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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXXIII

DIES IRAE

Una música encendida y terrible consagraba la noche lujuriosa de la Casa de Campo de Madrid.

Tres patrullas y el Chevrolet negro que las seguía acudieron a la llamada de las prostitutas.

Seis agentes descendieron de los coches de policía y del Camaro surgió Espino para rodearlo con rapidez con la intención de ayudar a salir de él a una maltrecha Inés, que con gesto hosco declinó el ofrecimiento y bajó dificultosamente del deportivo ayudándose de un bastón.

Las luces azules de los vehículos policiales iluminaban la rotonda en que estaban congregados varios grupos de mujeres hablando entre ellas, con los brazos cruzados y los bolsos al hombro, algunas con tacones y otras ya desprovistas de ellos, dando la jornada por terminada con gestos de fastidio y resignadas a prestar declaración.

Mientras sus compañeros procedían a interrogar a las posibles testigos y también a algún cliente despistado y desesperado que maldecía en voz alta su mala suerte, Espino e Inés se dirigieron hacia un sendero lateral por el que caminaron sabiendo que se internaban hacia el horror.

Sus linternas taladraban la oscuridad llamadas y guiadas por la orquesta que atacaba una partitura sobrecogedora mientras el coro cantaba febrilmente un texto que otorgaba a la escena un aire delirante y carcomía el ánimo.

Dies irae, dies illa

solvet saeclum in favilla,

teste David cum Sibylla!

Quantus tremor est futurus,

quando judex est venturus

cuncta stricte discussurus!

Samuel, recordando su latín, traducía mentalmente, alucinado.

¡Día de la ira, aquel día

en que el mundo se reduzca a cenizas,

como predijeron David y la sibila!

¡Cuánto terror habrá en el futuro,

Cuando el juez venga

a dictar su sentencia rigurosa!

La profecía de la misa de difuntos les condujo hasta el vehículo semioculto entre los árboles del que brotaba.

La pantalla de led del ordenador de a bordo informaba de la lista de reproducción de Spotify, compuesta por un solo tema que sonaba en bucle:

RÉQUIEM —WOLFGANG AMADEUS MOZART

Espino miró hacia las estrellas a través de las frondosas copas de los árboles, buscando un bálsamo para su corazón escarnecido.

Conmocionado por sentirse a merced de la voluntad del Poeta, miró a Inés en busca de un asidero que lo salvara del tornado que lo absorbía, pero ella estaba peor que él, cojeando por el terreno irregular, con el rostro crispado en una mueca de dolor, con la linterna temblando ostensiblemente en su mano y evitando fijar la vista en el interior del Land Rover.

Tras el chat con el Poeta, Samuel había puesto en alerta a la policía y se había dirigido a la casa parroquial donde tenía su domicilio oficial el padre Elías, sin localizarlo, cuando sonó su teléfono y la voz de Inés, entre enfadada y alarmada, le recriminó que no la hubiese informado de lo que estaba pasando. Una cosa es que estuviera convaleciente y otra que hubiese quedado inválida.

—Al contrario que tú a mí —continuó airada la inspectora—, yo sí que te hago partícipe de los acontecimientos. La Brigada de Delitos ya me ha comunicado que estás buscando a Elías Osorio. Acabamos de recibir un aviso sobre un crimen en la Casa de Campo. Y me temo que no puede ser una casualidad. Recógeme y por el camino me pones al corriente de todo.

De nada sirvieron los intentos de Samuel por convencer a Inés de que una salida nocturna para investigar un asesinato no era lo más recomendable para su proceso de recuperación. Las quejas del subinspector arreciaron cuando la vio salir muy despacio del portal de su casa y caminar apoyada en un bastón hacia su coche. Solo habían pasado dos semanas desde que había sufrido un atentado del que había salido ilesa, pero con heridas muy serias en su pierna que exigían reposo y cuidados.

Espino salió del Camaro y se dirigió hacia ella protestando.

—Samuel, cállate y haz el favor de abrirme la puerta —zanjó Inés la incipiente discusión.

Durante el trayecto, el subinspector la informó de la conversación por chat que mantuvo con el Poeta y de su infructuoso intento de localizar al padre Elías.

—¿Y a qué esperabas para avisarme de todo esto? —Inés estaba visiblemente molesta.

Espino intentó explicarle que dio prioridad al descanso de la inspectora y no quiso importunarla. Había decidido informarla cuando hubiese esclarecido todo lo relacionado con el chat y con la desaparición del sacerdote.

Inés lo interrumpía constantemente y su indignación iba en aumento a medida que él intentaba convencerla de las razones que habían motivado su proceder, ante cuya imposibilidad el subinspector se concentró en seguir a la patrulla que los antecedía horadando la noche madrileña con su sirena.

La Casa de Campo es cinco veces más grande que el Central Park de Nueva York y el lugar al que se dirigían estaba en lo más recóndito de ella, por lo que el trayecto se le hizo eterno a Samuel. El subinspector soportaba la monodia en que se había convertido la reconvención de Inés, que amenazaba tornarse apocalíptica ante cualquier intento de refutación.

El todoterreno blanco de alta gama estaba ligeramente desnivelado por la orografía de la zona y tenía las puertas traseras abiertas. De su interior surgían unas pantorrillas, atadas con cinta americana y con los pantalones bajados, que sobresalían de manera tragicómica con un zapato puesto y el otro en el suelo.

Las piernas correspondían a un cadáver que estaba boca abajo sobre los asientos traseros del vehículo, con las manos amoratadas atadas fuertemente a la espalda con un cable que se hundía en la piel.

Al difunto le habían incrustado en el conducto anal un crucifijo de hierro negro que contrastaba sobre los glúteos blanquísimos, entre los que se escapaba un río de sangre.

A su pesar, a la inspectora Luján la escena se le asemejó a la acción de un sacacorchos.

La cabeza del violado aparecía cubierta con una bolsa de basura atada al cuello también con cinta americana que presentaba un agujero de bala. Cuando el cuerpo fuera girado, se observaría otro.

Una sangre que pasaba de roja a escarlata a la luz de las potentes linternas teñía la bolsa, la tapicería del coche y resbalaba por la carrocería hasta el suelo.

Tras el levantamiento del cadáver, la autopsia determinaría las trayectorias de dos proyectiles, una que atravesaba el cerebro del padre Elías desde el hueso frontal hasta el occipital, y otra que partía de la nuca, ascendiendo hasta el hueso parietal.

La cabeza presentaba también un tremendo golpe en la sien derecha, propinado para aturdir a la víctima por alguien que habría engañado al sacerdote prometiéndole el cielo para enviarlo sin contemplaciones a los infiernos.

Al dar la vuelta al cuerpo, se observó además una enorme mancha de sangre en la zona púbica donde deberían haber estado los genitales, que aparecieron en un lugar inesperado.

Después de que Inés cubriera de vómito la corteza del árbol junto al que estaba el 4X4, Espino se acercó a ella con unos pañuelos de papel.

—Deberías haberte quedado esta noche en casa, inspectora —le dijo mientras ella intentaba infructuosamente fulminarlo con la mirada.

El departamento de balística confirmaría más tarde que las balas que acabaron con las vidas del sacerdote y del anestesista eran del mismo calibre y habían sido disparadas con el mismo arma a quemarropa.

Pero el forense resaltaría una diferencia significativa entre las muertes de Federico Fontana y del padre Elías, consistente en que en el asesinato del anestesista no hubo resistencia ni ensañamiento y en el del sacerdote sí que se produjeron ambos hechos.

Las muñecas de Elías Osorio presentaban profundos surcos producidos por la presión del finísimo y resistente cable que se había utilizado para maniatarlo. Además, las horrendas heridas cortantes no seguían una sola línea delgada y uniforme, sino que eran más gruesas y tendían a ampliarse de forma irregular, lo que indicaba que el sacerdote había intentado librarse del cable en algún momento.

La cinta americana que rodeaba los pies también había resistido los frenéticos intentos de desasirse de ella, de los que el zapato caído en el suelo daba triste cuenta.

La causa del óbito fue determinada de forma concluyente por el forense tras la autopsia.

—Se trata de una asfixia mecánica por sofocación que provoca un edema pulmonar agudo incompatible con la vida —dictaminaría Delmiro—. La secuencia que se deduce de la necropsia es la siguiente: primero, el golpe en la sien para dejar inconsciente a la víctima y ganar tiempo para atarla y dejarla a merced del asesino; después, en vida, inserción violenta en el ano de un objeto alargado que produce fisuras y desgarros en la pared rectal hasta una profundidad de unos quince centímetros con rotura del esfínter incluida; luego, probablemente, el asesino da la vuelta al cuerpo semiinconsciente, procede a la amputación de los genitales y realiza algún tipo de presión sobre el torso, quizás sentándose encima, lo que produce una segunda trayectoria de desgarro anal compatible con movimientos espasmódicos por dolor o por defensa. Inmediatamente se produce la colocación de la bolsa de basura en la cabeza de la víctima, que sufre convulsiones denotativas de algún nivel de conciencia, lo cual testimonian las contracciones en su cuello que reflejan el intento de sacudirse el plástico que la sofoca, y finalmente el disparo en la frente post mortem. Si el cadáver aparece colocado en decúbito prono es porque el criminal lo da de nuevo la vuelta para asegurase de la muerte con un segundo balazo en la nuca.

Cuando Inés y Espino le preguntaron dónde habían aparecido los genitales del sacerdote, Delmiro les enseñó una fotografía por respuesta.

El asesino había introducido el pene, los testículos y la bolsa escrotal en la boca del finado, que había cubierto después con cinta americana para que no se desparramara la última cena del padre Elías.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo 1

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'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VI

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'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VIII

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'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo X

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