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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXXV

EL POZO DE LOS ENAMORADOS

Acuérdate de lo que te mostré en Salamanca. Y de lo que no.

Samuel se despertó bañado en sudor en mitad de la noche.

La frase que le dijo Cisneros en el locutorio de la cárcel de Estremera cuando se despidieron lo perseguía desde entonces y ahora martilleaba sus sienes.

La otra frase que se paseaba por su cabeza es la que pronunció Delmiro cuando le preguntó sobre la causa de la muerte de Claudio Cisneros.

Durante la exploración interna el cadáver despedía un intenso olor a almendras amargas —le dijo, como si eso determinara de manera concluyente el motivo del deceso del escritor.

Espino no dudaba de las dotes melodramáticas de Delmiro, pero en esta ocasión se había superado a sí mismo, porque su dictamen forense lo remitía a la frase inicial de El amor en los tiempos del cólera:

Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados.

Sin embargo, más allá de la memorable frase de García Márquez, Espino seguía ignorando la razón del óbito, y así se lo hizo saber al diletante forense.

—No llegó vivo al Hospital del Sureste desde Estremera—le explicó Delmiro —. Pérdida de conocimiento, hipoxia celular, parálisis respiratoria, convulsiones, midriasis, extrema rigidez, color rosado del cadáver. Y claro, el olor a almendras amargas. Un cuadro típico. Cisneros se suicidó con una píldora de cianuro que contenía una dosis letal del veneno.

El magno poeta había preferido poner fin a su vida para ahorrarse el suplicio de la cárcel, donde seguramente había seguido recibiendo amenazas de muerte de los reclusos que tarde o temprano sabía que se iban a cumplir.

Aunque aún no había amanecido, Espino se levantó y se duchó. Se preparó un café y se asomó al pequeño balcón de su cuarto de estar con la esperanza de que la ligera brisa nocturna le aclarase las ideas y llevara sus pensamientos en la dirección correcta.

Sentía que sus capacidades analíticas estaban hibernando, como abotargadas por la concatenación de traumáticas experiencias que estaba viviendo y que le estaban pasando factura y lo iban a seguir haciendo en el futuro.

Cinco muertes ya: Laura Laforet, Federico Fontana, Luna, Elías Osorio y ahora, finalmente, Claudio Cisneros.

Y podían haber sido seis si Inés hubiese estado unos pocos metros más cerca de su coche.

La inspectora había decidido tomarse el tiempo necesario para recuperarse física y mentalmente y Samuel se juró a sí mismo no interferir en su descanso a no ser que tuviera resuelto el caso y desvelada la identidad del Poeta.

O quizás él acabe antes conmigo, pensó.

El asesino los había llevado al límite de sus capacidades como policías y como seres humanos, y sin embargo Samuel se sentía inmensamente culpable porque su intuición lo avisaba de que estaba rozando con los dedos la clave que se les escapaba.

Apuró su café, inspiró el aire nocturno y se concedió una tregua a sí mismo.

Volvió al interior de su apartamento, conectó el equipo de música a volumen muy bajo, buscó un vinilo, colocó la aguja sobre él y salió de nuevo al exterior. Cerró los ojos y se dejó llevar por sus pensamientos.

¿Por qué estaba Cisneros tan seguro de que iba a ser culpado de la muerte de Laura Laforet? ¿Por qué no intentó ponerse en contacto con la policía cuando recibió las fotografías que le envió el asesino de Priscilla? ¿Habría dejado escrita alguna declaración antes de suicidarse?

La respuesta estaba en algún lado, ante sus ojos, pero no la veía.

Acuérdate de lo que te mostré en Salamanca. Y de lo que no.

Samuel analizaba la frase recordando de nuevo la charla con Cisneros durante su visita al Huerto de Calixto y Melibea. Había reproducido infinidad de veces en su mente los detalles de esa conversación, intentando extraer la enseñanza a la que el autor parecía referirse, pero todos sus intentos habían resultado infructuosos.

Para evadirse de su angustia, recordó su primera visita al idílico lugar salmantino junto con sus compañeros de carrera.

Rememoró esa alegría desbordante, las risas, los deseos, las parejas que ya existían o se formaron durante ese viaje…

… Y entonces lo supo. Lo supo como el que sabe que va a tener un orgasmo o que va a morir.

Lo supo de manera esclarecida, deslumbrado por la revelación extraída de las cenizas de la desesperación. Casi bendecido por un dios que hasta ahora se había mostrado inmisericorde con él.

Cisneros no se refería a una enseñanza.

Se refería a un lugar.

El Pozo de los Enamorados.

Y se maldijo a sí mismo por haberse elevado en la búsqueda de alguna razón intelectual del escritor en vez de poner los pies en el suelo y asomarse al pozo situado frente a la entrada del Huerto.

En la visita que hace años realizó con sus compañeros al mismo lugar, algunos enamorados colocaron candados con sus nombres en el arco que coronaba el pozo y en los barrotes que cerraban su boca y arrojaron la llave dentro, siguiendo una tradición en la que Samuel veía más sombras que luces.

Sin embargo, Cisneros esquivó el pozo y lo condujo por veredas laterales, obviando uno de los lugares más emblemáticos del romántico jardín.

Acuérdate de lo que te mostré en Salamanca. Y de lo que no.

Qué claro estaba ahora lo que el escritor había intentado decirle.

Allá abajo, en el fondo del oscuro agujero tapado por la verja que soportaba los candados, se encontraba también la llave que le iba a desvelar el rostro del Poeta.

Espino realizó otra vez solo el nuevo viaje a Salamanca. Esta vez lo hizo con el Camaro, escuchando su música favorita a todo volumen, excitado porque sabía que, irónicamente, la claridad lo esperaba en el fondo de un pozo.

Decidió no avisar a Inés. Lo haría cuando tuviera la solución del caso en la mano. Le daba igual que se enfadara, porque no quería que se resintiera de sus heridas y recayera, como le ocurrió hace poco cuando lo acompañó a la Casa de Campo.

Pidió a Vázquez que la policía salmantina cerrara el enclave turístico durante unas horas para poder trabajar de forma discreta.

Llegó a la monumental ciudad castellana a mediodía, aparcó el Chevrolet en el sitio que le habían reservado y se dirigió a paso ligero a su destino, acompañado por un policía que lo estaba esperando. Cuando se aproximaba al Huerto, comprobó con satisfacción que los visitantes hacían el camino de vuelta por la calle del Arcediano tras habérseles pedido que desalojasen el jardín o prohibido el acceso.

Traspasó la entrada escoltado por otros dos compañeros y observó que ya estaban preparados también unos operarios que aguardaban órdenes.

Espino los saludó, se fijó en los candados cerrados en torno al arco que coronaba el antepecho del pozo y se asomó a él.

Tres brazos de hierro atornillados al borde del brocal descendían por la boca para soldarse a una estructura circular con cinco barrotes que taponaba el acceso al fondo. En los barrotes había más candados, que eran retirados regularmente por el servicio municipal de mantenimiento.

Espino ordenó a los operarios que desatornillaran la sujeción y dejasen libre el acceso al fondo.

Mientras se procedía a esta operación, el subinspector dio instrucciones al trabajador municipal que se había ofrecido voluntario a realizar el descenso. Era el más delgado de los que estaban allí y el que menos dificultades tendría para descolgarse por la estrecha boca.

—Le seré sincero. No sabemos lo que buscamos —empezó Espino—. Pero en cuanto lo vea sabrá que es eso.

El empleado le dirigió una mirada dubitativa.

—No se preocupe —lo tranquilizó Espino—. Mantendremos una comunicación continua y espero que tengamos suerte y todo termine muy pronto. ¿Qué profundidad tiene el pozo?

—Calculo que unos nueve metros —respondió el trabajador—. El fondo debe de estar lleno de llaves. Los candados los hemos ido retirando, pero las llaves se han ido acumulando abajo. Espero que la humedad no afecte a aquello que busca.

Espino también tenía miedo a la humedad.

—¿Ha llovido en Salamanca hace poco? —preguntó Samuel abriendo la herida de su memoria.

—Hace más de un mes. Una tormenta terrible. Supongo que descargaría también en Madrid.

Espino rogó con todas sus fuerzas que la tempestad que se llevó a Luna no hubiese destruido también lo que fuera que Cisneros hubiera arrojado al pozo.

—Pero también debe saber que en el fondo habrá aguas de escorrentía —avisó el operario a Samuel, que se desazonó aún más.

Cuando el trabajador empezó lentamente el descenso sujetado por arneses, Espino estaba embargado por una profundísima emoción.

—Cuidado. Un poco más despacio. Me rozo mucho con la pared. —El voluntario advertía a sus compañeros de la angostura de la boca.

Espino estaba asomado al pozo e iluminaba hasta donde alcanzaba su linterna el descenso hacia la verdad.

—¿Le falta mucho para llegar? —preguntó a los dos minutos.

—Bajadme un poco más. Vale. Ahora la pared se ensancha algo. Ahora más. Estoy llegando al fondo. He tocado el suelo. —El operario narraba el descenso a través del walkie-talkie que llevaba como si fuera Neil Armstrong aterrizando en el Mar de la Tranquilidad.

Y así era en realidad cómo lo estaba viviendo Espino.

—¿Qué ve? —preguntó a través de su transmisor.

La respuesta que llegó desde el fondo no fue muy alentadora.

—Piso llaves. Muchas. Cientos. O miles. Camino sobre ellas. Voy a encender mi linterna ahora que tengo espacio… ¡¡¡Aaahhhhhh!!!

El grito saturó el aparato receptor mientras a Samuel le daba un vuelco el corazón.

Hubo un silencio ribeteado por ondas que se acoplaban hasta que la voz del hombre surgió de las tinieblas.

—Malditas ratas… ¡Vaya susto!

Espino estaba sudando mientras rogaba que su instinto no lo hubiese traicionado.

—Oiga —habló el explorador de nuevo —, aquí veo, además de llaves, monedas, ramas, hierbajos, barro, excrementos… un olor apestoso… no veo nada que no debiera estar aquí.

Espino se desesperó.

—Por favor, remueva las llaves, busque debajo.

—Es lo que estoy haciendo —lo desesperanzó el espeleólogo—. Aquí no hay nada.

Samuel pensaba que lo que fuera que Cisneros hubiese arrojado ahí abajo debía de ser lo suficientemente delgado como para que cupiera entre los barrotes. Una carpeta. Un sobre. Ojalá que protegido por…

—Un plástico. Aquí hay algo de plástico, parece que con algo dentro —escupió de repente el walkie-talkie saturado por una voz emocionada.

Espino creyó que era un alucinación.

—Es un sobre de plástico del tamaño de un folio. Estaba a punto de desaparecer por la salida de las aguas de escorrentía. Lo he cogido a tiempo —anunció triunfalmente a través del transmisor el trabajador municipal.

Los policías salmantinos observaron asombrados que Samuel había caído arrodillado frente al pozo y que de sus ojos brotaba un manantial.

Era un sobre de plástico azul por el que se escurría una mugre inclasificable lo que el operario entregó a Espino y que sin embargo el subinspector acogió con las dos manos como si se tratara del mayor tesoro imaginable y haciendo caso omiso de la pestilencia que emanaba de él y que repugnaba a sus compañeros.

El sobre protegía en su interior, con un pegamento muy fuerte, otro más pequeño también de plástico, pero de mayor espesor, perfectamente sellado, que a su vez albergaba otro más pequeño y aún más resistente e igualmente blindado con el mismo adhesivo, como si el conjunto configurase un juego de matrioskas que protegiesen cada vez con mayor esmero el contenido del último sobre.

Este tercer sobre guardaba con celo el tesoro dejado por Cisneros.

Cuando Samuel terminó de leerlo, se apareció ante sus ojos el puzzle completo.

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