El 16 de mayo de 1917, Arganda del Rey vivió una de las jornadas más memorables de su historia contemporánea: la visita del rey Alfonso XIII, con motivo de unas maniobras militares que simularon la defensa de Madrid frente a un ataque enemigo.
Aquella jornada, que con el tiempo ha adquirido tintes históricos entre las generaciones argandeñas y que ha sido inmortalizada en el Archivo de Arganda, transformó el municipio en un auténtico epicentro estratégico y en un escenario de fervor popular.
Un contexto entre guerras y revoluciones
España, en 1917, atravesaba un momento crítico. Mientras Europa estaba inmersa en la Primera Guerra Mundial y Rusia vivía su revolución, el país sufría tensiones sociales, crisis institucionales y una incipiente recesión económica que derivaría pocos meses después en la huelga general de agosto.
En ese convulso contexto, Alfonso XIII quiso verificar el estado operativo de su Ejército y, en particular, la eficacia de las nuevas unidades motorizadas y aéreas.
Arganda, centro neurálgico de la defensa de Madrid
Las maniobras militares reproducían un ataque simulado desde el sur sobre Madrid. En ellas participaron cuerpos de infantería, artillería, caballería, intendencia y sanidad, junto a un notable despliegue de camiones automóviles, motocicletas (algunas con sidecar y ametralladoras) y hasta seis aeroplanos procedentes de Cuatro Vientos.
Un ensayo realista que anticipaba, de forma casi premonitoria, la estrategia utilizada dos décadas después en la Batalla del Jarama durante la Guerra Civil.

El Rey, acompañado por su séquito, abandonó el Palacio a las 8:30 horas en un Hispano-Suiza descapotable de 60 CV. A las 10:00 horas llegó al puente de Arganda y, tras montar a caballo, avanzó por la calle de San Juan, donde el entusiasmo popular desbordó los límites de lo previsto: balcones engalanados, palomas lanzadas desde las ventanas y vítores sin cesar. Las crónicas relatan cómo el avance del monarca se hacía con dificultad por la emoción de los vecinos.
Una ciudad entregada y un ejército en marcha
Desde primeras horas, Arganda se volcó con la llegada del Rey. El Ayuntamiento levantó un arco de bienvenida en la calle San Juan, y en la actual plaza de los Bienvenida, el alcalde Jacinto García Yepes, junto a autoridades locales y eclesiásticas, recibió al soberano.
El desfile de tropas atravesando el casco urbano coincidió con la llegada de los aeroplanos, creando una imagen imponente.
A mediodía, Alfonso XIII pasó revista a las tropas desde una posición elevada en la Dehesa de El Carrascal. Tras el desfile, el Ayuntamiento y los bodegueros ofrecieron a los soldados un rancho extraordinario, en el que no faltó el vino local.
El Rey, por su parte, regresó al centro urbano, accediendo finalmente a la Casa Consistorial, donde se le ofreció un almuerzo y protagonizó escenas aún recordadas por los más mayores, como la anécdota de la vecina que le ofreció unas rosquillas “para usted y para su abuelita”.
Distinciones, agradecimientos y memoria histórica
A las 13:30 horas de aquel día, Alfonso XIII se despidió desde el balcón del Ayuntamiento entre aplausos y vivas, y partió hacia Madrid.
La jornada concluyó con algunos pequeños accidentes entre las tropas motorizadas, sin consecuencias graves.
Tres días después, el 19 de mayo, el alcalde recibió la Cruz del Mérito Militar de 2.ª clase con distintivo blanco, supuestamente libre de gastos, aunque algunas fuentes señalan que se financió mediante suscripción popular.
Como recuerdo imborrable, varias calles de Arganda cambiaron de nombre: la calle de la Calzada pasó a llamarse Alfonso XIII (actual calle Real), los Silos se convirtió en Reina María Cristina, la calle de la Cárcel en Príncipe de Asturias (hoy Libertad) y la de la Arena en General Aguilera (hoy Peñón de Gibraltar).
Una huella que perdura como testimonio de aquel día en el que Arganda vivió su particular desfile real.








0 comentarios