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El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

CAPÍTULO XXXI

NUDO WINDSOR

Inés llevaba una semana sin ver a Espino y lo echaba de menos, pero tras las exequias de Luna, el subinspector necesitaba tiempo para estar con sus padres, asimilar la pérdida y recuperarse de la trágica muerte de su hermana.

Además, no deseaba ver a Samuel en el mismo estado que las últimas veces y sobre todo no deseaba ver al espectro en que se había convertido el día del entierro. No podía soportar la enorme carga de ver desecho no ya a su compañero, sino a su amigo.

Necesitaba al subinspector que la sorprendía, que la asombraba, que la hacía reír, impacientarse o enfadarse y sobre todo al querido confidente con el que compartir pensamientos e ideas.

Pero ese Espino había desaparecido, transmutado en un hombre apenas capaz de hablar con ella, consumido por la desgracia, volcado en intentar consolar a sus padres, apenas capaz de articular un discurso coherente y menos de pensar en su trabajo.

Lo más probable era que Samuel fuera apartado del caso hasta que pudiera recuperarse. E Inés presentía que eso le llevaría bastante tiempo.

La muerte de sor Guadalupe se había producido por una concatenación de casualidades tan inverosímiles, que la mente de Samuel la consideraba determinada por el fatum, por el destino inexorable que cayó sobre su hermana como si todo estuviera escrito desde el inicio de su existencia.

Nadie en el convento se explicaba por qué la hermana Guadalupe lo había abandonado en una noche de tormenta, sin avisar y fuera de toda lógica. Solo tres veces había salido desde que tomó los votos y las tres fueron para acudir a consultas médicas.

Si alguien intramuros intuía algo, jamás trascendería y eso lo sabía la inspectora Luján.

Lo que no sabía era la conversación que había mantenido la monja difunta con el padre Elías, porque Espino no había querido hablar de ello con nadie hasta que se encontrarse lo suficientemente fuerte de ánimo como para analizar los hechos de manera fría y obrar en consecuencia.

Durante esos días plomizos que transcurrieron sin esperanza, Inés y el comisario Vázquez, que había decidido acompañarla, interrogaron al doctor Eduardo Fontana en busca de alguna pista sobre el asesinato de Laura Laforet. Lo hicieron con delicadeza, teniendo en cuenta la muy reciente muerte de su hijo. Como suponían, el prestigioso cirujano plástico no tenía idea alguna de la implicación de Federico en el espantoso crimen.

Los policías exigieron a Fontana máxima discreción sobre el interrogatorio para que la investigación pudiera seguir adelante lejos de los tentáculos de Osorio, advirtiéndole de que si cualquier detalle trascendiera el primer perjudicado sería él.

Inés tampoco había contado a Vázquez las amenazas que recibió en la azotea de El Castillo porque no aportaban nada a la investigación y ni él ni nadie podría ayudarla.

La inspectora, con el paso de los días, consideró una pérdida de tiempo pensar más en ello, puesto que veía claro que la escena, incluyendo la teatral aparición de la musculosa pareja de Irina, había sido preparada para intimidarla, y no suponía una amenaza sería.

Lo que era indudable es que desde que Osorio se había convertido en Dios no había tenido escrúpulos en introducirse en ambientes delictivos para granjearse la confianza de determinados clanes de la mafia rumana.

Padre e hija habían abierto puertas muy pesadas y oscuras con el poder del dinero para dar con el culpable de la muerte de la madre de Irina y vengarla. Y también era evidente el establecimiento de otra jerarquía mafiosa en la que el nuevo capo, si creía a Rebeca Quevedo, había aprovechado para crear lazos de sangre que consolidaran la prometedora e interesada relación.

Espino la llamó quince días después de la muerte de su hermana.

—No estoy bien —fue lo primero que dijo a Inés con voz lúgubre—, pero creo que tenemos que hablar. Necesito que sepas ciertas cosas que desconoces. Y quiero que hagas algo que ahora yo no puedo hacer, porque ni me encuentro con fuerzas ni sé cómo podría resultar.

Quedaron para verse al día siguiente temprano en una cafetería cerca de la Brigada de Delitos contra las Personas. Inés llegó primero y esperó a Espino en la puerta. Vio su figura acercarse a lo lejos, más alta, delgada y desgarbada que nunca, pero cuando se fundió en un abrazo con él, observó que el nudo Windsor lucía tan impecable como siempre a pesar de que Samuel se había dejado una barba desaliñada.

Entraron en la cafetería y se sentaron cerca de los ventanales. Ella pidió un té y él una botella de agua. Espino tardaría mucho tiempo en volver a tomar su tónica favorita.

La inspectora sabía que lo que Samuel le iba a contar tenía que ver con la conversación que tuvo con su hermana el mismo día de su muerte, pero espero respetuosamente a que se decidiera a hablar.

—Osorio tiene un hermano que es cura —informó a Inés, que no podía creérselo.

—¿Me estás tomando el pelo? —Se arrepintió enseguida de decirlo al ver la mirada de Espino perdida en los ventanales y sus ojeras.

—Se llama Elías Osorio y es el párroco de la iglesia de Santa Marta, en el barrio de Salamanca —precisó el subinspector, recuperando la sombra del registro robótico de su voz.

Inés asintió en silencio, haciendo un gesto de disculpa e invitándolo a que continuara.

—Visitó a Luna el día antes de su muerte. Con la anuencia de la madre superiora, la chantajeó con apartarla de sus trabajos en el convento, a los que estaba totalmente entregada, y probablemente con algo más que no me quiso decir si no accedía a hablar conmigo para que dejáramos de entrometernos en la vida de Óscar Osorio. Mi hermana era una persona PAS, Persona Altamente Sensible, y esa amenaza le produjo una situación de estrés que no pudo controlar, a pesar de que la intenté tranquilizar. — Espino había podido mantener el temple de su voz hasta el final, cuando se quebró.

La inspectora le abrió la botella de agua y se la ofreció sin volcarla en el vaso.

Él se lo agradeció con la mirada, tomó un largo trago y se otorgó un minuto para recuperar la compostura.

—Inés —no solía llamarla Inés, sino inspectora—, te pido que hables con Elías Osorio, que averigües lo que le pidió su hermano y lo que hay detrás de todo esto. Probablemente la muerte de Luna sea producto de un cúmulo trágico de casualidades de las que el hermano de Osorio no es más que un eslabón, pero en memoria de mi hermana me veo en la necesidad de honrarla buscando y poniendo ante la justicia a todos aquellos que quisieron hacerla daño.

Inés comprendió y asintió.

—Estoy de baja ahora mismo —siguió Samuel —, pero aunque estuviera de servicio, no sé cómo reaccionaría si tuviera delante a ese hombre.

La inspectora le dijo que no hacía falta que siguiera hablando y que ella se ocuparía de todo y lo informaría.

Se despidieron con un larguísimo abrazo.

Esa misma tarde, Elías Osorio recibió la llamada de un número desconocido.

—Hola, soy la inspectora Luján, de la Brigada de Delitos contra las Personas —se presentó Inés con voz gélida mientras al padre Elías se le daba la vuelta el estómago.

—Sí. En qué la puedo ayudar —se oyó decir a sí mismo el sacerdote.

Acordaron verse al día siguiente tras una conversación muy superficial, después de la que Elías Osorio llamó horrorizado a su hermano e Inés a Espino.

—Samuel, mañana a mediodía he concertado la entrevista con el cura, si quieres quedamos antes en la misma cafetería de hoy y me cuentas algo más para preparar el interrogatorio.

A Espino le pareció una buena idea, porque además hablar con Inés lo ayudaba a luchar contra el monstruo del dolor que lo atenazaba y amenazaba con invadir su racionalidad.

Al día siguiente fue él quien acudió antes a la cita y la vio llegar en su coche con espejo retrovisor sobredimensionado, que dejó aparcado a unos cincuenta metros del lugar del encuentro.

Hablaron en la misma mesa cogidos de la mano, estableciendo un diálogo basado más en los silencios que en las palabras. Espino recalcó a Inés que no intentara culpabilizar al sacerdote de la muerte de Luna, porque eso lo espantaría y le haría cerrarse en banda. Sobre todo debía ahondar en el encargo de Osorio y en lo que había tras él. También le dijo que cuando se encontrara mejor quería hablar personalmente con la madre superiora del convento.

Inés asintió y ensayó una broma con la esperanza de arrancar una mínima sonrisa a Samuel.

—Ni este año tú irás a Tomorrowland ni yo a Glastonbury.

La sonrisa apareció amarga y Espino le apretó las manos hasta hacerla daño.

Salieron al exterior y se despidieron con el acuerdo de volver a verse tras la cita de la inspectora con Elías Osorio.

Samuel la vio alejarse por la calle hacia su coche y al girarse para caminar en dirección contraria no vio lo que tampoco pudo ver ella.

Cuando la inspectora se encontraba a unos quince metros de su vehículo, este explosionó con una violenta llamarada, lanzando piezas del coche como metralla en un radio similar a la distancia a la que se encontraba.

Nunca recordaría que antes de la explosión iba pensando que mientras a Espino le siguiera saliendo el nudo Windsor tan perfecto, había esperanzas de que no todo se les fuera de las manos.

Al volverse, Samuel vio a Inés tendida en el suelo sobre un charco de sangre y se lanzó desesperadamente hacia ella sin saber si estaba viva o corría hacia su cadáver.

El Poeta Thriller literario Amadeus Raven

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