La plaga que atacó las viñas de Arganda en el siglo XIX y el curioso remedio que consiguió frenarla

por | Sep 15, 2026

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Mucho antes de la llegada de la filoxera y cuando el viñedo constituía ya una parte fundamental del paisaje y de la economía de Arganda, los agricultores de la localidad tuvieron que enfrentarse a otro enemigo capaz de poner en peligro sus cosechas.

Era el oídio, una enfermedad que a mediados del siglo XIX se había convertido en una seria amenaza para las viñas.

Una referencia publicada hace más de 160 años permite conocer cómo afectó aquella enfermedad a Arganda y, sobre todo, cómo sus viticultores consiguieron combatirla. Aparece en el número 46 de la Revista Científica del Ministerio de Fomento, correspondiente al jueves 14 de mayo de 1863, dentro de una crónica dedicada a repasar la situación de la agricultura en distintos puntos de España.

La publicación no deja lugar a dudas sobre la importancia que había alcanzado el problema en la localidad. «El pueblo de Arganda se va viendo libre del oidium, que tanto ha perjudicado sus viñedos, merced al celo con que se ha puesto en práctica el método para azufrar las vides, publicado por Don Juan Ruiz», señalaba literalmente la revista.

La reseña aporta una información excepcional sobre la agricultura argandeña del siglo XIX. El oídio había causado importantes perjuicios en los viñedos y los agricultores estaban utilizando azufre para intentar detener su avance. Además, la fuente señala expresamente que el procedimiento que se estaba siguiendo era el difundido por Juan Ruiz.

Un método publicado apenas un año antes

El personaje al que se refería la revista puede identificarse gracias a una obra publicada en Madrid en 1862. Juan Ruiz había publicado ‘El oidium: sus estragos, y manera práctica de prevenirlos por medio del azufrado metódico de la vid’, un trabajo dirigido específicamente a los viticultores de la provincia de Madrid y de zonas con características similares.

Ruiz no planteaba el azufrado únicamente como una propuesta teórica. Había realizado ensayos en sus propiedades de Leganés y llevaba años estudiando los efectos de la enfermedad y la manera de combatirla. El procedimiento consistía esencialmente en pulverizar azufre sobre las cepas para protegerlas frente al hongo, una práctica que terminaría extendiéndose entre los viticultores.

El trabajo requería recorrer el viñedo y tratar las plantas de manera sistemática. Entre los instrumentos utilizados figuraban sencillas espolvaderas y fuelles azufradores que permitían proyectar el producto y formar una nube capaz de alcanzar distintas partes de la cepa.

Ruiz recogió incluso una expresiva indicación utilizada para explicar cómo debía manejarse uno de aquellos fuelles: «es necesario que el fuelle tosa, pero que no escupa». El objetivo era conseguir que el azufre saliese convertido en una nube y se repartiese adecuadamente, en lugar de expulsarlo de forma concentrada.

Las instrucciones muestran hasta qué punto combatir el oídio exigía trabajo y constancia. Los operarios debían avanzar por las filas tratando las cepas una a una, recargar el azufre cuando se agotaba y continuar desde el punto en el que habían interrumpido la operación. Y el tratamiento podía tener que repetirse varias veces durante una misma campaña.

Las experiencias descritas por Ruiz para 1861 muestran precisamente esa reiteración. Hubo tratamientos desde finales de mayo y nuevas aplicaciones durante el verano, incluida una repetición después de que una tormenta lavara las cepas y otra intervención en septiembre dirigida a los racimos.

Ruiz también abordaba un problema que podía provocar el tratamiento: el azufre podía dejar olor y sabor en el vino, especialmente cuando se aplicaba en grandes cantidades poco antes de la vendimia.

Según explicaba, ese efecto terminaba desapareciendo con el tiempo, aunque proponía varios métodos para eliminarlo más rápidamente. Entre ellos figuraban cambiar el vino de recipiente varias veces para que entrase en contacto con el aire o utilizar restos de otras elaboraciones que no estuvieran afectados.

El autor consideraba que airear bien el vino mediante varios trasiegos era la solución más sencilla y segura para hacer desaparecer ese desagradable sabor a azufre.

Arganda comenzaba a ganar la batalla

Los resultados debieron de ser suficientemente visibles como para llegar hasta una publicación dependiente del Ministerio de Fomento. Cuando apareció la noticia el 14 de mayo de 1863, la revista aseguraba que Arganda “se va viendo libre del oidium” y relacionaba esa mejoría con el “celo” con el que se había puesto en práctica el procedimiento.

El texto aportaba además una referencia geográfica que demuestra que el tratamiento no era exclusivo de Arganda. “El resultado de su aplicación en el año pasado ha producido también los mejores resultados en Torrelaguna, Colmenar de Oreja y algunos pueblos de la provincia de Toledo”, añadía la publicación.

Solo cinco días después, el 19 de mayo de 1863, la Gaceta de Madrid volvió sobre el asunto y amplió la información. La publicación oficial explicaba que el método procedía de los repetidos ensayos realizados por Ruiz en sus propiedades de Leganés y destacaba especialmente el comportamiento de los agricultores argandeños.

Según aquella información, Arganda había sido el pueblo que mayores beneficios había obtenido por la constancia con la que se había aplicado el azufre a sus viñedos. La experiencia local se presentaba así como referencia para otros propietarios que todavía sufrían los efectos del oídio.

El detalle resulta especialmente significativo porque el tratamiento suponía un esfuerzo económico añadido. La generalización del azufrado incrementó la demanda del producto y su coste se convirtió en otro factor que debían asumir los viticultores, junto a la mano de obra necesaria para realizar sucesivas aplicaciones.

Lámina del tratado de Juan Ruiz sobre el oídio, publicado en 1862, en la que se representa el desarrollo del hongo responsable de la enfermedad y su propagación sobre la vid

Para Arganda, además, no se trataba de salvar un cultivo marginal. La vid llevaba siglos formando parte de su paisaje agrícola y de su actividad económica, con bodegas y espacios destinados a la elaboración y almacenamiento del vino repartidos por el municipio. 

En pleno siglo XIX, cualquier enfermedad capaz de reducir seriamente la producción tenía por tanto una evidente repercusión local.

En 1863, sus agricultores no solo estaban luchando contra una enfermedad que había causado importantes daños en sus viñas: las publicaciones de la época los señalaban como ejemplo por la constancia con la que habían utilizado uno de los métodos que comenzaban a transformar la lucha contra las enfermedades del viñedo.

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