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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXXVI

EL SUCESOR

La condesa de Argenta los había citado en su despacho-jardín, repleto de flores que albergaban espinas para ellos.

Desde el momento en que Óscar entró y la vio con el mismo vestido que llevaba cuando la conoció nueve años atrás, supo que era el fin.

Detrás de él apareció Irina con la mirada altiva y esforzándose en disimular el mal embarazo que estaba llevando.

Al lado de Rebeca se encontraba su secretario personal, al que Osorio, con una punzada tremenda de celos, percibió más próximo físicamente a la condesa de lo que lo había visto nunca.

La aristócrata ni tan siquiera los invitó a sentarse. Los cuatro permanecieron de pie, Rebeca y su secretario a un lado de la enorme mesa que presidía la oficina, y Osorio y su hija al otro.

Tampoco hubo saludos, solo una advertencia por parte de la arisca anfitriona.

—Este despacho está equipado con cámaras de seguridad y micrófonos. Os lo digo porque si no mantenéis el más mínimo respeto o decoro, vuestro comportamiento quedará grabado y lo podré utilizar en vuestra contra.

—Querida… —empezó Osorio.

—No soy tu querida, Óscar. Soy tu mujer. Al menos hasta que estemos divorciados.

La condesa hizo un gesto a su secretario.

—Gonzalo, por favor, entrégale los documentos —le solicitó.

Gonzalo. A Osorio se le clavó el nombre. Lo había llamado Gonzalo en su presencia con total familiaridad. No es que nunca lo hubiera hecho, sino que en las contadas ocasiones en que eso había ocurrido, había sido para reconvenirlo. Y ahora le pedía algo por favor.

Gonzalo dejó una carpeta sobre la mesa y la empujó para que se deslizara hacia Óscar con un gesto tan teatral como despectivo.

—Son los papeles del divorcio —le precisó ella—. Léetelos y devuélvemelos firmados.

Osorio se puso lívido e Irina alzó aún más la cabeza al tiempo que se agarraba su barriga.

Dios intentó recuperar algo de la magia de antaño, del estado de gracia que le hizo conquistar a Rebeca, e hizo un esfuerzo sobrehumano por sonreír.

—¿No crees que esto lo deberíamos hablar en privado? —casi le rogó—. Podemos solucionarlo. Al menos esa es mi intención. Sigo siendo la misma persona que conociste. Además tienes mi correo electrónico. Podías haberme escrito y adjuntado lo que quisieras para evitar esta escena de humillación innecesaria ante personas que no tienen nada que ver con lo nuestro y que…

—Quería decírtelo a la cara, putero. —Sonó como un latigazo que sacudiera a Óscar. Esta vez fue Irina la que fue asaltada por una extrema palidez al coincidir una contracción con el trallazo verbal de la condesa.

—Quizás haya podido cometer algún error, pero…

Osorio se quedó sin palabras y con la cabeza agachada, soportando a duras penas la situación.

—Pero ¿qué?

Ahora estaba perplejo. Levantó la cabeza.

No era su mujer la que había lanzado la pregunta, sino Gonzalo, mirándolo desde las alturas que otrora ocupara Dios, incapaz de reaccionar ante las credenciales presentadas por su sucesor.

Fue Irina la que intentó reconducir la situación.

—Rebeca, entiendo el tema de la petición de divorcio como algo personal que, en señal de respeto a los nueve años que has vivido con mi padre, deberías tratar de forma privada o al menos a través de los abogados de ambos. Cuando me has citado a mí también, creía que íbamos a tratar temas empresariales.

La condesa admiró la sangre fría de Irina. Como mujer empatizaba con una embarazada, a pesar de que ella no había tenido hijos, y como empresaria admiraba el discurso racional de alguien a quien siempre había considerado altamente capacitada. Por eso, decidió dirigir la conversación hacia donde la hija de Osorio esperaba.

—No vas a entrar en el accionariado de mis empresas —le comunicó mirándola a los ojos fijamente—. Nunca. Quizás si tu padre no se hubiese convertido en alguien sin escrúpulos ni moralidad, yo misma te hubiese ofrecido en unos años lo que deseáis ahora. Pero ya está desechado para siempre. Agradéceselo a él.

—No puedes hacer que mi hija pague por mis errores, Rebeca —intentó defenderla—. Sabes que ella es la persona más cualificada para heredar…

—Aquí no se hereda nada, Óscar —lo interrumpió la condesa —. No se trata de una corona o de un título nobiliario, ni de algo de tu propiedad. Esto es un grupo empresarial donde yo tengo la última palabra y soy su administradora única.

Antes de que Osorio pudiera rebatirla, Rebeca continuó como una apisonadora que arrasaba los campos que él había cultivado con tanta dedicación, creyéndolos suyos.

—Durante estos años he delegado mi representación en ti a través de un poder especial que acabo de retirarte.

La condesa miró de nuevo a Gonzalo. Su sucesor deslizó con un gesto imperioso la revocación del poder hacia Óscar, que la estampó contra el suelo.

—Te recuerdo que hay cámaras —lo reconvino la aristócrata.

El rostro de Osorio estaba congestionado y su cabeza ovalada y subrayada por una gran papada parecía un globo rojo.

—No puedes hacerme esto…

Intentó acercarse a Rebeca, rodeando la mesa, pero Gonzalo le cortó el paso con un firme empujón que lo hizo tambalearse y retroceder.

—Como vuelvas a tocar a mi padre, te mato —lo amenazó Irina.

—Nosotros también sabemos defendernos, desgraciada— fue la inesperada respuesta del secretario.

Irina se quedó muda cuando oyó la palabra desgraciada. Fue como una revelación, como si hubieran dado en la diana de su destino, como si alguien hubiese descorrido el velo de su esencia y la hubiese iluminado.

Por primera vez en su vida desde la muerte de su madre, se le escapaban las lágrimas en público.

Osorio era un pelele cuando Rebeca continuó con su venganza.

—Estás despedido, Óscar. Pero no te despido por traicionarme, sino por acusar a un hombre sin pruebas y provocar su suicidio. Te despido por tu falta de ética y de dignidad. Te despido por haber dilapidado todo lo que creamos juntos. Y sobre todo te despido por haber destruido a tu hija.

Él temblaba, pero su orgullo lo hizo revolverse.

—No te vas a salir con la tuya, maldita. —La voz irradiaba odio—. Podrás despedirme, pero no vas a poder evitar que empiece de cero en otro medio de mi entera propiedad. Tú tendrás el dinero, pero yo tengo los contactos, la experiencia, el prestigio. Y con eso obtendré la financiación. Tengo amigos de otro tipo que los de mi hija… banqueros, políticos, empresarios poderosos… ellos me ayudarán, porque saben de lo que soy capaz. No podrás enterrarme. Además, aún tengo el 49 % del capital social y…

—Nunca repartiré beneficios —lo interrumpió de nuevo la condesa—. Y tú necesitas liquidez. Me venderás tus acciones al precio que yo te imponga. Estás en mis manos. Te creía más inteligente.

La ira impedía a Osorio articular algo inteligible hasta que con un esfuerzo sobrehumano consiguió controlarse.

—Solo es dinero. Si no lo tengo, lo pediré prestado. Pero te juro que esto me lo vas a pagar.

—Sé que vas a intentarlo, pero no lo vas a conseguir. Te vas a enterrar tú solo, Óscar. Tuviste suerte una vez en tu vida. Yo fui tu fortuna. Y me dilapidaste.

Rebeca miraba ahora a Irina.

—No voy a despedir a una mujer embarazada —le dijo—. Te puedes quedar como redactora de la sección que se te comunique. Con el sueldo que corresponda a tu categoría y con la jornada laboral usual. Estás relevada de las otras responsabilidades que tenías. De tu nómina se eliminarán los incentivos.

La hija de Osorio ni siquiera respondió. Miró a su padre y le hizo un gesto con la cabeza para emprender la retirada.

Se comunicaban en silencio, como siempre. Empezarían de cero. Crearían un nuevo imperio, volverían del destierro hombro con hombro, cubiertos de fango y de gloria.

Antes de irse, Osorio giró la cabeza y vio una imagen que lo perseguiría hasta el último aliento de su existencia.

Su sucesor se había situado detrás de la condesa y lo penetraba con una mirada repleta de aversión mientras acariciaba los senos de Rebeca por encima del vestido blanco.

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