Durante generaciones, el nombre de Arganda del Rey ha quedado asociado en el imaginario colectivo y popular a ese famoso tren que “pita más que anda”. Sin embargo, existe otro refrán mucho más antiguo, noble y elogioso, que sitúa a la ciudad como símbolo del esfuerzo, la habilidad y la autosuficiencia.
Es el refrán del herrero de Arganda, el único que aparece en todos los grandes compendios del refranero castellano y que merece ser recuperado como seña de identidad.
Un refrán con historia y orgullo
La expresión dice así: “El herrero de Arganda, que él se lo fuella y él se lo macha y él se lo lleva a vender a la plaza”.
No es un chascarrillo, sino un retrato de la iniciativa personal. Este herrero no sólo avivaba su propia fragua con el fuelle, sino que forjaba él mismo el hierro y, además, era quien llevaba sus productos a vender al mercado.
Toda una figura de resiliencia (ahora que tan de moda está este término) y trabajo incansable, muy lejos del tópico burlesco que a veces ha reducido la identidad argandeña al mero silbido de un tren.
El símbolo del trabajo solitario y eficaz
El dicho tiene su origen en los siglos XVI y XVII, tal y como recoge el Archivo de Arganda, cuando la localidad era lugar de paso obligado para viajeros y caballerías camino de Madrid o Valencia.
La parada en la fragua era casi obligatoria, y uno de aquellos herreros —de nombre olvidado pero obra legendaria— inspiró a algún viajero por su capacidad para hacerlo todo sin ayuda externa.
Así lo recogió Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la Lengua Castellana (1611), aplicándolo a quien “trabaja a solas, y sin tomar ayuda, y se vale de su industria”.
Y así lo mantiene aún hoy el Diccionario de la Real Academia Española, que lo interpreta como elogio a quien “hace las cosas que le convienen y necesita sin valerse de auxilio ni favor ajeno”.
Arganda en el refranero: del tópico al mérito
Mientras el tren de Arganda quedaba grabado en la cultura popular como símbolo de lentitud y ruido, este otro refrán —más escondido pero mucho más profundo— vincula el nombre de la ciudad con cualidades admirables: el esfuerzo, la autonomía y el dominio de un oficio.
Una tradición que todavía pervive en el alma de muchos trabajadores argandeños, herederos de aquel herrero que se lo fuellaba, se lo machaba y se lo vendía. Porque en Arganda, el orgullo verdadero no siempre va por raíles: a veces se forja a martillazos.








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