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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXI

MALASAÑA

Acuérdate de lo que te mostré en Salamanca. Y de lo que no.

La última frase que le dirigió Cisneros seguía retumbando en el cerebro de Espino tras abandonar la cárcel de Estremera.

Volvía con Inés a Madrid respetando ya los límites de velocidad, pero no conseguía acallar el eco de lo que el poeta había querido transmitirle. No sabía si se refería a algo conceptual o a un sitio físico. Inés se había instalado en el mutismo y Samuel conectó el potente equipo de música del Camaro para ahuyentar los fantasmas que lo rodeaban cada vez con más persistencia. Sentía una opresión en el pecho que lo atenazaba.

La inspectora dio un bote en el asiento cuando la música atronó sus oídos y giró el cuello hacia el conductor, suplicando con la mirada a Espino que bajara el volumen.

Cuando el caudal sonoro se moderó y permitió el diálogo, Inés empezó su particular interrogatorio.

—¿Y este ruido qué es?

—Música electrónica.

—¿Música?

—Electrónica.

—Pues parece la maquinaria de un tren lanzado a toda velocidad.

—Esa es la idea, inspectora. Una locomotora marcando el ritmo a 140 BPM.

—Ni tan siquiera te voy a preguntar qué significan esas siglas.

El tono de mofa de Inés era más que evidente y Samuel contraatacaba con displicencia.

—Escucho mucho este tipo de música, sobre todo en el coche. Me relaja, así que tendrás que aguantarte, inspectora.

—¿A eso lo llamas música, Espino? —Inés entró en el cuerpo a cuerpo tal vez por intentar distraer su mente—. ¿Dónde están las guitarras? ¿Y la letra?

—El techno más radical ni siquiera tiene melodía —hurgó el subinspector en la herida musical de Inés, que estaba asombrada por el descubrimiento de esta faceta que jamás hubiese imaginado en su compañero.

—La próxima vez, me avisas y me traigo tapones para los oídos.

Espino señaló la guantera.

—Ahí deben de quedar —se burló, sonriendo a una Inés que también sonreía ya.

Estaban viviendo días de mucha tensión juntos y ahora se permitían un momento de relax hablando de algo que nada tenía que ver con su trabajo.

Eran las ocho de la tarde y estaban entrando en Madrid.

—¿Quieres tomar algo antes de dejarme en mi casa?

La propuesta de Inés no le hizo mucha ilusión a Samuel, pero quizás le viniese bien.

Dejó el Camaro en un parking del centro después de cosechar las miradas de admiración de muchos peatones y se dirigieron a Malasaña.

Ahora estaban en el Strawberry, uno de los bares de copas que abrían pronto sus puertas en la zona y refugio ocasional de Inés cuando la depresión la perseguía.

El Strawberry rendía homenaje con su nombre a The Beatles y el tributo proseguía en su interior, donde colgaban fotos y posters de los años 60 y 70 del grupo de Liverpool y de otros artistas de esas décadas.

La madera que revestía el local y los rincones que se abrían por doquier proporcionaban al bar de copas una acústica agradable que lo diferenciaba del sonido infame de otros antros. El dueño tenía cierto respeto por la música y esto lo apreció Samuel, a pesar de que el pop y el rock que sonaban a través de los altavoces no era lo que deseaba escuchar.

—El Poeta. No me gusta el apodo. —Inés miraba su bloody mary mientras supuestamente se dirigía a Espino, que estaba intentando habituar sus oídos al agresivo sonido de las guitarras y tomaba nota de la variopinta mezcla de botellas expuestas tras la barra, cuyas marcas le eran absolutamente desconocidas.

—Es un alias elegido por Osorio para señalar directamente a Cisneros —le respondió Samuel, sabiendo que decía una obviedad.

Estaba esperando pacientemente a que el camarero encontrara una botella de agua mineral para él, que era lo que había pedido como consumición ante la mirada escandalizada de Inés.

—Por lo menos podías haberte pedido una tónica —le recriminó su compañera.

—A mí me gusta en lata y no tienen.

—¿Cómo lo sab…? —. Inés no concluyó la pregunta porque acababa de recordar que en su época de camarera en bares nocturnos los refrescos se servían siempre en botella de cristal. Por imagen, le dijeron. La lata era de supermercado. —Prueba de todas formas —lo animó.

Samuel hizo un gesto de hastío para hacer ver a su compañera que no iba a perder el tiempo pidiendo algo que sabía a ciencia cierta que le dirían que no tenían.

—Perdona —llamó Inés al camarero, que se afanaba en la improductiva misión de encontrar una botella de agua—, cámbianos el agua por una tónica Schweppes.

—No tenemos Schweppes.

—Bueno, pues la marca que tengas, pero en lata —insistió una obstinada inspectora.

—Tenemos Nordic en botella.

Inés tuvo que soportar la mirada socarrona de Espino mientras claudicaba ante las evidencias que el subinspector ya había previsto, al tiempo que vio por primera vez en su compañero algo parecido a una sonrisa sincera dibujada en la comisura de sus labios.

A esas horas apenas había clientes en el Strawberry, así que el camarero se afanó en la búsqueda del líquido elemento solicitado por Samuel y siguió explorando los rincones de las cámaras frigoríficas.

Ninguno quería hablar del caso que se les había escapado de las manos por culpa de Osorio y su hija y buscaban un momento de distracción en un entorno distendido.

—¿Nunca te pones vaqueros, Espino?

—¿Nunca te pones falda, inspectora?

Parecían desafiarse con las miradas mientras cruzaban sus espadas argumentativas en un juego que a ambos agradaba y que poco a poco iba creando una confianza entre ellos tan sutil como inesperada.

—Esta música me eleva, Espino. Si tuviera ocasión de ir a algún gran festival de verano este año, lo haría sin pensármelo dos veces. —Inés levitaba con Babyshambles, que sonaban descarriados por los altavoces.

Samuel dudó de que este año la inspectora tuviera ocasión de dar rienda suelta a su más que dudoso gusto musical ante el caso que tenían encima de la mesa.

Inés se quitó su chaqueta y la dejó en la percha que había bajo el mostrador, dando a entender que se encontraba dispuesta a tomarse más de una copa. Espino la correspondió aflojándose un centímetro el nudo Windsor.

—¿Cómo consigues ese nudo tan perfecto?

—Hay vídeos tutoriales en You Tube.

—Estoy harta de tus vídeos tutoriales.

Continuaron hablando de sus gustos y aficiones, que eran muy diferentes. Sin embargo, tenían algo en común que los unía: su sensibilidad y su capacidad de razonamiento para llegar a conclusiones muy similares. Si las mentes de Inés y Espino se ponían a trabajar juntas, una potenciaba a la otra. Se rieron pensando qué pasaría si algún día se tuvieran que enfrentar. Quién ganaría esa batalla. Inés estaba segura de que ella y Espino también.

El sentido del humor era el hilo conductor de la electricidad cómplice que se estaba generando entre los dos sin que ninguno lo percibiera aún.

En los altavoces sonaba Thunder Road, de Bruce Springsteen, e Inés empezó a mover la cabeza y a seguir el ritmo tamborileando con sus dedos sobre la barra para terminar con un pequeño baile que hizo que el tema musical despertara el interés de Samuel.

—Es una canción que habla de buscar nuevos retos, coger un coche y echarse a la carretera para buscar la tierra prometida —le explicaba Inés—. ¿Serías capaz de eso?

—Depende de lo que entendamos por tierra prometida. Para ti puede ser una cosa y para mi otra.

—¿Cuál es tu tierra prometida?

—Tomorrowland —dijo Samuel.

Inés esperó estoicamente una aclaración.

—Es el mayor festival de música electrónica del planeta. Se celebra todos los años en Boom, Bélgica, en julio. —A Espino le parecía inadmisible que tuviera que dar esa explicación.

—A mí me gustaría ir al festival de Glastonbury, en Inglaterra, a finales de junio. Es mítico. Pero allí atruenan las guitarras —le advirtió Inés, sonriendo.

—Bueno, pues tú a Glastonbury y yo a Tomorrowland —concluyó Samuel poniendo el toque cinematográfico a su primera noche con Inés en el Strawberry.

Tras quince heroicos minutos de búsqueda, el camarero se plantó ante ellos con gesto derrotado.

—No tenemos agua —les confesó.

En ese momento ninguno de los dos policías se imaginaba la noticia que les esperaba al día siguiente.

El Laboratorio de Lingüística Forense había recibido la segunda parte del diario del asesino.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

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'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIII

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXIV

'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXV

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'El Poeta', por Amadeus Raven: capítulo XXXII

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‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XXXV

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‘El Poeta’, por Amadeus Raven: capítulo XL

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