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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XL

TEMPLO DEL SILENCIO

La ascética luna velaba a los difuntos.

Su luz elegante resbalaba sobre las lápidas, queriendo ayudar a la sombra espectral que prendía la oscuridad con una linterna como si portara la antorcha de la vida a la conquista del imperio de las tinieblas.

El Poeta paseaba por el templo de la quietud, entre los sepulcros del Cementerio de la Almudena, deteniéndose ante algunos que despertaban su atención por las estremecedoras esculturas que los enmarcaban.

A su pesar, se imaginaba saltando de un túmulo a otro hasta llegar sin tocar el suelo al que estaba buscando.

Una llovizna bohemia e inesperada caía sobre Madrid intentando enternecedoramente hacer crecer las flores depositadas sobre la piedra indiferente. 

Sus pasos resonaban en la grava de forma cadenciosa, produciéndole un cosquilleo placentero en la nuca.

Avanzó lentamente, sin dejar de admirar las maravillosas imágenes que señalaban el lugar del descanso eterno asignado por los vivos a los caídos, a veces pactado antes, muchas otras jamás imaginado por estos. Los ojos de los muertos nunca contemplan la guadaña, porque de ella solo dan fe los que entierran, cubriendo la putrefacción con mármol, granito, caliza o bronce.

Llegó por fin ante la tumba recientemente estrenada que buscaba. 

Estaba un poco apartada de las demás, casi improvisada, como si la parca se hubiese equivocado de casa y no hubiera dado tiempo a recibirla como se merecía, y lucía negra, distinguida, sin cruz y con una sencillez espartana, el nombre del fenecido a quien albergaba y una leyenda en letras plateadas sobre la lápida:

SAMUEL ESPINO

Nada más hermoso que un soneto, salvo tú

El Poeta depositó delicadamente sobre ella el ramo de crisantemos rojos que llevaba consigo y extrajo de él un libro de bolsillo. Buscó un poema en concreto y mientras las pequeñas gotas de agua caían cadenciosamente sobre la página elegida, empezó a recitarlo con voz sosegada. 

TEMPLO DEL SILENCIO

Te regalo el silencio,

La ironía y no el quebranto,

Que no sufras lo que siento,

A ti, que te quiero tanto,

Que no te espero.

—Buenas noches, Poetisa —oyó a sus espaldas—. Yo sí que te esperaba. Los muertos te saludan.

Ella no se sobresaltó. Fue como si no estuviese allí. 

Antes de girarse, sonrió al darse cuenta de la trampa en que había caído. Cerró el libro y lo dejó junto al ramo.

—Ahora sabes por qué no me gustaba el apodo del Poeta —le dijo a su interlocutor, volviéndose—. Me alegro muchísimo de que estés vivo, subinspector.

Samuel admiraba a la reina de la noche, con el pelo mojado y vestida con las galas que había elegido para el baile imposible entre los dos. 

Inés Luján no disimulaba su cuenca vacía con el ojo artificial y la blancura de la membrana esclerótica se exponía por primera vez ante Espino.

En la paz que los circundaba ella parecía recién salida de un sarcófago con su palidez y su exquisito vestido negro, que la cubría como una mortaja.

—Te has escrito un precioso epitafio —le dijo mirándolo cariñosamente con su único ojo mientras unos pequeños diamantes brotaban de las dos cuencas para sustituir a la ligera lluvia, que paró en ese momento.

La espigada figura de Espino estaba recortada sobre el disco lunar, desamparada e inmóvil como una cruz de piedra. 

Hasta el último momento había albergado la esperanza de haberse equivocado, de que no fuera ella la que viniera a visitarlo. 

Pero ahí estaba, delante de él y ante su tumba, cumpliendo la promesa que le hizo. 

Se conmovió al darse cuenta de que se había enamorado de una asesina.

—¿Tienes miedo? —le preguntó ella suavemente.

—Sí,… pero no a la muerte,… sino al futuro,… que ya está contaminado para siempre —respondió él, intentando infructuosamente no desmoronarse.

Ambos sabían que las noches del Strawberry yacían en el sepulcro de Samuel, pero, añorantes, recogían algún puñado de la tierra que las cubría.

—Al final, tú ganaste la batalla —le dijo ella recordando una conversación ante la barra del bar.

—No he ganado nada. Lo he perdido todo. —Samuel la miraba sin poderse creer aún lo que sabía hace tiempo.

Inés solo necesitó una palabra para preguntarle cómo había llegado a la verdad.

—Dime.

Espino hizo un esfuerzo sobrehumano para enhebrar las explicaciones, que se abrían paso devastadas por la tribulación.

—¿Te acuerdas de cuando me hablaste de los problemas NP?  Pensé en lo que me dijiste y quise aplicar la teoría al caso. Intenté imaginarme el rompecabezas acabado cuando andaba perdido buscando resolverlo. Al puzzle le faltaban o le sobraban piezas si lo intentaba completar con otros sospechosos; sin embargo, si tú eras la asesina, increíblemente todas encajaban a la perfección.  

—Y la declaración de Cisneros que encontraste en el pozo te lo confirmó —comprendió Inés.

Tras leer extasiado la confesión que el egregio escritor arrojó al Pozo de los Enamorados, en la que revelaba que Laura Laforet lo había introducido en el mundo del tráfico de drogas y que fue ella quien preparó la trampa que acabó con la vida de doce policías y en la que Inés perdió su ojo sin que él hiciera nada por impedirlo, Samuel certificó sus sospechas y el rompecabezas en que se negaba a creer se completó. 

A pesar de que el imperio mediático de Osorio había descoyuntado para siempre el alma del excelso poeta, el autor había querido ajustar cuentas con su conciencia y dejarle a Espino su testimonio para que saliera a la luz tras el suicidio que tenía planeado.

Cisneros relataba en lo que dejó escrito el trauma que le produjo la desaparición de Laura Laforet y la consternación que sintió al recibir sus fotografías con ella. 

Si el raptor de la abogada tenía en su poder esas fotos, incluida aquella en la que llevaba la pulsera con el nombre grabado que usaba como alias para comunicarse con los contrabandistas, es que había tenido acceso a su documentación más personal, que la implicaba en el tráfico de drogas, y sabía también la relación pasional que los dos habían mantenido años atrás y la propia participación del escritor en los oscuros negocios de su examante.

Cisneros nunca tuvo la menor duda de que se trataba de una venganza por la trampa mortal que costó la vida a los agentes. Solo le quedaba aguardar y ver el desenlace del secuestro.

Cuando apareció el cadáver de la abogada, se corroboraron sus sospechas y desde ese momento supo que él también sería objeto de la venganza que había acabado con ella. 

Laura Laforet usaba para sus asuntos al margen de la abogacía el nombre de Priscilla con que Cisneros se refería a su musa, a pesar de que el poeta siempre se opuso. Pero ella se reía de esa objeción, argumentando que era imposible que nadie relacionase su alias en el negocio de las drogas con su aparición secreta en un  poema.  

Cuando El Castillo publicó la noticia de que su soneto en acrósticos con la declaración de amor a Priscilla-Laura fue hallado clavado en el ojo de su cadáver, entendió que la venganza contra él iba a ser más sofisticada y que consistiría en culpabilizarlo del horripilante crimen y sepultarlo en vida. 

El criminal no había dudado en usar el poder mediático de Osorio para sus planes y Cisneros renunció a defenderse, porque aunque no era el asesino, para hacerlo debería confesar su participación en el tráfico de cocaína.

Además, se sentía culpable de no haber hecho nada por evitar la masacre de los policías y asumió su destino por los delitos del pasado.

A Samuel se le grabó a fuego el párrafo final del testamento confesional de Claudio Cisneros:

Tras el asesinato de Laura, la policía busca a un homicida inhumano, pero cuánto dolor hemos debido de causar a un ser humano para que se haya transformado no en un monstruo sin entrañas, sino en un enfermo.

Sin asimilar del todo la traumática verdad, decidió empezar a recabar todas las pruebas posibles para verificar esa declaración, porque sin ellas la defensa podría argumentar en un juicio que el texto era producto de la imaginación del escritor.

Espino realizó esa día una llamada al comisario Vázquez para informarlo del contenido de los documentos encontrados y el Camaro voló hacia Madrid.

Antes de la simulación de su muerte, el subinspector había ahondado en el pasado de Laura Laforet y había descubierto sus profundas relaciones con el narcotráfico. 

Al margen de que la abogada llevara todos los asuntos de Óscar Osorio, constató la continua aparición del bufete Laforet & Asociados en la defensa de varios contrabandistas de drogas.

Reunió al personal técnico del Laboratorio de Lingüística Forense y ordenó que se compilaran todos los archivos policiales relacionados con el tráfico de sustancias estupefacientes desde quince años atrás y se comprobara si el nombre de Priscilla surgía alguna vez en ellos.

Fue una labor ingente que obligó a sus informáticos a dedicar muchas horas durante varios días a recopilar expedientes a lo largo y ancho de toda España, rebuscando en las bases de datos que compartía la Policía Nacional.

El resultado fue deprimente, porque Priscilla aparecía solo como nombre propio asociado a algún DNI o a un NIE, o a un permiso de residencia o a un pasaporte en concreto. Y esas Priscillas eran mujeres perfectamente identificadas que nada tenían que ver con el caso. 

Espino buscaba otra cosa. Un alias. Una anomalía.

Tras los nulos resultados, Samuel decidió jugarse una última carta a la desesperada: los archivos de la Guardia Civil.

Cuando ordenó a Pablo Páramo ponerse manos a la obra, observó su cara de desánimo, porque la labor era mucho más trabajosa. Las bases de datos de la Policía Nacional y de la Guardia Civil distaban mucho de estar unificadas, e incluso los investigadores del Laboratorio temían que los expedientes más antiguos ni siquiera estuvieran digitalizados.

Fue un golpe de suerte propiciado por la insistencia de Espino.

Los días de búsqueda febril en la nueva dirección culminaron con la entrega al subinspector de un expediente procedente de un cuartel de una localidad de Madrid.

Databa de algo más de tres años atrás y hacía referencia a la agenda de un móvil incautado a un ciudadano de nacionalidad búlgara llamado Stanis Stoichkov que había sido detenido por tráfico de drogas.

En la tarjeta prepago del móvil solo había grabado un nombre: Priscilla.

El instinto de Samuel se disparó. 

El hombre había confesado su culpabilidad y la Guardia Civil lo había entregado a la Policía Nacional, pero el detalle de la agenda parecía haberse quedado traspapelado en el proceso.

Sin embargo, el nombre de Stanis Stoichkov sí que fue reconocido por los ordenadores del Laboratorio de Lingüística Forense. 

Era el confidente en la operación de incautación del alijo de cocaína dirigida por Inés Luján en la que perdieron la vida los doce agentes de la Brigada Central de Estupefacientes.

Ahora ella le dirigía a Espino una mirada triste y limpia en el camposanto de la Almudena.

—¿Sabes lo que has hecho? —La pregunta que le lanzó el subinspector con un hilo de voz no era retórica.

—Priscilla era… —empezó Inés.

—Era el alias que usaba Laura Laforet —la interrumpió Samuel—. Le servía para comunicarse con los contrabandistas a quienes coordinaba en la operación del alijo de drogas en la que perdiste a tus compañeros y tu ojo. Fue ella quien ordenó explosionar la furgoneta. Pero por entonces no tenías pruebas en su contra. Solo un nombre que aparecía en la tarjeta prepago del móvil de Stanis Stoichkov, el confidente de la policía que dio el soplo. 

—Continúa —le dijo ella con una sonrisa que soportaba una desolación infinita.

—El nombre de Laura Laforet siempre estuvo en tu mente como la mano poderosa que se encontraba tras el alijo de 38 millones de euros de cocaína. Sabías de la defensa que su bufete hacía de grandes narcotraficantes, para los que conseguía penas mucho menores de las habituales con subterfugios legales o sobreseimientos de los procesos judiciales relacionados con defectos de forma en la consecución de las pruebas. La secuestraste con la ayuda de Federico Fontana, que le administró escopolamina para someter su voluntad y hacer que os entregara la documentación que la delataría. La sospecha se convirtió en certeza cuando viste la foto de la pulsera que Cisneros regaló a Laura Laforet grabada con el nombre poético que le había dado y que coincidía con el contacto del móvil del confidente. Después obtuviste su confesión y decidiste martirizarla y asesinarla. Hiciste desaparecer los datos de la agenda de Stoichkov de los archivos de la policía y enviaste oportunamente a Irina Covaci las fotos de Cisneros con ella para inculparlo.

—Sin embargo, todo eso son suposiciones que no hubiesen servido para acusarme. —Ahora Inés parecía divertida.

—Por eso fingimos mi asesinato, para que vinieras a recitar ante mi tumba el poema que me prometiste en el chat y confirmáramos que el Poeta era en realidad la Poetisa. —Samuel pronunció estas palabras en voz baja, como si temiese despertar a los finados.

—Os felicito a ti y a Vázquez —dijo ella muy seria ahora —. Tuvisteis que organizar muy bien la explosión para no provocar víctimas inocentes en mi calle. Supongo que Delmiro os ayudaría colocando un cadáver que te supliera en el asiento del coche mientras yo bajaba a buscarte. Y supongo que en tu entierro habría mezclados figurantes con convencidos de tu muerte para dar mayor realismo a la representación. Tengo que reconocer que el comisario es un genio de la interpretación. —Su tono era ya más mordaz—. Esta mañana me ha convencido de que Pablo Páramo había ocultado pruebas y que la investigación apuntaba a él. Íbamos a ir al Laboratorio mañana. 

—Sin Vázquez no hubiese podido hacer nada —concedió Samuel—. Como tú sin Federico Fontana, al que conociste cuando trabajaba en el Hospital Gregorio Marañón, antes de que lo trasladaran al de La Princesa. Fue tu anestesista allí cuando te extirparon el ojo y seguramente un gran apoyo psicológico que te llevó a intimar con él después.

Ella parecía escucharlo como si se refiriera a otra persona. Cuando habló, a Samuel le costó reconocer su voz, que despertaba escalofríos.

—Me convencisteis de tu muerte. Esta noche ella te ha vengado antes de venir aquí. —La luna había decidido ahora iluminar la cuenca vacía de Inés y la incomprensión de Espino.

—¿Qué quieres decir?

—Es mejor que termines tu historia —lo animó ella con una mueca que el subinspector tampoco supo interpretar.

Samuel agachó la cabeza y siguió hablando quedamente, como para sí mismo.

—El escenario del crimen estaba repleto de simbología, como sospechó Adrados. Los negros carámbanos del soneto son la metáfora de la metralla que segó la vida de los agentes a tu cargo y del tornillo que perforó tu ojo y originó que lo perdieras. Clavaste el soneto de Cisneros en el ojo izquierdo de Laura porque el derecho se lo extirpaste, como a ti te evisceraron el tuyo. Ojo por ojo. La dejaste casi sin dientes. Diente por diente. La abrasaste como a ti te abrasó la explosión que ocasionó la muerte de tus compañeros. La sometiste a laceraciones y torturas abominables para que acumulara el dolor de las familias que perdieron a sus seres queridos y el tuyo propio. La abriste en canal, la destripaste y la despellejaste, reproduciendo el estado en el que quedaron los doce cadáveres, que pudiste ver cuando tuviste acceso al material gráfico del caso que se guarda en los archivos de la Brigada Central de Estupefacientes.

—Me abrumas, Samuel. —Ella se había dado la vuelta, quedando de nuevo de espaldas al subinspector. Sin confiarse, la luna acentuaba ahora la fragilidad de su silueta.

—Cuando cogiste del suelo el sobre de ibuprofeno que dejaste olvidado en la casa de Federico Fontana fue para borrar las posibles huellas que hubieses dejado, antes de depositarlo en la bolsa para la policía científica —continuó él. 

—¿Qué más? —Samuel apenas se fijó en que la luna buscaba la mano derecha de Inés, que había desaparecido.

—El asesinato de  Elías Osorio te pasó factura. Estabas convaleciente aún de las heridas por la bomba lapa que hizo estallar tu coche y su resistencia te obligó a un sobresfuerzo que hizo que recayeras. Por eso cojeabas esa noche en la Casa de Campo.

—Pobre sor Guadalupe —fue lo único que dijo ella antes de volverse de nuevo hacia Espino, que no se percató a través de sus ojos empañados del filo acerado que había aparecido en la mano de Inés, a pesar de que la luna no dudó en iluminarlo, alarmada.

El silencio se había hecho aún más dueño del reino de los muertos.

—¿Has venido solo? —le preguntó ella mientras la luna se negaba ahora a revelarle la presencia de Vázquez y sus policías tras varios túmulos cercanos.

—Ya siempre estaré solo —le respondió Samuel con voz ronca.

 Inés se acercó a él con el puñal disimulado en su mano.

—Tienes el nudo de la corbata hecho un desastre —le recriminó.

—Tu ojo no tiene mejor aspecto.

Los dos sabían que esa sería la última vez que se sentirían juntos ante la barra del Strawberry.

—¿A quién va dedicado ese epitafio? —preguntó Inés mientras giraba su cabeza hacia la tumba fingida.

—¿No lo sabes? —Samuel le tocó la mejilla para que se volviera hacia él.

—Siempre nos quedará Tomorrowland, pájaro Espino —le susurró ella mientras la lacrimosa luna de Madrid iluminaba la sepultura abierta de sus labios, hacia la que se inclinaron los de él.

Inés cerró sus ojos para no verlo morir mientras le buscaba el corazón con el puñal. 

Y una nube cruzó por delante de su cordura para que olvidara de quién era la sangre que regó los crisantemos.

 

 

EPÍLOGO

Esa misma noche, antes de acudir al cementerio, Inés Luján había terminado el poema que aparecería prendido del alfiler que traspasaba el ojo izquierdo de Irina Covaci.

Muchos años después, frente a su pelotón de acreedores, Óscar Osorio seguiría recordando el día en que la Poetisa convirtió su corazón en hielo.

 

*   *   *

 

ANEXO

EXTRACTO DEL INFORME PERICIAL PSIQUIÁTRICO DE LA ACUSADA

El presente informe se extiende con la finalidad de determinar el estado mental de la informada en el momento de cometer los delitos de los que se la acusa

SOLICITANTE

Audiencia Provincial de Madrid, Sección 4ª de Lo Penal.

ANAMNESIS DEL SUJETO INFORMADO

Sexo: mujer.

Edad: 41 años.

Profesión: Inspectora del Cuerpo Nacional de Policía.

Estatura: 1,70 metros.

Peso: 54 kilogramos.

ESCALA DE INTELIGENCIA EN TEST DE WECHSLER

142 (alta capacidad intelectual).

PATOBIOGRAFÍA

Evisceración del globo ocular derecho por incrustación de objeto punzante.

EVALUACIÓN PSIQUIÁTRICA

Se han realizado varias entrevistas y test a la persona evaluada que han determinado el padecimiento de un trastorno mental por causa de una experiencia traumática. Dicha circunstancia está localizada en la biografía de la informada y tiene su origen en el shock producido por la muerte de doce compañeros que seguían sus órdenes en una operación policial en la cual ella también sufrió el estallido de su globo ocular y su posterior pérdida. 

El citado episodio produce un intenso deseo de venganza que se considera el detonante del complejo cuadro psiquiátrico de alteración de la personalidad observado en tres vertientes:

-TID (trastorno de identidad disociativo) que provoca que en el sujeto de estudio convivan dos personalidades.

-Amnesia disociativa que impide a la evaluada recordar determinados episodios de su vida y comportamiento, y en concreto reconocerse en la comisión de los crímenes que se la imputan, probablemente como mecanismo de autodefensa.

-Trastorno de despersonalización-desrealización que provoca que la informada perciba sus propias acciones desconectada de ellas, como si fueran imágenes de una película, en un mundo que no entiende como real.

Si bien estos tipos de trastornos se producen generalmente como consecuencia de traumas en la infancia, el estrés de una guerra o una catástrofe natural, también pueden ser ocasionados por otras circunstancias trágicas como la sobrevenida a la acusada, producto de la cual es la evidente patología mental que presenta, con gravísimas dificultades en la percepción del yo y distorsiones en la autoatribución de las acciones.

Los estudios efectuados sobre la informada constatan que esta creó una nueva identidad para cubrir el anhelo de venganza que no podía satisfacer abiertamente; de esta manera, la nueva personalidad deja libre de culpa a la anterior y desaparece una vez completada su finalidad.

CONSIDERACIONES MEDICOLEGALES

Los exámenes psiquiátricos que en su momento se realizaron a la informada, previos a su reincorporación a su función policial, deberían haber detectado estos trastornos y recomendado su baja médica definitiva por incapacitación mental para desempeñar su labor. No obstante, dado el alto grado de inteligencia de la acusada, quizás no se trate de un caso de negligencia, sino de un enmascaramiento de los resultados de los análisis motivado por las respuestas meditadas y no espontáneas del sujeto. 

También es posible que el trastorno mental se produjese o agudizase tras los estudios psiquiátricos y por ello no fuera detectado en el momento de su realización.

En todo caso sería necesario tener acceso a dichos análisis y revisarlos a fin de determinar el grado de responsabilidad del profesional que los elaboró.

DIAGNÓSTICO

Trastorno de identidad disociativo y de despersonalización-desrealización en grado extremo con amnesia disociativa por trauma psicológico severo.

CONCLUSIONES Y RECOMENDACIONES

La acusada no es responsable de sus actos en el momento de cometer los asesinatos que se le imputan debido al diagnóstico emitido, por lo que se recomienda su ingreso en centro psiquiátrico penitenciario para el tratamiento de la enfermedad mental referida con psicoterapia, hipnoterapia y medicación adecuada.

Se recomienda asimismo su reclusión en celda de máxima seguridad para evitar agresiones o autolesiones y prevenir conductas suicidas.

 

AGRADECIMIENTOS

El autor desea agradecer a Celia González, editora y directora de Diario de Arganda, la oportunidad de difundir esta novela en su periódico digital, y a Óscar Rubio, redactor del medio, su profesionalidad y amabilidad. Ambos han sido un apoyo muy valioso para culminar la publicación por entregas de esta obra que rinde homenaje a la literatura a través de los escritores que aparecen en ella, citados o evocados. 

AVISO LEGAL

Esta es una obra enteramente de ficción. Cualquier parecido de los personajes que aparecen en ella y de los sucesos narrados con personas o hechos reales es producto de la casualidad y ajeno a la voluntad del escritor.

Aunque su difusión en Diario de Arganda es gratuita, queda expresamente prohibida la publicación de esta obra por otro medio sin el consentimiento expreso del propietario de sus derechos.

La propiedad intelectual y los derechos de autor de esta novela pertenecen a Miguel Ángel López García-Porrero.

 

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo 1

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo II

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo III

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo IV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo V

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo VIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo IX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo X

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIV

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XV

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVI

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIX

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXVI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXVII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXVIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXX

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXI

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIV

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXVI

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXVII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXVIII

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXIX

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XL

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