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Casa del Rey en Arganda (foto: @Diario de Arganda)

Casa del Rey en Arganda (foto: @Diario de Arganda)

Si hay un lugar característico y representativo de Arganda, este es la Casa de Rey. Pese a que su arquitectura a día de hoy no es especialmente espectacular, este edificio de finales del siglo XVI se erige como principal reclamo y es orgullo de la ciudad. La casa ha pasado por muchas manos en sus más de 430 años de vida y ha sufrido incontables reformas, de manera que es difícil imaginar cómo lucía en sus momentos de mayor esplendor.

El origen de este inmueble se remonta al año 1591, cuando el embajador imperial en la Corte de Felipe II, Hans Khevenhüller, encargó al arquitecto italiano Patricio Cajés la construcción de una casa de recreo en la villa de Arganda.

En 1594 las obras ya habían finalizado, si bien no fue hasta tres años después cuando se procedió a la inauguración oficial de la por entonces conocida como Quinta del Embajador.

Esta finca sirvió a Khevenhüller como lugar de descanso y esparcimiento de sus exigentes tareas de Estado, como así acreditan tres dibujos originales que aún se conservan y en los que se representa al embajador vestido de negro, tal y como marcaba la etiqueta cortesana de la época, y con el collar de la Orden del Toisón de Oro concedida por Felipe II, junto a su casa de Arganda.

¿Cómo era?

La Quinta del Embajador, hoy la Casa del Rey, fue concebida con grandes jardines decorados con fuentes y estanques y con una extensa huerta detrás en la que había viñas y un palomar en la parte alta de la finca. La quinta, además, tenía una bodega en la que el embajador producía su propio vino.

El interior de la casa estaba decorado con una valiosa colección de cuadros de los mejores artistas de la época, entre los que destacan los lienzos de las Nueve Musas y el Rapto de Helena, obras de Jacopo Tintoretto, que el artista italiano regaló a Felipe III. La colección contaba con grabados y mapas de diferentes países.

Khevenhüller hizo uso de su casa de recreo para recibir en Arganda a importantes personajes de la época, como el propio Felipe II y su hija, la infanta Isabel Clara Eugenia; o como Felipe III y su esposa, Margarita de Austria; el príncipe Maximiliano de Baviera o Antonio y Alberto Fugger, Juan de Borja, Francisco Guicciardini, Camilo Gaetano y Antonio Horlandini.

Imagen de archivo de la Casa del Rey (foto: Ayuntamiento de Arganda del Rey)

Imagen de archivo de la Casa del Rey (foto: Ayuntamiento de Arganda del Rey)

Características

La casa fue construida en ladrillo visto y mampostería, siguiendo la tipología tradicional de casas de campo del momento, y se articulaba en torno a un doble, el principal torreado y con una galería orientada a poniente, en el que se distribuían las diferentes habitaciones.

En su origen fue creado como un edificio de una sola planta y tres torres con dos alturas. La fachada principal tenía zócalo y portada con sillares de piedra almohadillados, sobre la que se encontraba el escudo de armas del embajador y a la que se accedía por una escalinata monumental situada en el centro de la fachada. A ambos lados había dos portones que daban acceso, el de la derecha, a un patio de servicio en torno al cual se encontraban las dependencias agrarias y las cuadras, y el de la izquierda a los jardines.

En 1750, siendo ya propiedad de la Compañía de Jesús, se llevó a cabo una importante obra que consistió en la creación de la segunda planta que hoy conocemos, para habilitar un “cuarto nuevo”, o más concretamente una nueva galería de habitaciones en la segunda planta del edificio sobre la fachada principal.

Las obras fueron dirigidas por un maestro de Madrid, y se utilizaron 5800 baldosas, yesos para los paramentos, tejas, ladrillos, madera, doce álamos negros para los umbrales de cinco puertas de aposento con molduras pintadas de blanco y 15 ventanas pintadas con barniz verde, todas con sus vidrieras y bastidores.

Además, se compuso un reloj y un farol para el tránsito. Las habitaciones, destinadas a descanso de los religiosos, se amueblaron con mesas, camas, sillas, taburetes y cortinas de lienzo blanco para las ventanas.

Propietarios

Tras la muerte del embajador Hans Khevenhüller en 1606, la quinta pasó a manos del Duque de Lerma y, a la muerte de éste, a su nieto Francisco Sandoval Rojas, a quien perteneció hasta 1650, año en que la adquirió la Compañía de Jesús para convertirla en una importante hacienda que pasó a depender directamente del Colegio Imperial de Madrid.

Cuando los jesuitas se hicieron con la vivienda, se hallaba en un pésimo estado de conservación debido al abandono sufrido durante años y al expolio de muchos de sus materiales de construcción por parte de algunos vecinos.

La Compañía no sólo restauró el edificio adaptándolo a sus propias necesidades, sino que también amplió las dependencias agrícolas, particularmente la bodega. Construyeron un amplio lagar, dos cocederos para vino blanco y tinto y una cueva con capacidad para 95 tinajas de entre 120 y 180 arrobas.

Así, la bodega se convirtió en la más grande e importante de la Comunidad de Madrid. La hacienda, además, contaba con varias cuadras, quesería, horno de pan, aguardentero, palomar con capacidad para 400 parejas de palomas y molino de aceite.

Con estas actuaciones, la Quinta del Embajador dejó de ser una casa de recreo para convertirse en un lugar más pragmático.

Casa del Rey en Arganda (foto: @Diario de Arganda)

Casa del Rey en Arganda (foto: @Diario de Arganda)

A mediados del siglo XVIII, los jesuitas acometieron nuevas obras, con la renovación del oratorio para el que se encargó una talla de San Miguel y un nuevo retablo de madera dorada presidido por una pintura de la Virgen con el niño Jesús en brazos. También reformaron el lagar, la cuadra, varias cámaras, la cocina, el harinero, la quesería y el refectorio. Para la zona de la cuadra y las cámaras se encargaron 12 columnas con sus basas y zapatas de piedra labradas.

La Casa del Rey

En el año 1764, Carlos III decidió expulsar a la Orden de la villa de Arganda para solucionar el conflicto que mantenía con el Ayuntamiento y los vecinos, quienes habían puesto un pleito contra la Orden quejándose del monopolio que ejercían en la villa. A partir de entonces, la hacienda y todos los terrenos pasaron a ser propiedad de rey, y desde entonces se le conoce como Casa del Rey.

Posteriormente, en 1785, Jerónimo Mendinueta y Múzquiz, Conde de la Cimera, la adquirió mediante subasta pública por 900.000 reales. La casa fue adecentada por los nuevos propietarios acomodándola al gusto de la época. Junto a la fachada posterior del edificio existía un patio interior con una fuente en el centro, conocido como el patio de la tranquilidad, espacio predilecto del conde. Desde 1785 hasta 1945, año en el que el Conde de la Cimera vendió la propiedad a tres familias de Arganda, siguió funcionando como hacienda con una importante bodega en la que se elaboraba vino para su comercialización.

En 1950, ya en propiedad de estas familias de Arganda, se acometieron las obras más importantes en el edificio que cambiaron el aspecto original que había tenido la casa durante más de tres siglos y las que proporcionaron el aspecto que tiene en la actualidad y que dista bastante de lo que había sido el edificio.

En estas obras, la casa se dividió en tres espacios iguales subdividiéndola en tres viviendas, por lo que fue necesario quitar varios muros internos, abrir ventanas y puertas que se conservan en la actualidad y que hasta 1950 no existían, o desmontar la escalinata de madera situada en el centro de la casa y eliminar las pinturas al fresco con temas de las cuatro estaciones que decoraban una de las torres.

A comienzos de la década de 1980 se llevó a cabo la última restauración por parte del Ayuntamiento. Entonces se arreglaron las cubiertas y se subieron las dos torres un cuerpo más, dándoles mayor altura. Fue en ese momento cuando se abrieron las dos ventanas circulares.

También en esa fecha desapareció la parte del jardín con las cuadras, lagar, cocedero, molino de aceite y todas las dependencias agrícolas que habían estado a pleno rendimiento hasta 1936. En la actualidad, existe una amplia plaza con gradas en la que se llevan a cabo espectáculos culturales e infantiles, convirtiéndose en un punto de encuentro de la ciudad de Arganda: la plaza de la Amistad.

En su interior se organizan actualmente exposiciones y eventos de carácter cultural, siendo uno de los edificios más reconocibles y emblemáticos de la ciudad de Arganda.

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