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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO IV

INÉS LUJÁN

—Pásame la factura del tinte —le dijo Inés a Espino cuando se despidieron.

Confiaba en que una buena tintorería extrajera las manchas que había dejado su vómito en el impecable conjunto del subinspector.

Él se limitó a accionar el limpiaparabrisas del coche para apartar las gotas de lluvia que el abril madrileño enviaba como un aviso que perfilaba con firmeza la estación primaveral y hacía que el verano solo se pudiera imaginar muy a lo lejos.

—Inspectora, tengo un coche detrás —le espetó sin mirar por el retrovisor.

A Inés Luján le pareció que el subinspector nunca llevaría su traje a una tintorería cuando comprobó que el vehículo parado delante del portal de su casa del centro de Madrid no obstaculizaba el tráfico.

Se bajó del extravagante Chevrolet Camaro de su compañero cubriéndose la cabeza con el ejemplar del día de El Castillo, que mañana abriría su edición y la caja de los truenos con el espeluznante asesinato de la abogada Laura Laforet.

Subió por las escaleras hasta el ático donde vivía porque no quería ver en el espejo del ascensor su imagen descompuesta tras vivir el espanto absoluto, y entró en su casa como quien entra en un santuario buscando la paz y la redención.

Se quitó los tacones y se desvistió con rapidez deseosa de desprenderse de su ropa, que estaba impregnada de un olor que la producía náuseas.

Espino y ella habían salido agotados por la tarde del chalet de lujo de las afueras de Madrid donde se descubrió el cadáver de la abogada sin dirigirse la palabra, cada uno ensimismado en sus pensamientos, reflexiones lógicas en el caso del subinspector y apenas ajenas a una infinita pesadumbre en el de ella.

El vigilante contratado por la inmobiliaria que tenía a la venta la exclusiva propiedad descubrió el cuerpo en su turno de las 10:00 a.m. del lunes, tal y como señaló en su parte de trabajo, pero no fue él quien avisó a la policía.

Del estado de shock tardó en recuperarse varias horas. Su compañero, que le esperaba fuera, se imaginó la atrocidad al verlo salir lívido y tambaleándose.

—No entres. Llama a la policía —le rogó balbuciendo.

En su casa, Inés pensaba ahora en el vigilante sentado en el suelo con la espalda apoyada en la rueda de su furgoneta y la mirada vacía, a las 10:45 horas, tal y como se lo encontró cuando llegó al lugar del crimen.

Lo miró a los ojos y supo que era inútil hablar con él. Y supo también que esa mirada era la puerta de entrada al infierno.

Ahora la inspectora Luján se miraba por fin en el espejo del baño.

Le pareció que su ojo artificial brillaba un poco más que el natural bajo la luz de los focos.

Presionó el párpado inferior y se extrajo con cuidado la prótesis ocular, que la molestaba tras más de dos semanas de uso continuado. Limpió con solución salina los depósitos de secreción de mucosa adheridos y la guardó delicadamente en su estuche como su más preciado tesoro.

Un trozo de plástico acrílico era lo que le permitía lanzarse al mundo día a día desde hacía tres años.

Se enfrentó a su imagen.

La cuenca vacía estaba cubierta por la membrana esclerótica que protegía el implante de órbita biocerámico. A través de él, los músculos no afectados por la evisceración del globo ocular transmitían el movimiento a la prótesis. Cuando la llevaba puesta, el efecto estético era casi perfecto y había que fijarse bastante en los movimientos de ambos ojos para detectar que el natural giraba ligeramente más que el artificial hacia los laterales y arriba y abajo.

Se limpió la cavidad vaciada y los párpados con un paño húmedo y eliminó los restos del espartano maquillaje de la cara.

El espejo le devolvió la imagen de una mujer excesivamente delgada que aparentaba más de cuarenta años. Sus facciones eran duras y simétricas y ahora las afeaba un rictus de amargura en los labios, que no estaban consumidos y esquivaban milagrosamente la sequedad de sus facciones. La orfandad del ojo sano, del color del acero, resaltaba contra la ausencia del extirpado, pero el conjunto no producía disonancias que no pudiera disimular la prótesis que se acababa de quitar.

Se tocó el pelo negro y pensó que quizás ya era hora de dejarse la melena más larga. Se buscó alguna cana esquiva por el desastrado cabello, intentando rescatar algo de intimidad del vértigo que la inundaba.

Si cenaba, volvería a vomitar. Y entonces su mente la traicionó sin piedad y la inundó el hedor de la habitación donde Laura Laforet había sufrido el martirio más inhumano que pudiera imaginarse.

Tras la conmoción inicial Inés había salido a la puerta del chalet para tomar un poco de aire y alguien le había ofrecido un cigarro que ella aceptó sin dudarlo, a pesar de llevar un año sin fumar.

Fue un gesto de aislamiento, una mínima y frágil burbuja de protección frente al abominable escenario que había adentro, a pocos metros del jardín de setos perfectamente recortados y repleto de flores y plantas ajenas a la ignominia que saludaban a la nueva estación mostrando sus mejores galas ante unos ojos arrasados.

Durante toda la mañana estuvo deambulando por el escenario del crimen, entrando y saliendo de la habitación cuando la volvían las arcadas, mientras la policía científica tomaba muestras y requisaba pruebas bajo la atenta supervisión de Samuel Espino, que se había convertido ante sus ojos en una estatua de sal inmune a la brutalidad mientras ella temblaba como un cervatillo asustado, avergonzada de su debilidad e incapaz de contener un temblor que terminó por requerir asistencia psicológica durante una hora.

Tras la terapia de choque y algún tranquilizante, reunió fuerzas para acompañar a Espino sumida en una especie de trance hasta que, con el visto bueno del médico forense, el juez ordenó el levantamiento del cadáver a media tarde para iniciar la autopsia.

Por entonces las huellas dactilares que habían podido tomarse de los dedos del cadáver que el soplete del asesino no había abrasado ya habían identificado a la víctima como la abogada de Óscar Osorio, el dios del periodismo nacional, desaparecida diez días antes, y aunque la Policía intentó dosificar la información del hallazgo del cuerpo para favorecer la investigación, la noticia terminó por correr como la pólvora.

A lo largo del día, Espino no había vuelto a hablar del poema encontrado y se había enfrascado en la búsqueda en Google del modelo de respirador hallado junto al cuerpo.

—Aquí está —deslizó su voz de hielo—.Ventilación manual con bolsa autoinflable.

Inés comprobó que el modelo coincidía con el del aparato que la policía científica había catalogado como prueba 9.

—¿Sería capaz de usarlo sin conocimientos básicos de enfermería? —le preguntó el subinspector.

La molestaba que Espino la tratara de usted, pero le había oído usar ese tratamiento hasta con adolescentes.

—Claro que no —le contestó mientras los dos visionaban en el móvil un video que mostraba la precisión de la maniobra con que debía introducirse la cánula en el conducto respiratorio para evitar que la lengua obstruyera el flujo de aire y la técnica empleada para la reanimación.

Ahora en su casa Inés seguía delante del espejo, pero había cerrado el ojo que le quedaba y la mente la trasladaba a su segundo nacimiento, que por entonces ella percibió solo como un terrible dolor de cabeza cuando despertó.

Aún había lagunas que su mente se negaba a rellenar, pero tenía un vívido recuerdo del grupo de agentes policiales de la Brigada Central de Estupefacientes que ella dirigía ese día. Recordaba sus caras, incluso sus conversaciones previas a la operación para incautar un alijo de 1100 kilos de cocaína que alcanzaría en el mercado negro un valor de 38 millones de euros.

Habían recibido una información que situaba a los traficantes con la mercancía en una nave industrial de un polígono destartalado del extrarradio de la capital, pero el confidente avisaba de que el centro de almacenaje y distribución de la droga se iba a trasladar de forma inminente a otro lugar.

Quizás montó la operación demasiado deprisa, quizás no valoró la información filtrada sobre una mano muy poderosa que se ocultaba tras los narcotraficantes, y quizás el ansia de saber de quién se trataba la hizo tomar una decisión que no contaba con las debidas medidas de seguridad aunque la investigación posterior no llegara a esa conclusión.

Cuando forzaron la puerta y penetraron en la nave vieron la furgoneta blanca y esa imagen es la última que recordaba Inés.

Luego se desataron las tinieblas.

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