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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXXIV

ÚLTIMA NOCHE CON INÉS

Pocos días después del asesinato de Elías Osorio y más de un mes después de la muerte de Luna, Inés consiguió arrastrar a Samuel de nuevo al Strawberry a pesar de que seguía cojeando ostensiblemente porque su pierna se había resentido de la salida nocturna a la Casa de Campo.

Lo que no consiguió fue que Espino se tomara un refresco y tuvo que soportar la cara de decepción del camarero cuando el subinspector le pidió una botella de agua mineral que, para alivio del empleado, apareció milagrosamente al fondo de una cámara frigorífica, escondida ahí por alguien que probablemente se la hubiese guardado a alguien por algún motivo inescrutable que nunca nadie osaría averiguar.

El camarero sirvió a Inés su bloody mary y a Espino su agua con una mirada reprobadora que le pasó inadvertida.

—¿Te duele? —preguntó Samuel, señalando la pierna derecha de Inés.

—La verdad es que mañana voy a ir a revisión médica porque creo que no se me están cerrando bien los puntos de sutura. Voy a tomarme un poco más en serio el descanso y te voy a dejar tranquilo un tiempo —le confesó Inés con media sonrisa—. Necesito recuperarme bien del todo. Así que hoy es como una pequeña despedida, Espino. De esta me he salvado, pero me estoy dando cuenta de que quería ir demasiado deprisa. ¿Y tú? ¿Qué tal estás?

Samuel hizo un gesto dubitativo con la mano.

—Intento sobrellevar la situación, inspectora. Sigo dándole muchas vueltas a todo y no me acostumbro a un mundo sin mi hermana. Lo preocupante ahora son mis padres. Mi madre sufre una depresión tremenda y hemos tenido que ingresarla para que la estabilicen. La medicación que toma es muy fuerte y no tengo claro que la beneficie, porque la aturde y cada vez le hace menos efecto.

—Hay que dejar pasar el tiempo, Samuel.

—No siempre el tiempo juega a favor, inspectora. En nuestro caso, va en contra. Ya han pasado casi dos meses desde la aparición del cadáver de Laura Laforet y no tenemos nada —suspiró Samuel—, salvo tres cadáveres más. Y uno es el de la persona más querida por mí.

Inés tragó saliva, intentando relajar la conversación con alguna ocurrencia que arrancara a Espino de su aflicción, pero no se sentía con muchas fuerzas para afrontar una misión que se le antojaba hercúlea.

—Menos mal que tú estás aún aquí. —Espino se lo dijo tomándole la mano con delicadeza, casi temiendo rompérsela—. De milagro. Pero estás.

Inés sintió los dedos de Samuel acariciándola y encontró sus ojos en un recodo del desconsuelo. Habían vivido cosas terribles juntos y los ataba un hilo de plata en el que se habían enredado sin reconocerlo.

Espino levantó su botella de agua e hizo un gesto para brindar.

—No irás a brindar con agua —lo recriminó ella.

—El vodka de tu cóctel tendrá más o menos un 60 % de agua, Inés. Y el zumo de tomate seguramente en torno al 90 %, así que vamos a brindar.

La había llamado por su nombre otra vez y eso le encantaba.

—¿Por qué brindamos, Espino?

—Es un brindis que he hecho siempre, desde muy joven, pero que envejece bien. Brindo por el futuro incontaminado, inspectora.

—Por él —dijo Inés solemne y burlonamente, dando un largo trago a su bebida.

En los labios de Espino había una sonrisa magnética que ella rozó con sus dedos extendidos.

—Deberías sonreír más, Samuel.

Ambos sabían que estaban viviendo el final de una etapa y no querían que fuera así, pero saboreaban el momento. Permanecieron en silencio sin sentirse incómodos.

—¿Habéis encontrado algo en el Laboratorio analizando los mensajes del chat? —preguntó Inés, cambiando de tema.

—Nada. Si lees la conversación, verás que el Poeta usa frases cortas, con una sintaxis muy sencilla, en un castellano estándar.

—Sí, la he leído varias veces. ¿Y qué te dice eso de él?

—A veces tardaba mucho en responder. La configuración del chat que usaba no me permitía ver si estaba escribiendo, pero creo que redactaba y corregía cuando se daba cuenta de que alguna palabra o expresión podría ser una pista para mí. La única vez que se permitió cierta familiaridad fue cuando se refirió a Federico Fontana como Fede, pero incluso eso lo hizo adrede, porque sabía que ese tratamiento no me aportaba ninguna información que me pudiese ser de utilidad. Sabía quién era yo y a qué me dedico. Sabía que estamos tras de él e intentó intimidarme. Y de hecho lo consiguió. Estaba aterrorizado. Llegué a pensar que estaba justo detrás de mí —le confesó a Inés con un gesto de fragilidad que la conmovió.

—No sé cómo va a terminar esto, Samuel.

—¿A qué te refieres?

—No quiero que te pase nada.

—No me va a pasar nada, Inés.

—Tenemos enemigos poderosos. Pueden intentar contigo lo que han intentado conmigo. No me fío de la mafia rumana que controla Irina. Ahora sé que las amenazas que sufrí no son un farol.

—Osorio no ha vuelto a levantar cabeza tras la muerte de su hermano. Él también percibe una amenaza muy grande sobre su imperio. La condesa lo tiene sentenciado. Y contra ella no va a intentar nada sabiendo lo que sabemos, porque pasaría el resto de sus días entre rejas. También sabe que estamos detrás de él, buscando las pruebas que lo impliquen en tu atentado. No veo que le queden ganas de hacer algo contra mí.

—No pienso en él, sino en su hija. Tú no te has enfrentado a su mirada.

Se quedaron en silencio de nuevo, refugiando sus pensamientos el uno en el otro. Cuando eran luminosos, volaban juntos. Cuando eran oscuros, se cubrían el uno al otro, espalda contra espalda.

—¿Sabes lo que es un problema NP? —preguntó de pronto Inés a Espino.

—Ilústrame, inspectora —la imitó él.

El camarero se volvió atraído por las risas de ambos y sonrió también.

—Se trata de uno de los grandes problemas del milenio en el que yo estaba trabajando hace años. Si lo resuelves, ganarás un millón de euros —le dijo enarcando las cejas en un gesto que le resultó muy gracioso.

—¿Me vas a decir el planteamiento del problema?

Inés sonrió pensando en que ella había estado varias veces en la situación en que ahora se encontraba Samuel y disfrutaba de la ocasión de tomarse su pequeña revancha.

—En realidad, se trata de buscar un atajo para la resolución de problemas que parecen irresolubles.

—¿Un atajo?

—Sí. Es un problema fascinante. Un problema NP tiene una comprobación fácil, pero una solución muy difícil, como un gran rompecabezas. Si lo ves montado, sabes que está bien porque todas las piezas encajan, pero armarlo es mucho más complicado. Imagina ese atajo como un proceso por el que fuéramos capaces de ver la solución final del problema, lo que nos permitiría articular mecanismos lógico-matemáticos para resolverlo mucho más rápido.

Samuel dio un largo trago a su botella de agua. Parecía muy impresionado.

—Te quiero contar algo.

—Dime. —Inés acercó su banqueta a él.

—Cuando Luna me pidió que dejara de investigar a Óscar Osorio, le dije que no podía dejar de hacerlo, porque mi obligación era analizar todos los hechos y buscar pruebas que nos condujeran al asesino de Laura Laforet.

—No debes sentirte culpable por eso.

—¿Sabes lo último que me dijo mi hermana antes de despedirnos?

Inés no respondió y se acercó aún más.

—Me dijo: deja a ese hombre en paz, porque en tu interior ya sabes quién es el asesino.

Ella sintió que Samuel se desmoronaba entre sus brazos.

Y en ese momento él supo que necesitaba enterrar su agonía entre los labios de Inés.

Y fue lo que hizo.

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