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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXVII

 

 

LA CONDESA DESCALZA

 

 

Cuando la tuvo delante, Samuel Espino pensó que Rebeca Quevedo era la mujer más hermosa que jamás había visto.

La aristócrata recibió a la inspectora Luján y a él en su despacho de la Ciudad de la Imagen, donde tenía los estudios y las oficinas su productora, que trabajaba en exclusiva para Castillo TV, pero que en breve empezaría a colaborar con otras cadenas de televisión.

Lucía un traje vintage de chaqueta y falda de color rosa que, a su pesar, a Inés se le asemejó al que vestía Jackie Kennedy el día en que fue asesinado su marido.

La condesa de Argenta les estrechó con suavidad las manos y les dirigió una mirada no exenta de cordialidad que desarmó a Espino y dejó indiferente a Inés.

—Buenos días, inspectora Luján y subinspector Espino, por favor, siéntense. —Les acompañó a una mesa auxiliar enfrente de un amplio mirador repleto de flores y plantas. En realidad, el despacho de Rebeca Quevedo parecía un jardín y a Espino, sin saber por qué, le sobrevino el recuerdo del Huerto de Calixto y Melibea el día en que conoció  a Claudio Cisneros.

—¿En qué les puedo ayudar? —Los ojos negros sobrevolaron a Inés y acariciaron a Espino, que se esforzaba en recuperar su función oral.

En vista de que esto no fuese así, Inés tomó la iniciativa de la conversación, un poco abochornada por el mutismo de Samuel, que luchaba por librarse de los efectos hipnóticos de la brisa que levantaba el aleteo de las larguísimas pestañas de Rebeca cada vez que lo miraba. 

—Condesa —reclamó Inés la atención de la aristócrata—, no dudo de que está usted al tanto del asesinato de Federico Fontana.

Rebeca bajó la mirada y Espino aprovechó para librarse momentáneamente de su embrujo, mirando a Inés para pedirle unas aún mudas disculpas.

—Una terrible tragedia que nos ha destrozado a todos. —La congoja quebró la voz—. Como supongo que saben, mantengo una amistad fraternal con el doctor Fontana y se imaginarán ustedes cómo se encuentra él, su esposa, su familia y todos los que nos consideramos como parte de ella.

Espino quería marcharse ya porque no necesitaba cruzar una sola palabra con Rebeca Quevedo para saber que no tenía nada que ver ni directa ni indirectamente con el crimen. Se lo decía hasta el último poro de su piel. Además no deseaba que lo torturaran más sus ojos, dos agujeros negros que absorbían su espíritu sin remedio.

Sin embargo, Inés no tenía ninguna prisa ni su alma sufría ningún tipo de abducción.

—Se preguntará usted por qué estamos aquí —tanteó a su anfitriona.

La voz de la aristócrata era un flagelo satinado para Samuel y una punta de diamante para Inés.

—Están ustedes a cargo de la investigación del asesinato de Laura, así que supongo que, de alguna manera que no llego a imaginarme, su presencia aquí se debe a ese motivo, y no al asesinato del pobre Federico.

—Hace más de dos semanas que estuvimos en su residencia de la Castellana hablando con su marido. Le pedimos una entrevista con usted. Suponemos que le transmitiría nuestra petición.—Espino había recuperado el habla y los dos observaron los gestos de sorpresa, primero, y de desagrado, después, que agriaron el inmaculado rostro de Rebeca.

—Lo siento. Lo siento de verdad —expresó con sinceridad—. Si no les he respondido es porque Óscar no me comunicó ni su visita ni su solicitud.

Se levantó y se dirigió hacia un minibar que estaba en un rincón de la sala. Caminaba de forma natural como si estuviese en una pasarela de moda sobre unos altísimos tacones de plataforma adornados con un lazo que a Espino le pareció muy elegante. 

Volvió con una botella de vino blanco y tres copas y se sirvió una después de que Samuel e Inés excusaran la invitación por estar de servicio. Eran apenas las diez y media de la mañana y parecía claro que los horarios del aperitivo de la condesa no eran los del resto de los mortales, aunque Samuel sospechaba que lo que estaban presenciando era una excepción.

Después de tomar un pequeño trago, dejando una ligera huella de sus labios en el borde de la copa que no pasó desapercibida a Samuel, se dirigió a Inés, olvidándose por el momento de Espino.

—Supongo que usted ha tenido alguna vez una pareja estable, o tiene.

—No entiendo a qué viene esa pregunta —se defendió Inés.

—No se incomode, inspectora. Lo digo porque el amor es efímero e interesado, pero el respeto es noble y permanente en su esencia. Que se acabe el amor entra dentro de lo normal, pero el final del respeto es una tragedia. De consecuencias duraderas.

Samuel se sintió excluido de la complicidad que Rebeca buscaba ahora solo con Inés, como si se hubiese bajado de sus tacones para a dar un paseo descalza por el césped o por la arena en compañía solo de ella.

El subinspector admiró la capacidad de la aristócrata para crear y destruir atmósferas.

Afortunadamente, aunque a Inés le apetecía irse a pasear metafóricamente con la aristócrata, decidió no hacerlo por no dejar aislado a Samuel, al que hábilmente introdujo de nuevo en la conversación.

—Espino, creo que es el momento de poner al corriente a la señora condesa de la relación entre la familia de su amigo Eduardo Fontana y Laura Laforet.

Rebeca abrió los ojos con asombro y por un momento creyó no haber entendido bien lo que acababa de decir Inés.

Samuel recuperó su voz de robot, aupado sobre los hombros de la consideración que Inés había tenido con él, y explicó a su anfitriona la extraña y oculta relación de la familia Fontana con el chalet donde fue encontrado el cuerpo de Laura Laforet y la de Federico con el respirador que apareció en el lugar del crimen.

Rebeca Quevedo era una mujer inteligente capaz de dirigir hacia su cerebro por un lado el torrente salvaje de información inesperada que la angustiaba y por otro el río sosegado del razonamiento lógico para conciliar ambos en una desembocadura común de la que esperaba sacar una conclusión práctica.

Pero en esta ocasión no lo conseguía. No se lo podía creer, pero estaba llorando. El torrente se había desbocado y la había convertido en humana.

Ahora caminaba descalza sobre cristales cortantes, dejando ver a los dos policías las heridas profundas que surcaban las plantas de sus pies.

Inés le entregó un pañuelo de papel que ella tomó con agradecimiento. Después de un minuto intentando arreglar los charcos negros de su rímel, se levantó de nuevo para dirigirse al baño privado de que disponía en su despacho.

Inés y Samuel se miraban sin saber qué decir, asombrados por el derrumbamiento repentino de la aristócrata, que volvió a salir del baño ya recompuesta cinco minutos después.

—Ustedes han venido aquí porque han visto una relación entre el asesinato de Laura y yo a través de mi amigo, el doctor Fontana, y su hijo.

Los policías asintieron en silencio para dejar que Rebeca se desahogara.

—Les voy a contar algo que ignoran. No tengo más remedio, porque creo que puedo ser víctima de un complot. —La voz de la condesa había perdido todo su glamour y ahora se proyectaba casi ronca.

—Óscar y yo nos distanciamos hace tres años. Creía que esto no iba a afectar a nuestra relación empresarial. Sin embargo, poco antes de su desaparición, Laura me visitó y me transmitió la voluntad de mi marido de incluir a su hija en el accionariado de nuestras empresas. Ahora yo poseo el 51% y él el 49% del capital social de todas. La última decisión es siempre mía. Pero la entrada de Irina supondría, si yo aceptaba la propuesta, repartir un tercio de las acciones para cada uno. Por supuesto me negué, tras una discusión muy fuerte con Laura.

La condesa dejó que el poso de sus palabras se asentara en el fondo de la taza del entendimiento de los policías para que extrajeran por sí mismos las conclusiones, que llegaron instantáneamente.

—Lo que nos acaba de confesar podría ser interpretado como un posible móvil del crimen —expuso Espino como corolario.

—Así es  —respondió Rebeca.

 

.

—¿Y por qué nos lo ha contado? —preguntó Inés.

— Porque soy inocente. Y porque tengo miedo. Y porque creo que detrás de todo esto hay alguien de quien me siento una marioneta. Alguien que pretende implicarme en el crimen.

—¿Por qué cree usted que Osorio quiere introducir a su hija en el accionariado de las empresas? —preguntó de nuevo Inés.

—Porque está embarazada. Óscar quiere asegurar el futuro de su hija y de su nieto. Al menos eso es lo que me dijo Laura, pero es mentira.

—¿Y cuál es la verdadera razón? —inquirió Samuel.

—Porque mi marido es un putero.

—Y teme que usted empiece a ejercer de verdad el poder que ostenta y lo relegue a un segundo plano —concluyó Inés.

—Eso es. Pero ahora hay una relación, aunque sea muy indirecta, entre el asesinato de Laura y yo que me coloca en una tesitura muy delicada. 

—Antes ha dicho que tenía miedo —recordó Espino.

—Sí, porque hay algo más que ustedes ignoran.

Rebeca dudó, pero lo dijo:

—El padre del hijo de Irina es un capo de la mafia rumana. Esa gente es capaz de cualquier cosa, incluso de fabricar pruebas para quitarme de en medio. O de matarme.

La condesa descalza había concluido en un susurro tembloroso mientras el Danubio se desbordaba por los ojos imperiales.

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