Arganda del Rey es una localidad histórica y tradicionalmente taurina. La Fiestas Patronales que se celebran estos días en la ciudad son una muestra clara del interés que suscitan aún a día de hoy los festejos taurinos en un municipio que se aferra a su pasado para perpetuar en el futuro una de sus señas de identidad.
En este contexto, la “plaza en la plaza” es una ejemplo más de ese carácter diferencial del que Arganda hace gala, una estructura pintoresca que alberga capeas, encierros, novilladas y concursos de recortes año tras año pero que, para una parte de la población, supone un problema de movilidad en el centro del pueblo que genera cierta controversia.
Arganda del Rey pudo tener una plaza de toros estable hace casi 140 años. No se trató únicamente de una idea planteada de manera informal: el proyecto llegó al Ayuntamiento y la Corporación municipal aprobó por unanimidad colaborar con su construcción en una sesión extraordinaria celebrada el 26 de septiembre de 1888.
El coso debía levantarse en las inmediaciones de la entonces recién estrenada estación de ferrocarril. Así consta en la documentación histórica conservada en el Archivo de la Ciudad de Arganda.
La iniciativa partió del empresario Rafael Menéndez de la Vega, que dos días antes, el 24 de septiembre, había acudido a Arganda para comunicar al alcalde su intención de construir una plaza de toros y conocer hasta qué punto estaba dispuesto el municipio a colaborar con el proyecto.
La propuesta llegó en un momento especialmente significativo para la localidad. Arganda atravesaba entonces un periodo de importante actividad económica, impulsada por el comercio y la exportación de vino, mientras la llegada del ferrocarril a Madrid abría nuevas perspectivas para el transporte de mercancías y viajeros.
La ubicación elegida para la plaza, precisamente junto a la estación, no era por tanto una cuestión menor.
La construcción de cosos permanentes era además una tendencia que se estaba extendiendo durante el siglo XIX. Las antiguas plazas provisionales obligaban a montar y desmontar graderíos y estructuras cada vez que se celebraban festejos, mientras los nuevos recintos incorporaban espacios específicamente diseñados para la lidia y mejores condiciones para los espectadores.
Una plaza para unos 3.000 espectadores
El proyecto presentado para Arganda respondía a ese nuevo modelo. Según la documentación histórica, se habría construido fundamentalmente con piedra, mampostería y madera y habría contado probablemente con un ruedo de alrededor de 40 metros de diámetro y capacidad para unas 3.000 localidades.
El edificio habría tenido dos pisos. En el primero se distribuirían barreras, contrabarreras y tendidos, mientras que el segundo estaría ocupado por gradas y palcos. La cubierta de las gradas habría utilizado teja árabe sobre vigas de madera y pilares.
El proyecto contemplaba igualmente buena parte de las dependencias propias de una plaza de toros estable: chiqueros, conserjería, taquillas, enfermería, capilla, caballerizas y un corral para el ganado.
Terrenos, madera y piedra gratis
La propuesta de Menéndez de la Vega encontró una acogida favorable en el Ayuntamiento. La cuestión fue el único punto del orden del día de la sesión extraordinaria del 26 de septiembre de 1888, presidida por el entonces alcalde Mariano Riaza García.
El acta refleja que el empresario había solicitado el “apoyo moral necesario” del Ayuntamiento, pero también quería conocer si el municipio podía colaborar facilitándole terrenos, materiales y otros recursos que no supusieran un desembolso económico para las arcas locales.
Los concejales debatieron la propuesta y concluyeron de forma unánime que la construcción podía generar importantes beneficios para Arganda.
El acuerdo justificaba el apoyo municipal por “el gran movimiento que habría en los días de funciones y por el mucho consumo que necesariamente habría de hacerse dentro de este término municipal”.
La Corporación fue más allá de una simple declaración de intenciones. El Ayuntamiento acordó ceder gratuitamente todos los terrenos necesarios para construir la plaza en el lugar previsto.
También puso a disposición del empresario la madera que el municipio utilizaba cada año para levantar el cerramiento de la plaza pública en la que se celebraba la tradicional función de novillos. Menéndez de la Vega podría disponer de ella una vez construido el primer piso del nuevo recinto.
A ello se sumó otro recurso fundamental: el Ayuntamiento le autorizaba a extraer piedra y otros materiales de terrenos de propiedad municipal para emplearlos en la construcción.
Un proyecto que nunca llegó a levantarse
El acuerdo municipal contemplaba finalmente entregar al empresario una certificación de lo aprobado para que comunicase al Ayuntamiento si aceptaba la oferta y detallase las condiciones bajo las que se comprometía a ejecutar el proyecto. Pero aquella plaza nunca llegó a construirse.
El Ayuntamiento de Arganda de 1888 veía en el nuevo coso algo más que una infraestructura para los festejos taurinos. Esperaba que la llegada de visitantes durante las funciones generase consumo, actividad económica e ingresos para el municipio, una expectativa estrechamente relacionada con las posibilidades que ofrecía la nueva conexión ferroviaria con Madrid.
Las razones por las que aquel proyecto nunca llegó a ejecutarse siguen sin estar claras. La documentación histórica consultada confirma que el Ayuntamiento dio todas las facilidades para levantar la plaza, pero no explica por qué la iniciativa se frustró. Su promotor, Rafael Menéndez de la Vega, atravesaba precisamente en 1888 una complicada situación empresarial vinculada a la explotación de la Plaza de Toros de Madrid, con problemas económicos y enfrentamientos entre sus socios.
El proyecto quedó finalmente sobre el papel, pero su aprobación municipal constituye uno de esos episodios poco conocidos de la historia local que permiten imaginar una Arganda que pudo ser y nunca llegó a existir.

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