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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XIV

EL HUERTO DE CALIXTO Y MELIBEA

Samuel temblaba mientras marcaba el número.

—Dígame.

La voz de la mujer en el auricular sonó metálica e impersonal y añadió desazón al nerviosismo de Espino.

Inés lo miraba asombrada. No reconocía en la persona vulnerable que tenía delante al flemático subinspector que siempre controlaba la situación. Estaba claro que la llamada que estaba efectuando lo sobrepasaba hasta un extremo que ella jamás hubiese imaginado.

—Hola, soy Samuel Espino, subinspector de policía de Madrid.

Silencio al otro lado.

—Encantado —continuó, sintiéndose estúpido—. Mire, quería hablar con don Claudio Cisneros. Me han dado este número. ¿Podría pasarme con él?

Silencio.

Espino miró como un corderillo desvalido a Inés, que sintió ver a Samuel en ese estado psíquico tan lamentable.

—¿Oiga? —enfatizó el subinspector.

Se escuchó un ruido sordo, como si su interlocutora fantasma hubiese dejado el teléfono sobre una superficie.

Espino miró a Inés y encogió los hombros en un gesto de impotencia.

Pasaron dos minutos. Cuando ella se disponía a decirle algo, se oyó una voz grave, solemne y no exenta de delicadeza a través del auricular.

—Perdone la espera, subinspector. Estaba atendiendo otros quehaceres que no admitían demora. Buenas noches ya. ¿En qué le puedo ayudar?

Samuel se atragantó.

Inés percibía que su compañero estaba sobrepasado por la situación.

A Espino le podía el respeto y la admiración por el excelso poeta y era incapaz en ese momento de separar la literatura de su trabajo como investigador. Si hubiera tenido la lucidez suficiente, hubiera pensado en alguna evocación alegórica que le hubiese ayudado a sobrellevar la situación, como que era incapaz de imaginar la pluma de Cisneros impregnada de sangre en vez de tinta.

La poesía de Claudio Cisneros suponía una cumbre de la literatura española y universal de finales del siglo XX y su imperio se extendía por el siglo XXI, coronada por las alabanzas unánimes de críticos y lectores ilustrados.

Contemplando ahora a su compañero aferrado al móvil y tartamudeando, Inés podía ver al joven estudiante de la Autónoma que discernía la poesía de Cisneros y desentrañaba las deslumbrantes metáforas e imágenes del insigne autor. Lejos quedaba el subinspector en que años después se convertiría y cuya mente analítica admiraba sin confesarlo en público.

—Buenas noches, se-señor Cisneros —tartamudeó Samuel con voz trémula—. Siento importunarle.

Entre carraspeos, frases inconclusas y anacolutos impropios de la formación académica del subinspector, Samuel consiguió a duras penas transmitir al poeta su intención de entrevistarse con él.

—A la mayor brevedad posible —se atrevió sonrojado a pedirle.

Tras tres calculados segundos, la voz de Cisneros volvió a alzarse clara, potente y exquisita.

—Por supuesto, subinspector. No tengo ningún inconveniente en concertar una entrevista siempre y cuando se desplace usted a Salamanca, donde me tienen atado mis obligaciones y mis circunstancias.

Espino admiró la sutil explicación con que el poeta se refería a su forzoso “exilio” del ruido informativo y de la exposición a que estaba sometido en la capital.

Cisneros había buscado un locus amoenus donde sobrellevar el luto por su descrédito público y velar el Nobel que jamás atesoraría. La ciudad de Salamanca se le antojó un enclave perfecto para serenar su espíritu y huir de las turbulencias que habían desarbolado su carrera literaria.

Al menos todo esto se imaginaba Samuel mientras recibía del poeta una ubicación exacta para su cita.

—Si le parece bien, subinspector, nos vemos mañana a las 12:00 horas en el Huerto de Calixto y Melibea.

Inés enarcó una ceja. Espino tenía activado el altavoz del móvil y su compañera escuchaba toda la conversación.

Samuel pareció recobrar algo de serenidad e hizo un gesto tranquilizador con la mano a la inspectora. Conocía el emplazamiento de uno de los lugares con más encanto de la histórica ciudad de Salamanca, cuyo casco antiguo, Patrimonio de la Humanidad, lucía algunas de las más impresionantes joyas arquitectónicas castellanas.

—Perfecto, señor Cisneros. Nos vemos allí mañana —consiguió terminar Espino con un tono de voz medianamente decoroso.

—Junto al arco de la entrada —precisó Cisneros colgando la llamada sin despedirse.

—¿El Huerto de Calixto y Melibea?

La pregunta de Inés sacó a Espino del estado de obnubilación en que se encontraba.

Samuel consiguió hacer volver a su mente del viaje interestelar que había emprendido para focalizarla en la cuestión.

—Es un lugar turístico de Salamanca muy romántico. Lo visité hace años en un viaje con compañeros de la Facultad. La tradición cuenta que en ese jardín se producían los encuentros amorosos de Calixto y Melibea que se relatan en la Celestina.

—¿Y eso es verdad? —preguntó con tono escéptico Inés.

—Da igual. Es plausible. Y con eso basta. Muchas veces la historia se escribe a través de leyendas adecuadamente barnizadas y adulteradas para que tengan un mínimo de credibilidad. Fernando de Rojas no ubicó las escenas en una ciudad en concreto, pero la calle del Arcediano que desemboca en el Huerto aparece nombrada en su obra y es verosímil que estudiara en Salamanca, como parecen indicar los paratextos que anteceden a la Celestina. Con eso es suficiente. ¿Nació Cervantes en Alcalá de Henares? En el siglo XVI no existían las partidas de nacimiento, solo de bautismo. ¿Está enterrado Lorca en una fosa común del barranco de Víznar? Seguramente. Las concejalías de Turismo de los ayuntamientos explotan el filón sin detenerse demasiado en buscar pruebas irrefutables y amparadas por la imposibilidad de demostrar lo contrario a las hipótesis oficiales basadas en pruebas históricas de cierto valor. Por ser el lugar de la Mancha del que no quiso acordarse Cervantes se pelean Villanueva de los Infantes, Argamasilla de Alba, El Toboso y alguna ciudad más. No seré yo quien ponga en duda que el lugar de los encuentros secretos de Calixto y Melibea está en Salamanca—concluyó Samuel apretando los labios.

—¿Estás bien? —inquirió Inés.

—Pues claro —mintió Samuel con una mueca que quería hacer pasar ahora por una sonrisa impostada.

La inspectora percibía el terremoto que asolaba el espíritu de su compañero. Pero supo también que poco a poco volvía a tener enfrente de ella al analítico subinspector Espino, que ya imaginaba fenecido bajo el peso de la púrpura poética de Cisneros.

En ese momento el teléfono de Inés sonó.

—Dígame, comisario Vázquez.

Samuel percibió que a medida que el jefe de Inés le iba transmitiendo a la inspectora la información su gesto mutaba entre el fastidio y la curiosidad.

Finalmente colgó y se quedó pensativa.

—Tendrás que ir solo a Salamanca —dijo con tono de circunstancias mientras Samuel esperaba alguna explicación que se produjo de forma muy escueta mientras la mente de la inspectora parecía volar muy lejos de allí.

Inés no lo acompañaría porque también a mediodía ella tenía otra cita.

Irina Covaci había llamado a la Brigada Central de Delitos solicitando una reunión urgente con ella.

—La hija de Osorio aparece en defensa del Padre —ironizó Samuel.

—Dice que tiene pruebas irrefutables contra el asesino de Laura Laforet —añadió Inés, que empezaba a asimilar la noticia.

A las 08:30 a.m. del día siguiente Espino partió hacia Salamanca desde la estación de Príncipe Pío.

Antes de subirse al tren, Samuel e Inés hablaron de la desagradable sorpresa que les había causado la lectura en sus móviles de la edición digital de la mañana de El Castillo, que abría con la exclusiva del macabro detalle del soneto clavado en el ojo de la abogada de Óscar Osorio y con su texto íntegro.

Además el periódico ya había bautizado al asesino.

Y el elegido era un sobrenombre incriminatorio: el Poeta.

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