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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXXII

CHAT

La inspectora Luján se salvó milagrosamente de la muerte por segunda vez en su vida.

Los quince metros que la separaban de su coche fueron suficientes para librarla de gran parte de la metralla, y la que la alcanzó no llegó a afectar a órganos vitales.

Las heridas más importantes las sufrió en su pierna derecha, de la que tuvo que ser operada de urgencia para extraerle varios proyectiles que se incrustaron en su muslo, rozando la femoral y la safena.

Algunas esquirlas impactaron en la pelvis, el abdomen y los brazos y la onda expansiva la derribó contra el suelo. Aunque el golpe le produjo un traumatismo severo en la cabeza, durante la caída su hombro chocó contra un árbol que amortiguó el golpe.

Peor suerte que Inés corrieron cinco transeúntes que se encontraban más cerca de su vehículo que ella y que ahora estaban en cuidados intensivos con su vida pendiente de un hilo.

Después de diez días ingresada, la inspectora volvió a su casa y llevaba cuatro en ella recuperándose sin ninguna incidencia negativa.

Parecía que todo se hundía alrededor de Inés y Samuel. Se sentían sometidos al poder de Osorio, del que no dudaban que estaba detrás del atentado contra la inspectora aunque no tuvieran pruebas.

Ahora ella estaba hablando por teléfono con Espino, que ya se había reincorporado a su trabajo para intentar espantar a la depresión que lo acorralaba.

—No te has librado de morir por casualidad, inspectora. Podían haber activado la bomba lapa cuando estabas mucho más cerca de tu coche o subida en él.

—Sé que es un aviso muy serio, Samuel. Y que son capaces de cumplir sus amenazas. Y también sé que por no asesinarme a mí, pueden asesinar a otras personas.

La voz de Inés sonaba cansada y sombría y Espino despidió la conversación después de que ella le confirmara que la evolución de las heridas era positiva.

El subinspector se disponía a leer algo antes de irse a dormir cuando el móvil lo avisó de un mensaje de WhatsApp de un número que no figuraba entre sus contactos.

Buenas noches.

Samuel pensó que era un error.

—Hola, ¿quién eres? Creo que te has equivocado.

No me he equivocado, subinspector Espino.

Samuel se puso en alerta. Pensó en llamar a la Brigada Central de Investigación Tecnológica para localizar la ubicación del teléfono.

Sé lo que está pensando. Olvídese. Tengo activada una VPN que enmascara mi dirección IP y garantiza mi anonimato. Si me busca, puede que me localice en una dirección virtual en Londres o Nueva York. No pierda el tiempo. Tampoco en averiguar el titular de esta línea. Le he tomado prestado el móvil.

Samuel percibió enseguida que se encontraba ante alguien que había estudiado concienzudamente la seguridad del chat y desechó la idea de localizar la llamada para concentrarse en averiguar la identidad de su interlocutor.

—¿Quién eres?

¿De veras que no lo sabe?

La intuición de Samuel le susurraba quién era el que le estaba escribiendo, pero su racionalidad se negaba a aceptarlo. No podía ser.

¿Se ha quedado mudo, subinspector?

Espino transpiraba cuando escribió la pregunta.

—¿Eres el asesino de Laura Laforet?

La respuesta tardó en llegar. Fue corta y eso significaba que el redactor había modificado el mensaje.

No fue un asesinato, sino una ejecución.

Espino sintió un escalofrío cuando se dio cuenta de que estaba cara a cara frente al Poeta, que volvió a escribir.

¿Se encuentra bien? ¿Tiene miedo? No se preocupe. A usted no lo voy a torturar.

Samuel estaba petrificado, buscando la fuerza y la inspiración para intentar dirigir la conversación hacia una dirección que le brindase alguna luz.

—¿Por qué la mataste?

La respuesta fue rápida.

Por venganza.

—¿De qué te vengaste? ¿ Qué te hizo?

Un largo silencio. Un minuto. Dos. La respuesta apareció en una dirección inesperada.

Usted sabe lo que es el dolor.

El pulso de Samuel se aceleró. Consiguió escribir algo que le fuera útil.

—¿Me conoces?

Treinta segundos. Un minuto.

Sé que me busca. Aquí me tiene. Siga preguntando lo que quiera. Es usted un privilegiado.

Espino sentía que lo era.

—¿Por que te ensañaste con Laura?

Respuesta rápida.

Antes ella se ensañó conmigo.

El subinspector se estaba recomponiendo poco a poco y formulaba ahora dos preguntas transcendentes.

—¿Por qué mataste a Federico Fontana? ¿Era tu cómplice?

Un minuto. Dos minutos. Tres.

Fede era una gran persona. Sin él no hubiese podido ejecutar mi venganza. Era anestesista y sabía manejar bien el nivel de consciencia para hacerlo coincidir con el del dolor.

Otra pregunta importante.

—¿Por qué quieres culpabilizar a Cisneros?

La respuesta, rápida e inesperada.

Para ejecutar mi venganza.

Espino quiso insistir.

—¿Qué hicieron contra ti Laura Laforet y Claudio Cisneros?

Después de cuatro minutos, cuando pensaba que ya no habría respuesta y Samuel se disponía a enviar el número de teléfono de su interlocutor a la BCIT para que averiguara a nombre de quién estaba la línea, llegó otro mensaje que cambiaba el escenario.

¿Qué piensa de la muerte, subinspector?

Espino entró en el juego del Poeta, intentando averiguar algo a través de su forma de escribir.

—La muerte solo existe para los vivos. Los muertos ni la viven ni piensan en ella.

Por eso no es tan terrible. Lo terrible es el dolor. Vengarse de alguien matándolo no sirve de nada. Debe pagar por el dolor que ha causado antes con mucho más dolor. La ejecución de Laura fue una obra de arte del tormento. Que se pudra en el infierno no me sirve de nada. Su pasión permanecerá para siempre en mi espíritu y me confortará.

Samuel no quería entrar en el juego que le proponía el Poeta y que derivaba hacia el contenido de la segunda parte del diario del asesino. No tenía nada que perder si lo presionaba.

—Si asesinaste a Laura Laforet, mi deber es detenerte. No voy a permitir que Cisneros pague por algo que no hizo.

Cisneros es culpable. Como Laura. Y también pagará.

—Será culpable si un jurado lo declara culpable.

No creo en la justicia de los jueces, yo imparto la mía.

Samuel veía aflorar poco a poco la personalidad del psicópata. Intentó ir por otro lado.

—¿Has cumplido ya tu venganza? ¿O vas a seguir asesinando?

Respuesta rápida. Emoticonos de carcajadas.

Lo sabrá pronto.

Samuel se quedó helado, temiendo otro crimen atroz que parecía anunciarle el Poeta.

Sin tiempo para formular otra pregunta recibió una revelación inesperada.

Sé que piensa que soy un psicópata, pero en realidad soy un melómano. Pronto escuchará el Réquiem de Mozart gracias a mí. Espero que lo disfrute.

Espino se bloqueó porque no sabía a qué se estaba refiriendo su interlocutor. Empezó a hiperventilar cuando leyó el siguiente mensaje.

¿Cuál sería su último deseo antes de morir?

Sin saber por qué, Espino se encontró diciendo la verdad.

—Que alguien depositara un ramo de crisantemos negros en mi tumba y leyera ante ella un pequeño poema de Claudio Cisneros titulado Templo del Silencio.

No existen crisantemos negros.

—Lo sé, por eso pido ese deseo, porque es imposible. La flor de los cementerios nunca se viste de luto. Me conformo con el poema.

Espino se encontraba en un estado previo al pánico que lo hacía mostrarse desafiante frente al asesino. El Poeta parecía estar señalándolo como su próxima víctima.

Hubo un larguísimo silencio al otro lado del chat.

Si muere usted antes que yo, prometo llevarle un ramo de crisantemos y leerle ese poema de Cisneros.

Después de su arrebato lírico, Samuel se atrevió a preguntar lo que lo desasosegaba.

—¿Me estás amenazando?

Nunca amenazo. Solo ejecuto. Como hoy.

Espino sintió un ruido a sus espaldas que le hizo dar un respingo y un gran bote en el sofá.

Solo era un libro de su estantería apoyado en otro que se había deslizado hasta la posición horizontal por la fuerza de la gravedad.

El subinspector sacó fuerzas del terror para escribir con mano temblorosa otro mensaje.

—¿Qué quieres decir?

Samuel esperó cinco minutos para asegurarse de que el Poeta había dado por terminada la conversación.

Llamó a la BCIT y dio el número de su interlocutor anónimo.

Cuando le llegó la respuesta, se quedó estupefacto.

El titular de la línea telefónica era el padre Elías Osorio.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

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