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Desde mis años de instituto, en los libros de texto, en las películas, en los debates y, quizás, menos en las novelas, siempre me llamaba la atención un vacío, una ausencia, una pieza que no encajaba.

Teo Lara Rodríguez. (Foto: IU Arganda).

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Parecía como si la Historia fuera un compuesto hecho, por un lado, por grandes figuras destacadas, cuyo nombre aparece y queda grabado para la posteridad. Y, por otro, esa gran masa de personas indiferenciada y anónima que asiste a mítines, que participa en eventos, que reivindica, que aplaude, que vota, que, a veces, hasta se manifiesta o hace huelgas, revueltas o revoluciones.

Siempre me llamaba la atención cómo era esto posible. Especialmente desde la óptica de un joven que ha participado en asambleas, movimientos sociales y colectivos de diversa índole en la última década ¿cómo era posible, sobre todo décadas atrás, sin tanta tecnología, que lo que unas pocas personas decían en una punta del país o del mundo llevara a miles o millones de ellas a tomar partido por una causa? ¿Qué hacía posible que, cuando un partido o sindicato o movimiento, decidiera llevar adelante una acción, ésta tomara lugar de manera real y simultánea en muchos lugares a la vez? ¿Cómo llegaban los panfletos, las pancartas, los mensajes? ¿Cómo convencían al compañero de trabajo, al vecino, al indeciso, a quien no estaba directamente organizado en uno u otro colectivo, de que merecía la pena implicarse en reivindicar lo de todos?

Se trata de un fenómeno bastante complicado. Muchos momentos históricos no se entienden sin cierto factor humano del que no se habla. ¿Habría sucedido la Transición, tal y como la conocemos, con sus luces y sus sombras, sin el fuerte movimiento antifranquista que iba desde los centros de trabajo a las iglesias, construido “desde abajo” en condiciones de clandestinidad? ¿Habría caído la dictadura de Salazar en Portugal en 1974 sin esta misma oposición antidictatorial? ¿Habrían sido posibles las grandes manifestaciones o huelgas que han dado lugar a avances sociales tan indiscutibles como muchos convenios colectivos, la jornada laboral de 8 horas, la rápida expansión de las infraestructuras sociales de los primeros años del Estado social, el matrimonio igualitario… tan sólo por la acción de unos pocos “liderando” a una gran masa?

Tendemos siempre a ver lo social, lo económico, y en particular lo político como un campo de acción en el que unos individuos se enfrentan contra otros. Pero en ninguno de estos tres campos los grandes éxitos o fracasos son atribuibles en exclusiva a un cierto líder o persona individual. Es innegable, yendo a lo más básico, que nacer en una determinada familia condiciona tu desarrollo y posibilidades futuras. Algo similar sucede cuando en la vida deportiva, artística o académica muchos futuros sobresalientes encuentran maestros o compañeros que les impulsan a mejorar o colaboran mano a mano en distintos proyectos. ¿Podemos hablar de éxitos realmente individuales?

Contraviniendo también al pensamiento más liberal, poca iniciativa privada triunfaría sin el actual marco de infraestructuras, cobertura sanitaria y educativa, impulsos desde lo público, y derechos sociales con el que contamos en nuestro país. Algo que no deja de ser patrimonio de todos. Del mismo modo, en especial en la política hay algo de “colectivo”, algo de contar con un buen equipo, que es finalmente el que puede hacer que una determinada iniciativa triunfe o perezca. Pues una sola persona muy difícilmente puede estar al día y formada en todos los ámbitos de la amplísima riqueza humana.

Y es que eso de “colectivo” que no aparece en los libros de Historia se basa, habitualmente y en muchas esferas de la vida social y política, en un tipo distinto de ser humano. Un tipo siempre presente desde que los primeros movimientos de “masas” empezaron a tener un cierto protagonismo, quizás cuando las capas populares empezaron a tener voz e intereses propios en los albores de la Revolución Francesa. Un tipo o subgénero de ser humano al que podríamos llamar “militante”. Aquel que participa en su ámbito más cercano, imbuido por unas determinadas ideas de progreso y dignificación de la vida humana, organizado con otros como él o ella y realizando pequeñas acciones que ayuden a la consecución de dichos ideales.

El militante no tiene realmente un interés personal. El militante suele destinar el tiempo libre, que le permite el trabajo y que no dedica al ocio o a la familia, a aportar su pequeño grano de arena en el largo camino hacia una sociedad mejor. El militante, como decía Pepe Mújica, “viene a dejar el alma por un puñado de sueños”. Es el que fomenta que los vecinos se junten para discutir y reivindicar mejoras para el barrio, es el que cuestiona los incumplimientos del convenio en los centros de trabajo y trata de organizar la protesta, es el que difunde y promueve la participación en las luchas por la igualdad de género o la conservación del medioambiente… ¿Por qué renunciar a tanto tiempo de ocio o a una vida más tranquila? La respuesta es, muchas veces, un misterio. Quizás se trate simplemente de tranquilizar la conciencia o el reconfortarse que produce obrar en base a unas ideas o ética.

Pero es que dentro de dicho género, hay un cierto subtipo más valioso todavía, más en peligro de extinción. Decía Bertold Brecht muy acertadamente que, entre los hombres buenos, los que luchan, había unos, los imprescindibles. Aquellos que luchan toda la vida, y sin los cuales la lucha de los demás no podría, simplemente, darse.

Si sobre la actividad de los “militantes” ya hay mucho en juego, la aportación de los “imprescindibles” es simplemente fundamental. No se entienden las luchas, como no se entienden las sociedades, sin el importante valor de la transmisión intergeneracional de relatos, aprendizajes y costumbres. Una conexión, que dentro la izquierda española reciente se denomina poéticamente el “hilo rojo de la Historia”, conecta a todos los militantes, activistas, sindicalistas y luchadores diversos de la actualidad con aquellos pequeños círculos de socialistas, anarquistas y obreros que comenzaron a surgir en la España de los tiempos de la I República. Conectados, éstos, a su vez, con los primeros socialistas y republicanos con las demandas de libertad, igualdad y fraternidad que atronaron en la Revolución Francesa

Uno de los principales valores de estos imprescindibles es, ciertamente, asegurar la continuidad de ese “hilo rojo”. Haciendo el traspaso a nosotros, los más jóvenes, de las virtudes y los vicios del pasado, de sus errores y sus aciertos, de los aprendizajes, de lo que suele funcionar y lo que no. Pero su segunda característica principal es simplemente la ejemplaridad. La ejemplaridad de obrar, en unos tiempos en los que muchos buscan tan sólo sus propios fines, de acuerdo con unos fuertes principios por tantos años como dura una vida. Es la demostración palmaria de que, por muchos obstáculos, retrocesos y desilusiones, se puede y merece la pena luchar por un mundo mejor hasta el final de los días. Un ejemplo que, por sí mismo, alumbra y allana el camino para las nuevas generaciones.

A uno de estos imprescindibles vienen a despedirse estas líneas que hoy se publican. El 31 de julio nos dejaba Teo Lara. Fue militante del PCE desde la clandestinidad, desde 1972 si la memoria no me falla. Actuó como sindicalista comprometido por la mejora de las condiciones de trabajo en una de las empresas que, a día de hoy, sigue ofreciendo unas de las mejores condiciones de trabajo de los polígonos argandeños. Luchó por la libertad y la democracia, y protagonizó los primeros ayuntamientos democráticos de la ciudad por la que siempre se preocupó, Arganda del Rey. La primera legislatura en la retaguardia, y desde 1983 como concejal de Deportes, incluso de 1991 a 1995 fue reelegido como concejal de oposición por Izquierda Unida. Desde entonces, por desavenencias, comenzó a separarse de la primera fila de la política local para centrarse en su vida profesional y sindical, siendo presidente de su Comité de Empresa hasta su jubilación.

Teodoro Lara Rodríguez, exconcejal del Ayuntamiento de Arganda entre 1983 y 1987. (Foto: IU Arganda).

Hablar de Teo es también hablar de la historia de Arganda. Su nombre apareció siempre en las partes más bajas de las listas electorales, pues la política institucional no era una de sus ambiciones. La primera vez, en 1979 con el primer Ayuntamiento democrático, y la última recientemente en mayo de 2019. La “década roja” de Arganda en los años 80’s, con Teo como miembro del gobierno municipal parte de aquel periodo, fue también una de las de mayor expansión de infraestructuras sociales en el municipio que hoy día se siguen utilizando: centro Víctor Jara, colegio Miguel Hernández, casa Dolores Ibárruri…

Curiosas son, por cierto, las casuales coincidencias con el que era una de los referentes para Teo y gran parte de la izquierda y sociedad española: Julio Anguita. A pesar de la diferencia de edad (Teo nació en 1955 y Anguita en 1941) se afiliaron al PCE en el mismo 1972. Anguita dejó la primera línea de la política en 1999, tras sufrir un paro cardíaco, exactamente la misma decisión y motivación que separó a Teo de la política local entorno al 2000. Anguita volvió a la primera línea de la escena política en torno a 2014, con la efervescencia de nuevos sujetos políticos, y en las mismas fechas retomó Teo su compromiso con IU en Arganda al encontrar aquí a un nuevo grupo de jóvenes, entre ellos yo, entre quienes refundamos la asamblea local de Izquierda Unida. Tristemente estos paralelismos llegaron hasta el final y la muerte de ambos, por los mismos motivos, solo han tenido una diferencia de unos pocos meses.

La coherencia y el valor ético de nuestro particular y argandeño “Anguita” fueron reconocidos, independientemente de ideología y condición social. Recuerdo en uno de los encuentros de la asamblea local de Izquierda Unida como nos mostraba con orgullo los carteles del PCE y de la República que colocaron en una comida de su empresa que sus compañeros le habían preparado (¡incluso por el propio equipo directivo de la fábrica!).

Le recuerdo implicado en el día a día, siempre activo y con una humildad del todo inusual. Pegando carteles, repartiendo folletos, encargándose de las cuentas y censos de nuestra organización, colaborando en la caseta en Fiestas, debatiendo y analizando la actualidad política como pocos… Un personaje “político” tan opuesto a la tan común política de la foto, del eslogan, del artificio. Teo encarnaba más bien aquella acepción del griego de “polites”, que significaría hoy “ciudadano” y designaba a quien participaba en la vida de la “polis”, de la ciudad griega, opuesto totalmente al “idiotes” que era la acepción originaria de dicha palabra y se usaba peyorativamente para calificar a quien no participaba en los asuntos de la “polis”, y lo hacía sólo de sus intereses particulares y de sí mismo.

Desde una perspectiva feminista y colectivista, no se puede hablar de Teo sin dejar de reconocer a su otra mitad: Isabel, su mujer. Para cualquiera de nosotros, hablar de una era hablar del otro y viceversa. Ella, como Teo, lleva toda una vida de implicación por los demás y muchos de sus éxitos fueron totalmente éxitos compartidos. Uno de ellos y seguramente el más importante, es su familia. Una familia unida, alegre y consolidada como pocas y que tantas veces ha colaborado con las iniciativas en las que Isa y Teo participaban. Desde estas líneas un recuerdo especial es para Sonia, su hija menor, con quien todos los compañeros de Teo nos comprometemos a honrarle haciéndolo lo mejor posible para que sus ideales se vean realizados.

Muchos dicen, quizás con razón, que independientemente de sus opiniones y compromisos políticos, era una buena persona y que por ello era tan querido y estimado. Yo creo, y creo que él también lo creería, que es más bien al contrario. Que son sus ideales, auténticamente y coherentemente sostenidos los que le hacían actuar como actuaba. Su idea de igualdad real entre seres humanos (al margen de las clases y estratos sociales que siguen existiendo), de ansiar un sistema que auténticamente maximizara la felicidad humana, era lo que le motivaba a llevar una vida que a ojos de cualquiera resultó buena, respetuosa, ética y moral.

Despedimos así a un imprescindible, a un luchador por la libertad, a uno de los pequeños protagonistas de los mayores avances sociales y políticos que han vivido Arganda y nuestro país en la historia reciente.

Teo, amigo, sirvan estas líneas como última despedida. Con tu ejemplo hasta el final.

«¿Qué sería de este mundo sin militantes?, ¿Cómo sería la condición humana si NO hubiera militantes? No porque los militantes sean perfectos, porque tengan Siempre la razón, porque sean Superhombres y NO se equivoquen… No, no es eso. Es que los militantes NO vienen a buscar la suya, vienen a dejar el alma por un puñado de sueños. Porque, al fin y al cabo, el progreso de la condición humana requiere, inapelablemente, que exista gente que se sienta en el fondo feliz en gastar su vida al servicio del progreso humano. Porque ser militante NO es cargar con una cruz de sacrificio, es vivir la gloria interior de luchar por la libertad en el sentido trascendente.» (Pepe Mújica, expresidente de la República de Uruguay).

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