Aunque no existe una fuente documental que confirme su origen exacto, el traje de argandeña se ha consolidado como uno de los elementos más reconocibles del folclore de Arganda del Rey.
Utilizado habitualmente hoy en día durante las Fiestas Patronales y otras celebraciones tradicionales, esta vestimenta típica tiene, según la memoria oral, una historia tan curiosa como entrañable.
Según una tradición transmitida de generación en generación, el traje nació de la necesidad y la creatividad popular.
En épocas en las que la mayoría de la población contaba con escasos recursos económicos, se buscó una forma de vestir de manera digna y uniforme durante las festividades.
Así, en el contexto de las celebraciones que marcaban el fin de la vendimia —actividad fundamental en la historia económica y social de Arganda, por su fuerte vinculación con la producción de vino—, se ideó un atuendo accesible para las mujeres del municipio.
La falda del traje se confeccionaba con una tela muy barata, que en realidad era tela de cortina. En aquel entonces, este tejido grueso y resistente se encontraba a precios muy bajos, lo que lo convertía en una opción viable para confeccionar ropa de uso festivo.
Aunque hoy su precio ha aumentado, su uso ha perdurado como seña de identidad y con su característico colorido.
El conjunto se completaba con unas alpargatas de esparto atadas con hilo negro, una faldiquera (con bolsillo independiente) donde se guardaba el monedero o un abanico, cubierta por un mandil o delantal negro.
En la parte superior, la sencillez seguía primando: una camisa o blusa blanca sin adornos servía como contrapunto al resto del vestuario.
Este conjunto, surgido de la necesidad y la reutilización de materiales accesibles, se ha convertido con el paso del tiempo en un emblema del arraigo y la tradición argandeña.
Hoy, lucir el traje de argandeña no es solo un acto de participación festiva, sino también una forma de rendir homenaje a las generaciones que, con ingenio y orgullo, lo convirtieron en seña de identidad local.

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