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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXXVII

EL PÁJARO ESPINO

Samuel telefoneó a Inés unas dos semanas después de hallar la confesión dejada por Cisneros en el fondo del Pozo de los Enamorados.

Le propuso verse al día siguiente para informarla del avance de las investigaciones. Ella ya había mejorado bastante de las heridas del atentado y dejado de usar bastón para apoyarse. También se encontraba recuperada anímicamente y la llamada de Espino la alegró, porque justamente mañana esperaba tener el alta médica y ya se sentía capaz de volver a reintegrarse a su trabajo.

Además lo echaba mucho de menos y quería averiguar lo que había detrás del beso que había surgido entre los dos la última noche que se vieron en el Strawberry.

—Te he echado mucho de menos, inspectora —oyó Inés al otro lado de la línea.

Ella sonrió, porque sus pensamientos se cruzaban, pero decidió dejar esa parte de la conversación para cuando tuviera enfrente a Espino.

—¿No me puedes adelantar nada por teléfono? ¿Has encontrado algo? —le respondió, sin devolverle el cumplido.

—Cuando te pones romántica, eres irresistible —le dijo él, sarcásticamente.

—Samuel, Vázquez y tú me tenéis excluida de la investigación desde hace mucho tiempo y es normal que sienta curiosidad, ¿no? Sé que me habéis estado protegiendo, pero ya necesito ponerme al día.

Tras una ardua negociación en la que Espino se empecinó en no revelarle nada por teléfono y la inspectora en advertirlo de que podía llamar a Vázquez para que la contara todo sin tener que esperarlo, ella claudicó y quedaron en que él la recogería con su coche al día siguiente en su casa después de la revisión médica.

Inés cortó la llamada sin despedirse, pero en el fondo no estaba tan enfadada. Suponía que el subinspector intentaba evitarle preocupaciones hasta que comprobara con sus propios ojos que se encontraba bien, así que decidió esperar y dedicar el día a descansar, a planificar el siguiente… y a recordar la noche en que Samuel la cautivó en el Strawberry con la historia del pájaro espino.

La conversación había derivado hacia la infancia y juventud de ambos cuando él recordó una serie de televisión de los años ochenta titulada El pájaro espino, de la que su madre lo había hablado en varias ocasiones durante su niñez.

Inés se echó a reír.

—¿El pájaro se apellidaba Espino, como tú? —se burló.

Haciendo caso omiso de la broma, Samuel le contó que aunque nunca había visto la serie, su argumento tomó caracteres de leyenda en su cabeza a fuer de que su madre se lo relatara varias veces convenientemente adaptado cuando le pedía que le contara un cuento.

De hecho, el pequeño Samuel creció convencido de la realidad de la existencia del pájaro espino y cuando descubrió que solo era una invención, se llevó un tremendo disgusto.

—¿Y qué tiene de peculiar ese pájaro según tu madre, Espino? ¿Era la mascota privada de tu familia o algo así? —La curiosidad despertaba el sentido del humor de Inés, desperezando el de Samuel.

—En efecto, inspectora. Es nuestro dinosaurio en miniatura particular. Lo hemos criado en cautividad a espaldas del resto de la humanidad.

En realidad la leyenda del pájaro espino era una invención de la escritora de la novela en que se basaba la serie de televisión que su madre utilizaba como moraleja para entretener a su hijo. Y el niño se sentía atraído por un pájaro maravilloso que se llamaba igual que él.

—¿Me vas a contar esa leyenda hoy? ¿O tengo que ver la serie?

—O leerte el libro de Colleen McCullough.

Inés conminó a Samuel a que hablara, amenazándolo con volcarle el bloody mary sobre la camisa si seguía burlándose de ella, lo que hizo que el subinspector claudicara.

—Existe un pájaro que canta solo una vez en su vida, justo en el momento de su muerte, cuando se atraviesa en un espino y emite las notas más hermosas jamás escuchadas. Hay otra versión parecida en un cuento de Óscar Wilde, titulado El ruiseñor y la rosa, en el que el pájaro se sacrifica en las espinas de un rosal y entrega su sangre para que crezca una rosa roja que conquiste a la dama de la que está prendado un joven. —El subinspector resumió así la leyenda del pájaro espino y esperó a que Inés dejara el cóctel amenazador encima de la barra.

Ella lo hizo y, pasado el peligro, Samuel la interpeló.

—¿Qué te ha parecido la fábula, inspectora?

—Romántica, pero trágica también. —Ella lo sonreía porque de nuevo había vuelto a embelesarla.

—Esa es la moraleja. La vida tiene momentos hermosos y terribles. Y a veces hay que hacer un enorme sacrificio para conseguir lo que se busca.

Inés se quedó pensativa y volvió a coger su copa.

—¿Darías tu vida por mí, pájaro Espino? —le preguntó.

La inspectora Luján se levantó al día siguiente temprano para ir a la revisión y volvía ya con el alta bajo el brazo. Había quedado con Samuel sobre las dos de la tarde y aprovechó la mañana para ir a una peluquería y actualizar su imagen. También le dio tiempo a dejarse asesorar en un establecimiento de productos cosméticos en el que realizó algunas compras, decidida a renovar su maquillaje y su perfume. Las temperaturas ya eran veraniegas en Madrid y ella sentía que también resurgía con renovadas fuerzas y objetivos.

Al regresar a su casa, se quitó la prótesis ocular y se duchó protegiendo su nuevo peinado. Cuando terminó de asearse, se miró al espejo y se aceptó ante él antes de volver a ponerse el ojo de cristal. Incluso estuvo coqueteando con la idea de vestirse con falda para su cita con Espino aunque al final la desechó con una sonrisa.

Ahora ella estaba en la terraza de su ático, deseando ver aparecer el Chevrolet. Tomarían algo mientras Samuel la ponía al tanto de todo lo que había descubierto en Salamanca, comerían juntos y luego irían al cine.

El Camaro apareció por fin al final de la calle y lo vio aparcar en un sitio libre. Inés sonrió esperando la llamada de Samuel, que siempre repetía la misma fórmula cada vez que venía a recogerla.

Sonó el tono del móvil y ella se sorprendió de la ola de alegría que la invadió

—Estoy ya, baja cuando quieras —la avisó por teléfono.

—Te estoy viendo aunque estás un poco lejos. Si miras hacia arriba, me verás asomada a mi terraza. Podrías haber contratado a una tuna para rondarme —le respondió ella de forma burlona.

Samuel se asomó sonriendo por la ventana de su coche y la saludó haciéndole un gesto para que bajara.

—Mejor un DJ de techno —la contestó, divertido.

Ella le envió un beso al aire, colgó el móvil, entró en su casa, se retocó el maquillaje que estrenaba, se perfumó con su nueva fragancia, cogió su bolso, tomó el ascensor, salió a la calle y empezó a caminar hacia donde la esperaba Espino.

Y en ese momento el Camaro reventó ante sus ojos con una tremenda explosión.

A Inés se le doblaron las piernas y cayó de rodillas, pero se levantó y empezó a correr hasta la bola de fuego que se encontraba a unos cuarenta metros, en el único sitio libre que había encontrado Samuel para aparcar.

Y empezó a gritar mientras corría y las sirenas de los locales se disparaban a su alrededor enloquecidas.

Y siguió corriendo, primero rápida, pero cada vez más lenta y más dificultosamente mientras las lágrimas empañaban la visión de su único ojo.

Y corrió viendo cómo otras personas la adelantaban para intentar ayudar y otras huían alejándose aterrorizadas del lugar de la detonación.

Y corrió contemplando, como si fuese a cámara lenta, que la policía llegaba antes y miraba impotente hacia el interior del coche que ardía, haciendo gestos con las manos para que los transeúntes se alejaran.

Y corrió hasta que cayó de nuevo de rodillas, muerta de dolor, viendo la figura de Espino envuelta en llamas junto al volante, negándose a creer lo que estaba pasando.

Y quiso seguir corriendo para abrasarse junto a él, pero las piernas se le doblaban otra vez y volvió a caer, presa del espanto.

Y quiso rechazar la ayuda de un policía que se apresuró a auxiliarla y la apartaba de allí arrastrándola mientras miraba por última vez el cuerpo carbonizado de Samuel y un alarido estremecedor surgía de sus entrañas.

Y se quedó tumbada en el suelo donde la dejó el agente, sin fuerzas para reponerse y con la rabia de la impotencia clavada en su alma mientras el cielo se desplomaba sobre ella.

Y antes de desmayarse se fijó en que la columna de humo que ascendía hacia las nubes trazaba una silueta familiar.

A la inspectora Luján le pareció que las cenizas de Espino que viajaban al cielo dibujaban el rostro de Irina Covaci.

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