¿Te parece interesante? ¡Compártelo!
El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XVI

CONVERSACIÓN EN SALAMANCA

A Samuel le encantaba Salamanca. Sentía que sus calles del casco viejo conservaban intacto el aire gótico, renacentista y barroco desde hace siglos.

Había llegado con tiempo suficiente para serenar su ánimo recreando su vista en la piedra arenisca con que habían sido edificadas la Universidad, la Catedral, la Casa de las Conchas o la Plaza Mayor antes de acudir a la cita con Cisneros.

La piedra franca de las canteras de Villamayor otorgaba a las fachadas monumentales un color dorado característico por la oxidación del hierro presente en ella y le traía al subinspector recuerdos del viaje de su época de estudiante.

Necesitaba refugiarse en los recuerdos balsámicos de su juventud, cuando el mundo era blanco y cabía en la palma de la fraternidad, antes de que decidiera cambiar de rumbo y dedicarse a la lingüística forense para descubrir que la naturaleza del mal circundaba al hombre mucho más de lo que podía imaginarse y en las formas más atroces e insondables.

Paseando por las calles recoletas del centro histórico imaginaba que a la vuelta de una esquina se podía encontrar con un caballero con jubón, capa, gorguera y calzas o a una dama graciosamente engalanada con un vestido con corpiño y verdugado sobre camisa de lino que caminaba con chapines.

Conforme se acercaba el mediodía, Samuel era vencido por el nerviosismo y la incertidumbre de no saber si podría despojarse de su admiración por Cisneros para no contaminar la investigación.

Se dirigió a la parte trasera de la Catedral y enfiló la escondida calle del Arcediano, al final de la cual se encontraba el jardín al que daban nombre los amantes trágicos de la obra de Fernando de Rojas.

Samuel lo vio junto al arco del muro que daba acceso al Huerto de Calixto y Melibea y la desazón lo invadió. Ahí, a pocos metros de él, le estaba esperando una figura egregia de la literatura española y universal, el hombre al que sabía que la historia pondría en la cima del parnaso de la lengua castellana junto a Garcilaso o Quevedo, al lado de Machado o Lorca, sobre los hombros de Bécquer o Cernuda.

Casi como un peregrino acercándose al lugar de culto que marcaba el final de su camino, Samuel ralentizó el paso mientras observaba al hombre que de espaldas miraba a su vez hacia el fondo del jardín.

Su figura delgada era realzada por un traje azul claro de entretiempo.

Cisneros se giró al oír los pasos de Samuel sobre el empedrado y su rostro juvenil de sesenta y cinco años se iluminó con una sonrisa bondadosa que lo desarmó.

—¿Me vienes a detener, subinspector? —le recibió sin tenderle la mano.

La de Samuel quedó flotando extendida en el aire de forma tragicómica quizás medio segundo, pero el poeta no pareció darse cuenta mientras sus ojos poderosos miraban el fondo del alma del visitante.

Samuel carraspeó y bajó la vista.

—Buenos días, señor Cisneros —saludó discretamente.

—Bienvenido a Salamanca, señor Espino. — Ahora sí, Claudio Cisneros tendía la mano que Samuel tardó un segundo más de la cuenta en estrechar porque el gesto le pilló desprevenido.

La mente del subinspector estaba desconcertada, nadando en un mar de sentimientos encontrados que le impedía analizar de forma precisa el juego de tuteos y formalismos que percibía en el comportamiento del poeta, aunque esto también se perdía en una nebulosa de incertidumbres.

Samuel admiraba los zapatos italianos de Cisneros antes de decidirse a levantar la vista y buscar fuerzas para iniciar una conversación que presentía iba a recordar toda su vida.

—Supongo que habrá leído las últimas noticias que publica El Castillo —empezó mientras se avergonzaba de su pregunta retórica.

Un golpe de brisa primaveral movió el flequillo blanco del insigne poeta para colocarlo en un ángulo más agudo respecto a la noble frente.

—No es una de mis lecturas favoritas —sonrió el escritor.

—Lo que he leído sobre usted tampoco es una de las mías. —Samuel se sorprendió ante la crudeza de sus palabras, que el subconsciente había ido tejiendo y alimentando en su interior con los deshechos de su pesadumbre.

Ahora el viento levantó el flequillo de Cisneros, que quedó cual espadaña de un rostro singularmente simétrico surcado por algunas arrugas que parecían ríos.

—¿Quiere que paseemos por el jardín, inspector? —Su interlocutor le hacía un gesto gentil con la mano invitándole a atravesar el arco.

Samuel interpretó la cortesía como una señal inequívoca de que el poeta estaba dispuesto a entrar en el fondo de lo que le había llevado hasta allí.

A la izquierda de la entrada se detuvieron ante una estatua dedicada a la alcahueta más famosa de la literatura española. Debajo del busto de Celestina leyeron una cita tomada de la obra de Fernando de Rojas.

Soy una vieja cual Dios me hizo, no peor que todas. Si bien o mal vivo, Dios es el testigo de mi corazón.

—Créame, señor Espino, que en la Celestina hay tan alta literatura y tan profunda sabiduría como en el Quijote —proclamó ensimismado Cisneros ante la imagen.

Avanzaron lentamente por las diversas sendas que se abrían, habituándose a los olores y a la atmósfera del lugar, buscando no alterar en exceso la paz que se respiraba. El espacio que los acogía no entendía de siglos y un avión que lo sobrevolara en ese momento hubiese resultado una visión futurista. Para Samuel, hubiese sido mucho más natural encontrarse a los personajes que daban nombre al vergel retozando entre los recoletos rincones aromatizados por la gran variedad de árboles, plantas y flores que se abrían a los sentidos.

—Dígame, ¿cuál cree usted que es el sentimiento más noble que puede albergar el ser humano? —La voz del poeta era un susurro que temía quebrar el sagrado sosiego que les rodeaba mientras lanzaba la pregunta a Samuel sin mirarlo.

—Dígamelo usted, porque si le respondo que el amor, presiento que me va a corregir —respondió Espino con cautela.

Cisneros esbozó una sonrisa mientras bajaba la vista al suelo, admirando las hermosas veredas por las que poco a poco se iban perdiendo.

—El amor está sobrevalorado, y está mal que lo diga yo —dijo con cierto poso de amargura el poeta.

Samuel se dio cuenta de la ironía que encerraban las palabras de quien había escrito los más maravillosos sonetos de amor de la literatura española de los últimos cuarenta años.

La respiración de Cisneros era audible para Samuel cuando se detuvo y le tocó el codo para que hiciera lo propio.

—Es la compasión —musitó el escritor. Sus ojos entornados eran barrotes que aprisionaban algo que el poeta se negaba a liberar.

Samuel entró en comunión con su compañero mientras escuchaba el susurro de su voz, grave y melancólica al mismo tiempo.

—Por compasión el ser humano es capaz de realizar las mayores acciones virtuosas. Aquellas donde el amor no alcanza. Por compasión y solidaridad donamos sangre o nuestros órganos a desconocidos sin pedirles nada a cambio y sin amarlos. Por compasión regalamos el perdón sin amarlo a quien nos ha hecho daño. Por compasión enterramos a los muertos ajenos para que no sean carroña, damos limosna, ofrecemos cobijo al desconocido o alimentos para los más necesitados. La compasión es lo que conforma el alma del ser humano en sus más elevadas potencialidades y nos aleja de la herrumbre del egoísmo, la vulgaridad y la carnalidad —argumentó Cisneros.

La voz del poeta era prácticamente inaudible y sin embargo retumbaba en el cerebro de Samuel.

De repente, el escritor suspiró profundamente y retomó el paseo, sacando al subinspector del trance.

Tras un lapso indeterminado, donde el tiempo parecía haberse detenido en una caminata dilatada y amparada en un silencio que bendecía secretos, se asomaron al mirador desde el que se podía adivinar a lo lejos el río Tormes.

Un nuevo golpe de brisa hizo ondear la corbata de Samuel, lanzándola contra su cara. El dios Eolo se impacientaba y lo apremiaba. Era el momento.

—¿Ha asesinado usted a Laura Laforet? —Lanzó la pregunta elevando la vista hacia las torres de la Catedral.

—El poema es mío. —La voz de Cisneros era firme e impersonal.

Esa afirmación certificaba que el poeta ya había leído la exclusiva del periódico de Osorio que lo había puesto en el disparadero. Espino esperaba que el escritor se extendiera en la variación del texto que lo diferenciaba del original, pero extrañamente no lo hizo.

En la edición de El Castillo no se aludía a esa mínima pero significativa divergencia, sino que se hacía hincapié en la autoría del soneto y en el posible móvil de venganza de Cisneros contra la abogada del hombre que había sepultado para siempre sus ansias de alcanzar el Nobel y que había hecho descarrilar las querellas que le había interpuesto hasta el momento.

El titular y el subtítulo de El Castillo eran demoledores:

UN POEMA DE CLAUDIO CISNEROS APARECE CLAVADO EN EL OJO DE LAURA LAFORET

La firma del asesino apunta a una venganza personal por el premio Nobel perdido

—No ha contestado a mi pregunta, señor Cisneros. —Ahora Samuel había reunido fuerzas para mirar con dureza al poeta, pero se encontró con una sonrisa triste que no esperaba.

—La naturaleza del mal guarda en su esencia la tortura de no permitir a las víctimas defenderse ni reivindicar su dignidad.

Espino apreció el dolor que encerraba esa suerte de declaración oscura que guardaría en su subconsciente, pero que ahora no le servía de nada.

Decidió cambiar la dirección de sus preguntas. Extrajo del sobre que llevaba en su mochila de viaje las fotocopias de lo que Inés y él habían dado en denominar el diario del asesino.

—Ayer recibimos esto. Venía en un sobre con sellos y matasellos de Salamanca fechado dos días después de que fuera encontrado el cadáver de Laforet.

Samuel entregó los folios a Cisneros, que empezó a leerlos sin mediar palabra.

El subinspector escudriñaba el viaje de los ojos del escritor deslizándose por las líneas impresas, intentando captar un gesto inconsciente que le revelara algo de lo que pasaba por la mente de Cisneros, pero su rostro era una máscara impenetrable durante los largos minutos que empleó en la lectura.

Al finalizar, dobló cuidadosamente los folios y se los devolvió a Espino, que sintió como un silencio más denso se había impuesto sobre el silencio del poeta, que juntó los dedos de sus manos y las llevó hasta la comisura de los labios.

Cuando parecía que nada iba a decir, Samuel le escuchó como si de una voz de ultratumba se tratase.

—El texto del día 6 lo hubiese firmado yo.

El autor pensaba lo mismo que GILDA había determinado.

Claudio Cisneros ya enfilaba muy lentamente el camino de salida del jardín, dando la conversación por cerrada. Espino miró su reloj y se asombró de que marcara la una del mediodía. Había transcurrido una hora de diálogo y de largos silencios sin que se diera cuenta.

De repente sonó su móvil. Era Inés. Samuel escuchó los detalles de la conversación de su compañera con Irina y palideció cuando llegó a la parte de las fotografías.

Cisneros estaba diez metros por delante de él.

El subinspector se despidió rápidamente de la inspectora y colgó.

—¡Señor Cisneros! —le llamó con firmeza.

El poeta agachó la cabeza, se paró y se giró. De nuevo el gesto de bondad en su sonrisa.

A Samuel le tembló la sangre cuando se dirigió a él en la forma protocolaria que marcaba el reglamento.

—Queda usted detenido por el asesinato de Laura Laforet.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

¿Te perdiste algún capítulo? ¡Léelo aquí!

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXI

CAPÍTULO XXI MALASAÑA Acuérdate de lo que te mostré en Salamanca. Y de lo que no. La última frase que le dirigió Cisneros seguía retumbando en el cerebro de Espino tras abandonar la cárcel de Estremera. Volvía con Inés a Madrid respetando ya los límites de velocidad,...

leer más

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XX

CAPÍTULO XX EL PRISIONERO DE ESTREMERA El Chevrolet Camaro de Samuel Espino volaba por la A-3 camino de la cárcel de Estremera. En el asiento del acompañante Inés veía cómo dejaban a su derecha Santa Eugenia y luego a su izquierda Rivas-Vaciamadrid y Arganda del Rey...

leer más

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XIX

CAPÍTULO XIX REBECA QUEVEDO Rebeca Quevedo estaba siendo penetrada profundamente por su secretario personal cuando su teckel entró ladrando por sorpresa en la habitación, atraído por los agudos gemidos de su dueña y echando a perder la erección de su amante. La...

leer más

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVIII

CAPÍTULO XVIII EJERCICIOS ESPIRITUALES Elías Osorio sintió la llamada de Dios durante la plegaria eucarística, mientras consagraba el pan y el vino para convertirlos en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Pero no fue como una súbita iluminación mística que...

leer más

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XVII

CAPÍTULO XVII CONVERSACIÓN EN EL PALACIO Óscar Osorio recibió a Inés y Samuel apoltronado en su sofá chaise longue, con el mando a distancia apoyado en su tremenda barriga y sin hacer el más mínimo ademán de levantarse. Ellos devolvieron la cortesía del magnate de la...

leer más

‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XV

CAPÍTULO XV CONVERSACIÓN EN EL CIELO Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Mientras el ascensor la transportaba hasta las alturas de la redacción de El Castillo, a ciento cuarenta metros por encima del suelo, Inés iba pensando en los versos de Antonio...

leer más
¿Te parece interesante? ¡Compártelo!