haber asumido un papel secundario, dejando la iniciativa a su hija.

—Inspectora—la voz de Irina parecía la embajadora de la tormenta que se avecinaba —, respetamos su empecinamiento indecoroso en intentar exculpar a Cisneros del asesinato de Laura, pero no nos gusta que la policía hurgue en los asuntos de nuestra familia.

Cuando Inés oyó lo de nuestra familia, la melodía de El Padrino empezó a sonar en su cabeza.

—¿Para eso me has llamado? —El tono de Inés también presagiaba rayos y truenos —. ¿Qué tal llevas tu embarazo?

Irina tenía solo veinticuatro años, pero parecía haberse despeñado hasta los treinta desde la última vez que se vieron. La sensación que transmitía a Inés ahora era de impotencia y de un terrible sufrimiento.

—La mujer de mi padre cree que alguien intenta implicarla en el crimen de Laura —continuó Irina obviando la pregunta —. Creo que es una idea que usted le ha metido en la cabeza y no va por buen camino por ahí, inspectora.

Osorio permanecía en el más absoluto mutismo, mirando al suelo o al horizonte alternativamente y preso de una gran zozobra. Dios parecía haber perdido su halo divino y mutado en un ser humano vulnerable.

—Nuestra investigación sigue su curso —respondió en tono aséptico, desesperando a su interlocutora —. Hablaremos con la condesa de Argenta todas las veces que sea preciso y con cualquiera otra persona que consideremos que puede aportar luz al caso.

La inspectora intentaba ganar tiempo hasta saber lo que Rebeca Quevedo había contado a padre e hija de su conversación con ella y Espino, especialmente si les había revelado la implicación de Federico Fontana en el crimen. Si esto era así, sus indagaciones volverían a estar comprometidas, sometidas al viento interesado de lo que publicara Osorio. Confiaba en la inteligencia de la condesa, que enseguida se vio ratificada por las palabras de su marido, porque Dios, intentando desprenderse del envaramiento que lo lastraba, entró a trompicones por fin en la conversación.

—Inspectora Luján —su voz, tensa y cansada—, no sé lo que le ha contado a mi mujer, y desconozco la información de que usted dispone y el interés que la guía. Lo que sé es que lo que he construido lo he hecho desde el barro. Y ahora estamos a más de ciento cuarenta metros del suelo. Ni usted, ni nadie va a jugar con mi futuro ni con el de mi hija ni con el de mi nieto.

—Señor Osorio, mi departamento se limita a interrogar a quien considera oportuno, se lo repito. —Inés lanzaba el anzuelo y el pez seguía cayendo en él.

—Me gustaría que la policía dejase de disparar hacia donde no debe. Yo soy la víctima. Cisneros ha asesinado a mi abogada. Y porque no ha podido hacer lo propio conmigo. Tienen al culpable entre rejas y se dedican a molestarme a mí y a los míos intentando desestabilizar mi organización empresarial. Donde usted está excavando en busca de no sé qué solo hay muchos años de trabajo.

Y muchas meretrices, pensó Inés.

La condesa había sido muy astuta y había hablado solo lo necesario para intimidar a su marido. Probablemente había amenazado a Óscar con cesarle de todos sus cargos, incluida la dirección del periódico y la televisión, si pretendía incriminarla en el asesinato de Laura Laforet, sin darle más detalles.

Inés estaba convencida de que ni Osorio ni su hija pretendían eso, pero en la mente de Rebeca se había forjado la idea de que si las averiguaciones de la policía llegaban a manos de padre e hija, no dudarían en extorsionarla con ponerla a los pies de los caballos de sus medios de comunicación si no accedía a la modificación del accionariado, aunque luego no se pudiese demostrar su culpabilidad. Rebeca sabía bien del juicio de los telediarios y de lo que eso podría suponer para sus marcas comerciales, que nada importaban a su marido e Irina. Y de esa extorsión sí que Inés veía capaces a sus dos interlocutores.

La inspectora creía tener una posición privilegiada para contemplar el choque de trenes y ver qué ocurría en el hasta ahora sosegado y armonioso imperio mediático.

Si se colocaba en la mente de Osorio, pensaba que el magnate estaría consumido por el nerviosismo, porque su jugada maestra se le había ido de las manos. Suponía que tenía controlada la voluntad de Rebeca y que la aristócrata no se opondría al nuevo reparto de acciones si se dejaba fuera de él a la empresa de su línea de complementos, joyería y lencería, que Osorio valoraba como el peaje que debía pagar por seguir desarrollando el periódico y la televisión. Pero había subestimado a su mujer, a quien pensaba que podría recuperar haciéndose perdonar sus deslices.

Y además el magnate desconocía la implicación del hijo del gurú personal de Rebeca en el crimen y que ese hecho, coincidente con la propuesta de la incorporación de una nueva socia y la modificación del reparto de las acciones, había disparado todas las alarmas en la aguda mente de la condesa.

Todo esto pensó Inés en cinco segundos antes de que la voz de la hija de Dios la sacara de sus cavilaciones.

—No nos infravalores, inspectora. —Irina la volvía a tutear—. Mi madre murió de una sobredosis de heroína cuando yo era solo una niña de diez años. Aunque Óscar Osorio no sea mi padre biológico, es mi verdadero padre. No me abandonó, me crio y además estuvo buscando al malnacido que inició a mi madre en el consumo de drogas hasta que tuvo que dejar de hacer preguntas porque la mafia rumana lo amenazó con unas fotos mías. Pero ni él ni yo olvidamos jamás esa misión y cuando pudimos, la retomamos.

Mientras hablaba, Irina no dejaba de mirar a Osorio, que intentaba disimular el temblor que invadía su cuerpo. Inés se dio cuenta de que estaba recibiendo una información muy sensible. Padre e hija le abrían las puertas de su infierno interior, pero no para hacerla partícipe de su sufrimiento, sino para cerrarlas detrás de ella.

—Cuando mi padre se convirtió en lo que es hoy —continuó Irina —, volvimos a apretar los resortes adecuados. ¿Sabes, inspectora, con qué facilidad el dinero pone la cabeza de alguien en bandeja? Al asesino de mi madre, porque eso es lo que fue, ya lo han devorado los gusanos.

Inés veía fuego en los ojos de Irina y lágrimas en los de Osorio. Estaba sin capacidad de reaccionar ante una confesión que no admitía preguntas ni pruebas. Pero que era una amenaza.

—Además, inspectora, el poder te permite hacer amigos. Y nosotros hemos hecho grandes e íntimos amigos.

De repente, un hombre alto y corpulento surgió desde detrás de una de las torretas que coronaban la azotea. Llevaba un traje de marca con camisa blanca y el pelo muy corto. Se situó al lado de Irina y acarició su tripa sin dejar de traspasar con la mirada a Inés, que intentaba no mirarlo fijándose en el Rolex que lucía.

—Inspectora, te presento al padre de mi hijo. No necesitas saber su nombre, solo que tiene muchos amigos.

Inés se protegió del miedo que empezaba a inundarla haciendo sonar en su mente La cabalgata de las valkirias, de Richard Wagner.

—¿Quieres tomar algo para celebrar el aumento de nuestra familia, inspectora Luján? —le ofreció la valkiria.

Inés ni siquiera respondió. Se dio la vuelta y se metió en el ascensor, buscando la seguridad de la calle, tan lejos ahora.

Si hubiese leído la definición de valquiria o valkiria en el Diccionario de la lengua española de la Real Academia, la inspectora se hubiese sentido aún más angustiada:

Cada una de ciertas divinidades de la mitología escandinava que en los combates designaban los héroes que habían de morir, y en el cielo les servían de escanciadoras.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

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